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El sonido de las palabras

A veces el mensaje hablado por la radio se diluye antes de llegar al órgano auditivo del oyente. ¿Se ha preguntado por qué ocurre esto? ¿Por qué puede percibirse la idea opuesta a la que se desea expresar? Razones hay muchas, pero una de ellas consiste en el sonido de las palabras.

Siempre que se escribe para la radio debemos tener presente una perspectiva: “escribo para que esto sea leído por un locutor o locutora, pero lo más importante es que escribo para que sea escuchado.” ¿Es siempre así? Me atrevo a decir que lamentablemente no siempre lo es, y por muchas razones que van desde la improvisación en el medio – que implica desconocimiento de sus reglas – hasta falta de quienes por la prisa no se detienen a meditar acerca de: “cómo escriben lo que ¿¡escriben!? para ser oídos”.

Afirman los teóricos más avezados que cuando se redacta para la radio, cada cierto tiempo y en medio del quehacer habría que preguntarse: “¿qué estoy queriendo decir con esto?” Es un recurso tan válido como cuestionarse también, tras releer en voz alta lo escrito: “¿se entiende, acaso, de la manera como lo digo?” El respeto profesional – y si hay profesión y oficio hay respeto – recomiendan que estas preguntas permanezcan constantes en la agenda de quienes redactan para la radio, tan adheridas a su conciencia como sus dedos al teclado del ordenador o la máquina de escribir.

En el más sano modo de pensar, la falla de algunos radica en la transposición del oficio de escribir. Muchos excelentes redactores de prensa plana y escritores de ficción, en algunos casos, hacen su legítima incursión en el medio hablado. Los textos que escriben son impecables desde el punto de vista sintáctico, orden de ideas y estructura general, pero… ¿qué hay con los sonidos?

Escribir para la radio es una profesión compleja. Hay sintaxis y estructuras gramaticales correctas que no se ajustan al medio por la única razón de que su sonoridad se desvirtúa en el éter. Incluso ocasiones en que, conociendo la palabra exacta, el imperativo sonoro sugiere utilizar otra parecida que ofrezca la imagen aunque no sea, necesariamente, la totalmente adecuada. Si la imagen se consigue con otro vocablo, hay que utilizar ese y no otro. Las palabras, de acuerdo con las letras que las forman, emiten una intensidad de sonido específica que si el oído no la capta, falla la efectividad del mensaje por ruptura de la secuencia del discurso.

En primer lugar, quien habla por la radio debe producir armónicos vigorosos, de frecuencias elevadas. Eso lleva entrenamiento tanto en lo que a modulación vocal se refiere como en la redacción y composición de los textos hechos para ese fin. Con lo que acabo de enunciar puede inferirse que tenemos tema para dos cuestiones: la vocal y la estructura del lenguaje escrito. El objetivo de este comentario es lo segundo.

Para no desviarme del tema, partimos de que cada letra y cada estructura armónica en su contexto, requieren una estructura específica. Las letras, en particular las consonantes, son esencialmente decisivas en esta cuestión. Las vocales, en cambio, llevan desventaja en su mayoría, de modo que cuando se escribe para la radio debemos prestar atención al poder de las consonantes.

Son las consonantes y su correcto empleo las que deciden si “lo que se habla” puede o no entenderse por el radioyente. Consideremos también que ellas – las consonantes – tienen la virtud de ser portadoras de un subyacente sonido vocal, y que al combinarse con las vocales propiamente dichas se articulan para crear sonidos claros e inequívocos.

Entre las vocales, las que conocemos como “abiertas” o “fuertes” gozan de ciertas virtudes (A, E, O), principalmente la A, que es la capital de todas las vocales. Probemos, en cambio, con las vocales “cerradas” o “débiles” (I, U) y notaremos como tienden a resultar pianísimas, se diluyen en la misma pronunciación haciéndose casi imperceptibles, a no ser que el locutor o la locutora las proyecten deliberadamente con mayor intensidad. Eso semeja a una obra clásica que en un momento determinado apenas se escucha, en su momento pianísimo; si por desconocimiento subimos el atenuador, entonces, cuando la intensidad sube llega el estruendo: la agresión sonora cercana al umbral doloroso, además de una imperdonable distorsión.

Cualquiera puede pensar que el problema de la sonoridad de los textos está en manos de locutores y realizadores de sonido, pero lo cierto es que son los redactores quienes deben manejar con oficio cada situación. En el conglomerado de las consonantes hay unas más fuertes que otras, eso es: que suenan más y mejor. Son esas las que debemos apropiarnos cuando escribimos para la radio, siempre que el buen tacto y la cordura lo aconsejen.

Un recurso necesario consiste en poseer un buen diccionario de sinónimos y antónimos. No se trata de caer en un estado obsesivo-compulsivo; más bien todo consiste en comprender la importancia de las consonantes y la recomendable preeminencia de las vocales “abiertas” o “fuertes” en la redacción con fines radiofónicos. Para ir al directo sugiero evitar los prefijos “im” lo mismo que las palabras que comiencen con “in”. Como ejemplos, si en mi redacción para la radio voy a escribir que “aquello es imposible”, puedo sustituirlo por “aquello NO es posible” o, mejor aún, por “aquello es absurdo”, “aquello es difícil”, tomando en cuenta la intencionalidad del texto, algo también a considerar. ¿Saben qué acabo de hacer? Consulté mi diccionario de sinónimos y antónimos. Pero… ¡con sensatez! La palabra que usemos debe estar dentro de los códigos generalmente aceptados por el destinatario a quien se dirige el mensaje. Resultaría cursi decir entonces: “aquello es quimérico”. Es una palabra conocida, pero por un público más restringido, y en radio debemos utilizar el lenguaje más comúnmente aceptado.

Tengamos todo esto presente. Que cada uno reflexione y practique, porque solamente la constancia y la superación personal se ocupan de desbrozar las mil y una dudas o incoherencias que pueden acechar a quienes escribimos para la radio. Es cuestión de paciencia, ejercicio incesante (dígase “persistente” si es lenguaje radiofónico) del conocimiento y ¡mucho oficio!

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