Forma y contenido del producto radial

Supongamos que se nos hace un regalo. Una caja elegantemente adornada con papel brillante y cintas de colores. Es de pensar que la emoción nos asalte. ¿Qué habrá dentro? Con el entusiasmo propio que inspira la curiosidad nos disponemos a abrir aquella caja, no sin antes cuidar que las cintas y el papel no se deterioren, porque todo lo consideramos como parte del presente.

Una vez que llegamos a la caja y vemos su color tan atractivo, la destapamos para encontrarnos con otra más pequeña, igualmente envuelta en papel y, algo más, un aroma enternecedor. ¡Crece la alegría!

Pero no hay tiempo para demoras, porque se agota la paciencia. ¡Al fin! llegamos hasta un estuche plástico y lo destapamos para hallar uno más pequeño aún, también cubierto por papel de regalo ¡muy oloroso! Al quitarle la cubierta lo abrimos, y… ¡sorpresa! Hay un papelito bien envuelto que al abrirlo simplemente dice: ¡Muchas Felicidades! Huele a burla, ¿no es cierto?

Como el ejemplo anterior, lo mismo puede ocurrir con un programa de radio cuyo contenido niega cuanto se pretende hacer ver mediante su forma. ¿A qué me refiero? Ahora me explico.

Más de una vez en cuantos manuales sobre realización radiofónica se publican, sus autores hacen referencia al uso de las herramientas del lenguaje de este excelente medio. Está bien el uso, pero no el abuso y menos si no hay una correspondencia entre la estructura del espacio y su contenido. Si se analizaran con espíritu honestamente crítico muchos espacios radiofónicos que se transmiten a lo largo y ancho de nuestro planeta, llegaríamos a la amarga conclusión que si fuesen vendidos, muchos de sus realizadores serían acusados de estafa.

El secreto radica en la necesaria correspondencia, yo diría imprescindible armonía que debe haber entre el contenido y la forma de cada programa. Al hablar de contenido habría que considerar, ante todo, el tema.

No existen reglas ni fórmulas matemáticas para la creación de programas de radio. Cada unidad radial es independiente en sí, aunque de cierta manera se vincule al contexto general de la emisora que lo transmite.

¿Cuántos programas no gastan - malgastan – casi el 40% de su tiempo en spots y autopromociones para anunciar un producto que no tienen? Sobran los que se autocalifican como los más escuchados, más dinámicos, mejor diseñados, a la medida de lo que el radioyente espera y otros quién sabe cuántos recursos manidos.

Pero, ¿acaso deben obviarse los recursos del lenguaje radial, como efectos y música impactante? ¡No es lo que pretendo afirmar! Simplemente, se requiere la justa medida: ni no llegar, ni pasarnos.

Otro aspecto tiene que ver con la manera como se enlazan las piezas musicales. Sería muy diferente el estilo de hacerlo en un espacio de música Pop que en otro de música tradicional. Un hecho similar lo constituye el tono y ritmo de la locución, y a esto cabe la máxima de “un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar”. El ansia por enfrentarse a un micrófono, por hacer las cosas como se desean, puede conseguir el efecto contrario al que se pretende.

Filosóficamente hablando en cuestiones de arte - ¡y la radio es un arte! – el contenido y la forma se condicionan mutuamente, y el papel fundamental le corresponde al contenido. Lo contrario implicaría un disparate de marca mayor. Piensen en un programa de tangos cargado de spots y con un locutor a ritmo de espacio de música Pop. ¿Imaginan la disonancia que ocasionaría eso? Caso contrario sería estructurar un programa juvenil con un estilo sobrio, despojado de esa dinámica que simboliza la elevada adrenalina de la adolescencia.

La forma del programa de radio no es otra cosa que su organización interna, que le adjudica una estructura única e irrepetible para identificarlo.

Es imprescindible que la forma se subordine al contenido y que sea su mejor aliada. Ante todo un argumento sólido específicamente definido que dé la suficiente agudeza al realizador para componer la estructura general con un lenguaje artístico y figuras expresivas (voz, palabras, ritmo, entonación, encadenamiento, continuidad y edición) capaces de servir de apoyo al argumento a eso que “nos proponemos comunicar”.

Resulta muy satisfactorio detenernos frecuentemente en medio del proceso creativo de nuestros espacios y preguntarnos: ¿Qué pretendemos expresar? ¿Lo estamos logrando? ¿Hay una correspondencia armónica entre lo que expresamos y la forma como lo hacemos? Serían respuestas muy útiles para no perder el camino y emprender nuevos derroteros en el quehacer radial.

No corramos el riesgo de que, con todas las buenas intenciones del mundo, la persona a quien le hacemos el regalo sufra una decepción. Tal vez no lo note al principio, o nunca, pero a fin de cuentas intuirá un estado de insatisfacción.

Para concluir, me remito a nuestro José Martí, cuando al referirse al tema del contenido y la forma expresó lo siguiente: “La forma, que no es más que traje, ha de ajustar al pensamiento, que ha de tener siempre cuerpo”. (*)

Notas

(*) “Sección Constante”, La Opinión Nacional, Caracas, 11 de mayo de 1882, t. 23, p. 295 – Extraído de: DICCIONARIO DEL PENSAMIENTO MARTIANO – RAMIRO VALDÉS GALARRAGA – EDITORIAL DE CIENCIAS SOCIALES, LA HABANA, 2004, P. 213

Consultas: Diccionario Filosófico – M. Rosental y P. Ludin – Editora Política, Instituto Cubano del Libro, 1981

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