La fonoteca, un patrimonio que debemos proteger

La fonoteca es plato diario en nuestro medio; la visitamos todos los días, a toda hora; nos servimos de ella de manera permanente. A pesar de todo, puede que no reflexionemos de su importancia y trascendencia con la profundidad que merece. Relativamente pequeña en comparación con el tamaño de una emisora, en cambio resulta imprescindible para que exista la programación.

Quizás para algunos sea un mero “almacén” de música adonde vamos cada vez que editamos nuestros programas, o si en un espacio en vivo los radioyentes solicitan favoritos. Yo me pregunto: ¿se reduce sólo a eso un lugar frecuentado diariamente por todos los realizadores?

Todos conocemos la utilidad de la fonoteca como “suministradora” de números musicales, pero debemos considerar que su importancia no se ciñe únicamente a la entrega de cintas o discos. Ahora, cuando corren nuevos aires tecnológicos para la radio, considero que la fonoteca, lejos de confinarse al concepto de “vetusto almacén de viejas cintas”, asume una importancia cada vez mayor. Les invito a que me acompañen en esta reflexión.

La fonoteca de cualquier radioemisora cuenta por lo menos con más de 4000 cintas de música variada, tanto nacional como extranjera; aproximadamente 400 cintas de música latinoamericana; otro tanto de música instrumental y un lote, más pequeño de efectos de sonido. A la cantidad de música archivada en formato magnético, debemos agregar la existente en discos de acetato; estos abarcan los discos de 45 r. p. m. y los de 33 r. p. m., tanto de música nacional como extranjera. A ese conjunto, de por sí considerable, habría que sumar los discos compactos que se han incorporado durante los últimos años, cuya calidad sonora es incuestionablemente superior a muchas de las cintas almacenadas, generalmente en formato monofónico y víctimas del implacable deterioro que imponen el tiempo y una constante, y a veces indebida, manipulación por parte de quienes operan con ellas.

Por propia experiencia, es lamentable reconocer el deterioro del primer número musical de cada cinta, particularmente en el caso de las cintas extremadamente usadas, debido a la consecuente pérdida de la cinta neutra protectora que conocemos como “líder”. La falta de atención, en buen grado la indolencia, propició ese lamentable hecho. Otro aspecto lo es el material plástico de los carretes, que muchas veces al partirse y rebobinar luego a elevada velocidad, ha provocado que toda la cinta en su conjunto quedara inservible.

Afortunadamente las fonotecas gozan de un sistema bajo de temperatura que preserva por buen tiempo las matrices, pero no debemos descartar la humedad y los hongos que pueden afectarlas y hacerlas inaudibles en un momento dado.

Además de la música y los efectos de sonido que contiene la fonoteca, también hallamos verdaderas reliquias que mucho representan para cada emisora; ahí se incluyen las visitas grabadas de artistas locales, nacionales y extranjeros; intervenciones de personalidades de la cultura y de la sociedad en general en determinados espacios y otros momentos estelares que incluyen desde actos históricos, discursos y grabaciones en las voces de locutores ya en retiro o fallecidos. ¿No coinciden conmigo en la idea de que la fonoteca, más que un “almacén” de música, constituye el patrimonio sonoro de toda radioemisora? Esta afirmación, que por justa resulta igualmente axiomática, nos compele a la tarea de proteger y poner a salvo ese acervo que es orgullo nuestro y herencia para las nuevas generaciones.

¿Cómo hacerlo? Es lógica esta pregunta. En primer lugar, es una tarea urgente porque los equipos de reproducción de cintas magnetofónicas son cada vez más escasos en todo el mundo, y llegará el momento en que haya muchas cintas, pero no dónde reproducirlas. Lo segundo es que continuar utilizando esa tecnología, además de costoso, es anacrónico si se tiene en cuenta que la digitalización se abre paso continuamente.

Me parece que lo primero que se debe hacer en cada fonoteca es una revisión total y completa de todas las cintas, con una escucha colegiada y experta que incluya realizadores y directores de programas, para que con un criterio conjunto se decida pasar a discos compactos lo que constituya ciertamente parte de la riqueza sonora. No se trata de pasar todas y cada una de las piezas, pues habría que tomar en cuenta su trascendencia, calidad musical y calidad auditiva. Esta tercera condición pudiera llevar a excepciones cuando se trata de personalidades o momentos que constituyen una verdadera reliquia digna de conservarse.

Algunos tal vez piensen que lo ideal sería pasar todo lo seleccionado al disco duro del servidor (en el caso de radioemisoras digitalizadas). La idea es buena en principio, pero hay que tener presente que los discos duros no ofrecen toda la fiabilidad posible, ya que un eventual “bloqueo de red” puede borrar todo o parte de su contenido. Independientemente de la operatividad y rapidez que representa contar con el recurso sonoro dentro del sistema digital del servidor, considero ineludible el rescate y conservación mediante matrices en discos compactos.

Otro aspecto a tomar en cuenta en las fonotecas lo constituye contar con una computadora para crear una base de datos exacta y confiable que dé acceso a todo lo que hay en existencia. El programa Excel, a mi parecer, resulta el mejor - si no hay otro que quien escribe no conozca - pues ofrece opciones para localizar la música por título, autor, intérprete, país, tiempo de duración, fecha de grabación, gestor donde se halla, número de disco matriz y cuantos datos más se consideren de utilidad.

El registro exige un riguroso nivel profesional por parte de quienes lo confeccionen. Aquí se incluye desde la necesaria exactitud a la hora de redactar, hasta la fidelidad ortográfica, de modo que nunca haya equívocos a la hora de localizar un dato. Es un trabajo obviamente arduo en su inicio, pero una vez terminado sólo basta la actualización sistemática cada vez que llegan nuevos envíos. La prudencia aconseja que esa base de datos sea quemada en un disco compacto re-grabable para que sea conservada en caso de que el disco duro de fonoteca presente algún problema, tan común y corriente en el universo de la Informática.

Si se lograse todo eso, muchas cintas pudieran ser destinadas a otras radioemisoras que no cuentan aún con sistema digital. No así el caso de los discos de 45 y de 33 r. p. m., que aunque vale la pena copiarlos en disco compacto, increíblemente su fidelidad sigue siendo mayor según criterios de muchos expertos. Veo cómo muchas personas se deshacen de sus Larga Duración por considerarlos obsoletos, mientras otros discómanos alrededor del mundo hacen pesquisas para agenciárselos por considerar que su registro sonoro es superior a pesar de los consabidos “scrash” de que adolecen por el maltrato sometido con agujas deterioradas o brazos pesados. Buena noticia es que, a pesar de todo, se siguen fabricando platos para la reproducción de esa clase de discos.

Finalmente, la conservación de la fonoteca exige una estricta supervisión para evitar la inserción indiscriminada de música en los discos duros. Solamente un personal sería el encargado de autorizar la incorporación de nueva música, y la operación estaría al cuidado de alguien debidamente autorizado y en la obligación de ofrecer los datos exactos para que las nuevas grabaciones se incorporen con sus datos exactos a la base de datos.

Todo parecería sencillo, obvio, tal vez elemental, un “quién no sabe eso”, si no fuese por el peligro que se cierne sobre las fonotecas. Si operativamente son el recurso al que apelamos diariamente, son también un patrimonio valioso a conservar. Esta labor, aunque cuenta con responsables para su ejecución, es tarea de todos.

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