La palabra hablada, tan viva como un manantial

En el lenguaje escrito, quien lo emite denota la pulcritud y estilo por su formación académica. En el caso del lenguaje hablado ocurre lo mismo, máxime si quien pronuncia el discurso lo hace como profesional de los llamados medios de comunicación – entiéndanse Radio y Televisión – donde siempre deben imponerse los conceptos éticos y estéticos socialmente aceptados.

Hecho llamativo es que muchas veces en el caso de la palabra hablada, si bien revela esa “excelencia” expresiva, no siempre consigue la debida empatía de quienes la escuchan.

Es triste – más aún decepcionante – cuando los excesivos cuidados, que yo calificaría de cuasi compulsivos en lo que respecta a dicción, modulación y uso de vocablos, en lugar de lograr esa “complicidad” afectiva con interlocutores y radioescuchas más parece un bumerán que solamente “¿sirve?” para satisfacción de esos raros especímenes que se complacen entre sí con sus “yo me lo sé todo”; “qué clase de inteligencia”; “qué bien se te oyó” – esto sobre todo entre colegas de una misma profesión – aunque el destinatario, tal vez deslumbrado por la verborrea, se quede en blanco.

Lo primero que se me ocurre comentar es que el lenguaje, ante todo – y por encima de otros el nuestro, el castellano – es de una riqueza tal que los pueblos que lo hablan son capaces de acomodarlo y hacerlo más inteligible a partir de sus propias vivencias personales, sociales, y de sus realidades.

Pongo como ejemplo que tiene a lo culterano, tal vez demasiado extremo, que deseamos manifestar el placer sentido porque alguien nos escuchó; en ese caso tendríamos que decir: “me plugo su sintonía”.

Frases así, menos que cultura son expresiones que de tan supuestamente elevadas, caen en el ámbito pernicioso de la cursilería.

Estoy de acuerdo con el uso de los diccionarios de sinónimos y antónimos, con los de verbos, es importante conocer todas las conjugaciones, más ¡cuidado!, hay que ser cada día más cultos, pero también debemos estar más identificados con las expresiones que sin ser las exactas – tampoco disparatadas, por supuesto – no son necesariamente las aclichesadas por trasnochados academicismos de mala muerte.

Nada tan importante en la palabra hablada como la naturalidad, la fluidez, esa posibilidad que nuestro idioma, por su esencial riqueza, nos ofrece de amalgamarlo, de enseñorearnos con su plasticidad cual verdaderos artesanos de la lengua.

El academicismo ¡vale!, pero recordemos que junto con eso van de la mano expresiones y argots particulares de cada comunidad, pueblo y nación. Gracias a eso el castellano, nuestra lengua materna, lo hablan a su propio modo españoles, mexicanos, argentinos, venezolanos, cada país sin exclusión y nosotros mismos los cubanos. Y por eso, si se habla correctamente aún incorporando sus expresiones vivas y autóctonas, no deja de ser un idioma bien hablado.

Los lenguajes pretendidamente “asépticos” como el H2O en su estado puro, pierden su encanto. El agua que nutre, beneficia y cura corre veloz por ríos y cascadas, la misma que brota limpia y potente desde el fondo de la tierra. De ahí su encanto, frescura y belleza. Esa máxima pudiera resultar saludable para todos los que de alguna manera se enfrentan ante las cámaras y los micrófonos.

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