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Radio, televisión e identidad

La radio es uno de los medios más útiles en la instrucción, la educación y la formación de valores.  Su empleo adecuado le capacita para influir positivamente en conglomerados numerosos y heterogéneos.

En el caso particular de la Radio Cubana, ha sido y es protagonista de incontables facturas donde los preceptos patrios se exponen y valoran de modo inteligente y objetivo.

En los albores del proceso revolucionario cubano nuestra Radio – así también la Televisión – devinieron exponentes de la diaria proeza popular, al tiempo que dentro de su programación dramatizada se narraron vidas y hazañas de Cuba, América Latina y el mundo.

Es mi sincera opinión que, si bien nuestros medios continúan defendiendo lo mejor de la historia nacional, latinoamericana y universal, al tiempo que asumen críticamente la realidad contemporánea –deber legítimo– de cierta manera se soslaya retomar en espacios estelares las raíces históricas a las cuales nos debemos, y que en ocasiones se enmarcan en un breve reportaje o a una simple reseña.

Nuestros dos grandes medios audiovisuales son hoy, y desde hace mucho, patrimonio de toda la nación. Si bien en los años iniciales caracterizados por el fervor y la emoción nuestros talentos estuvieron en función de novelar las vidas de grandes forjadores de la patria cubana y de Nuestra América – novelas dedicadas a Martí, Sandino y Túpac Amaru, por solo mencionar tres de ellos – es más que urgente y necesario que los nuevos talentos retomen esas temáticas para que de manera elocuente y con las nuevas tecnologías, sean llevadas a las generaciones  de hoy, y se reactualicen en los menos jóvenes.

No basta la simple referencia en unas efemérides, sino su actualización plena, lo mismo que la difusión de tesoros de la literatura universal.

La emisora Radio Progreso es un buen ejemplo de cuanto puede hacerse en pro de la difusión de lo mejor de nuestra historia, haciéndolo de manera creativa y original.

Preocupa ver – ya en el caso de la Televisión – productos importados portadores de antivalores, modas y modos que nada o bien poco tienen que ver con nuestra realidad, e incluso con la realidad de los propios países de origen; productos que no son otra cosa que la consecuencia de las transnacionales del entretenimiento y la ¿¡información!?. Caso aparte y meritorio, el cine.

En nuestra Radio y la Televisión abundan talentos; en la Historia de Cuba, de América Latina y del mundo hay  acontecimientos, hechos y leyendas que no por reales dejan de ser apasionantes y enriquecedoras.

Ni por la más mínima razón pretendo que esta reflexión sea interpretada como incitación a una “cacería de brujas” contra ciertas producciones que, en definitiva, tienen su público; solamente invito a no absolutizar el quehacer de los medios en ese único género de entretenimiento – desterrando la acepción peyorativa de entretenimiento como alienación –pues los tiempos cambian y es preciso entenderlo.

Tolerancia no es el “te lo dejo pasar”, sino reconocer la diversidad en todo, incluso en el caso de los públicos; pero más allá de ello la Radio y la Televisión tienen un deber sagrado con la identidad cultural de la cual forman parte, con su actualidad y con lo mejor de nuestra herencia histórica.

Olvidarlo sería desterrarlo todo, echarlo al olvido; sería desdeñar la suprema razón por la que hoy somos y existimos.

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