La radio de lo efímero a lo patrimonial

Casi todos decimos que la radio es efímera. En parte es cierto. Un programa sale al aire, guste o no, se le escucha y desaparece tras su emisión. No ocurre así con un libro, una pintura, escultura, el sillón que era de mi abuelita o el cajón donde guardo las herramientas para entretenerme en algo útil los fines de semana.

Muchos me dicen que la televisión no es tan efímera como la radio. Puede que en eso tengan alguna razón, aunque soy de quienes viven convencidos de que lo “efímero” de la radio, es algo circunstancial, muy relativo.

En cuanto a los programas dramatizados, la cosa cambia. Podemos conservar los libretos, y las nuevas tecnologías permiten preservar hasta los programas a un costo relativamente menor que antes.

Más allá de la conservación física y tangible, de eso que podemos tocar, oír una y otra vez, existe algo que condiciona que programaciones y programas no sean tan efímeros como pudieran parecernos. En primer lugar, porque existen espacios que se han mantenido por décadas en el aire, y otros tantos que una vez desaparecidos del éter se perpetúan en el recuerdo de la gente, de una generación a otra. Cada vez que hablo de esto apelo a tres ejemplos: La Tremenda Corte, Universidad del Aire y Alegrías de Sobremesa. ¿Quién duda de la trascendencia y patrimonialidad de estos espacios? Eso sin mencionar, como apunté antes, muchos otros de corte dramatizado.

Salvando distancias, contextos, coyunturas, reclamos y modos de expresión, los programas de radio no son necesariamente, como el facilismo tiende a hacernos creer, acontecimientos meramente efímeros. Sí los hay, como también libros, músicos y músicas, tendencias, modas y modos, gustos, pinturas, películas y programas de televisión que son, como algunos programas de radio, simples quimeras ambulatorias que brillan por un día para luego apagarse definitivamente arrinconados en el olvido.

¿El secreto de todo esto? Es que debemos realizar cada espacio pensando y obrando de la misma manera que se concibe algo para todos los tiempos. Ese es el secreto de por qué La Ilíada y La Odisea siguen siendo tan actuales como las novelas de Balzac y Víctor Hugo, y por qué serán actuales y gustadas las de Gabriel García Márquez de aquí a doscientos años.

No es lícito hacer la radio pensando en sí mismo, en el propio gusto. Es necesario pensar en el destinatario sin ser “populero” – me anoto el neologismo que sustituye a “populista” – que es pensar la obra a partir de lo que caracteriza al ser humano más allá de su época y circunstancia, sin que al mismo tiempo pierda su ubicuidad, su inserción en la coordenada de tiempo y espacio, porque lo aséptico no en este campo nada vale.

La otra cara de la moneda nos muestra la prioridad de mantener un banco, un “stock” de nuestros mejores espacios que en determinado momento pudieran redimensionarse, retomarse con nuevas ópticas o servir de leitmotiv para nuevos proyectos, aunque con formas diferentes.

Me queda algo más: el patrimonio intrínseco. Esto es cuestión de estilo, rigor, excelencia. Un programa puede pasar, pero la profesionalidad y el sello que identifica el programa como representativo de una cultura, nacionalidad y época, es lo que prevalece.

¿Cuántos cumpleaños ha celebrado Radio Progreso? ¿Cuántas generaciones de locutores, escritores, directores de radio y realizadores? ¿Cuántas épocas históricas de nuestro país? Y a pesar del tiempo Radio Progreso sigue siendo La Onda de la Alegría, la Emisora de la Familia Cubana.

En la radio a lo largo y ancho de este mundo, ¿programas efímeros?, sí los hay. Patrimoniales ¡también!
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