Programas radiales de participación

Los directores-realizadores de programas enfrentamos un reto permanente: la participación en nuestros espacios. También nos exponemos a un manido estilo de entender el concepto de participación; de ahí los equívocos unas veces, la complacencia otras, en cuanto al asunto que me ocupa.

Debemos empezar por preguntarnos: ¿qué es la participación en la radio? Acaso… ¿solo recibir llamadas telefónicas y cartas que solicitan la música favorita o envían el manido saludo a la persona que casi siempre tiene el radioyente a su lado? El sabio olfato y tal vez una pequeña dosis de psicología social nos persuadan de que esa opción se encuentra tan enquistada en la costumbre, que prescindir de ella es casi imposible so pena de perder buena parte de una audiencia que, más que eso, necesita recibir un mensaje claro, información, formación y elevación cualitativa del gusto estético.

Lo anterior no descalifica la búsqueda de otras formas que coexistan con las antes mencionadas. Solo se requiere un análisis muy en particular de los destinatarios de las emisiones, sus peculiaridades, necesidades y aspiraciones; todo eso para conjugarlo con los propósitos y fines del mensaje radial.

La programación no puede, si desea sobrevivir y mantener su razón de ser, ceñirse únicamente a sus manifiestos propósitos ni dejarse arrastrar por la “vox populi”. La radio es un medio que informa, forma, coadyuva a estados de opinión específicos, difunde cultura “per se” y atiende las necesidades grupales y de la sociedad con propuestas para solucionarlas.

Los programas de participación devienen el medio idóneo para que la radioaudiencia se manifieste con entera confianza, que haga su “imprescindible catarsis” y encuentre, a fin de cuentas, un vehículo que a la par de fuente emisora sea también el foro que reciba sus inquietudes. De ahí la responsabilidad de los radialistas para atender a los radioyentes y su necesidad de enriquecimiento cultural, preparación y vinculación con otros sectores de la sociedad (psicólogos, sociólogos, médicos, escritores, etc.…) capaces de coadyuvar en la elaboración de los mensajes. 

Un programa de participación no debe ceñirse únicamente al concepto de la complacencia de peticiones y los saludos; debe atender eso y más, pero nunca absolutizar el concepto a esa sola categoría de espacios. Nuestra Radio Cubana despliega esfuerzos y recursos para cada día elevar más su calidad y excelencia, y corresponde a los escritores, guionistas y realizadores la tarea principal a fin de que tales recursos vayan siempre por el mejor camino.

Entre las categorías de participación cuentan los espacios de opinión, la atención a cartas, llamadas telefónicas y mensajes electrónicos que manifiestan inquietud, duda o preocupación ante cualquier fenómeno o situación de la índole que sean. Hurgar en preocupaciones, gustos y preferencias de nuestros destinatarios puede ser una herramienta indispensable en los rediseños de la programación. No es dar, entiéndase claro, “el dulce que agrada” – pues a veces los gustos matan – sino el alimento portador de salud intelectual y espiritual, componente indispensable para el bien social y humano en particular.

Casi siempre lo placentero adormece, paraliza, aletarga y amodorra de tal manera que las fuerzas creativas se enmohecen en la autocomplacencia. No son tiempos para eso – nunca debieron serlo, ¡no lo han sido jamás! – son tiempos que reclaman el ingenio, la creatividad y la búsqueda de nuevos modelos de participación donde a la “necesaria catarsis” se haga vislumbrar la perspectiva de lo novedoso, necesario  y positivo. La Radio, muchos lo afirman equívocamente “crea imágenes en la mente”; apelo a otro concepto parecido, pero diferente: La Radio coadyuva a que quienes las escuchan, con su inteligencia y discernimiento, y a partir de su experiencia personal, creen sus propias imágenes.

Somos proveedores de materiales y herramientas, no dadores de jarabes dulces para adormecer neuronas. Ojalá que nadie olvide nunca esa perspectiva

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