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La locución: imagen de la Radio

Este primero de diciembre celebramos una vez más en Cuba el Día del Locutor. En cada una de estas ocasiones escribo algo acerca de la fecha por tener la convicción de que estos profesionales de la palabra son acreedores de un elogio que nunca alcanza la altura de lo que merecen.

 

Esta vez no pretendo seguir los caminos trillados del elogio ni de la complacencia "efemeridicista" - ¡vaya con ese neologismo"! – que lamentablemente muchas veces se torna para nosotros en vocablo hueco que contrario a adjudicarle a cada hecho o conmemoración su genuina trascendencia tiende a tornarse en retórica diletante y aburrida.

A la luz de cierta experiencia vivida, aunque convencido de que no la suficiente, prefiero reflexionar acerca de la función de la locución en cualquier sociedad – no solo la nuestra – como coadyuvante en la formación de valores a la par que difusora de informaciones de todo género.

En primer lugar, las locutoras y los locutores – respetando la válida cortesía hacia la diversidad de género – constituyen paradigmas de toda sociedad; significa que son puntos de referencia en cuanto a modos y modas, motivación para el análisis y catalizadores para el ejercicio sano de la inteligencia. Al menos así resulta en la mayoría de los casos, salvo aquellos donde la profesión u oficio (ambos términos plenos de dignidad) se ciñe a la superficialidad y búsqueda de protagonismos enajenantes.

Si repasamos la historia de la Radio en cualquier parte del mundo, caeremos en la cuenta de que el medio nació en primera instancia con un micrófono, un transmisor y una voz.

En sus orígenes la Radio desconocía la existencia de productores o directores de programas, guionistas, realizadores de sonido o de la criollísima invención del asesor. En las primeras transmisiones el único componente humano era el locutor o la locutora que hacía las funciones de operador de audio.

Aplaudiendo el desarrollo y la complejidad del medio, fue gradualmente aparecieron los demás actores. En un primer paso los locutores respiraron profundo con la aparición de los operadores de audio, quienes evolutivamente complejizaron  su quehacer, muchos de ellos, hasta convertirse en realizadores de audio, seres de talento capaces de hacer maravillas con los efectos sonoros, la música y el silencio.

Los locutores fueron los primeros guionistas; llevaban el guion en su mente, y la cotidianidad les proveyó cada vez más las herramientas para buscar y encontrar formas de expresión comprensibles para una mayor cantidad de personas. Fueron a la vez, productores musicales: ellos mismos confeccionaban las listas de música con balance de géneros y amplio conocimiento de intérpretes y autores. Jamás han sido infalibles, es cierto, pero son numerosos los ejemplos de quienes  llegaron a ser, y son, personalidades de la radiodifusión.

En cualquier estación de radio, son las locutoras y locutores quienes le adjudican un rostro humano. Aclaro que no he sido ni soy locutor, y por ello me considero en una condición más cómoda para expresarme de este modo.

A todos los demás radialistas se les respeta y admira, pero son los profesionales de la palabra, con la cotidianidad de sus voces, los de mayor reconocimiento social.

Pudiera decir que los locutores son la punta del iceberg en cada medio de comunicación; son la parte visible, y por ello la de mayor reconocimiento social.

Paradójicamente, en cualquier país del mundo – incluyendo al nuestro – son también los menos retribuidos en el orden monetario, y lo digo no por un encriptado culto al dinero, sino porque el grado en que se aporta a una función, sea cual fuere, debe traducirse en una retribución justa y equilibrada.

La calidad y la excelencia debieran reflejarse, además, en la retribución. Negarlo sería caer en concepciones aberrantes. Ese aspecto deberá ir siempre en correspondencia con el nivel profesional, la complejidad de lo que se hace, así como de los valores y la imagen social que se proyecta.

Es un quehacer donde se juntan el talento, la fisiología y el arte.

Hoy que nuestro país demuestra su auténtica e irreversible naturaleza revolucionaria, cuando junto con la valentía y firmeza de nuestra más alta dirección nos disponemos a poner cada cosa en su justo lugar, considero que nuestras locutoras y locutores deben ser tenidos en cuenta como prioridad cardinal para un reconocimiento material a la misma altura del que moralmente reciben.

Estas compañeras y compañeros que a cada instante son voz de la Patria, del Pueblo y de su Revolución, justamente lo merecen.

¡Muchas Felicidades en su Día!

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