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Pensar como Radio

En incontables ocasiones, al conversar con amigos y colegas de nuestro medio, les he confesado que no hay un minuto de mi existencia en el cual pueda sustraerme de mi realidad como profesional de la radio. Hasta en sueños, ese afán está presente acosándome –eso sí, amorosamente– pues se trata de un estado que oscila entre la pasión y el éxtasis.

Lo mismo en las faenas cotidianas del medio, que cuando transito a pie las veinticuatro cuadras que separan mi casa de la emisora, en la bodega, viendo un programa de televisión, en la parada de la guagua, leyendo una revista, un libro, acostado cuando intento relajarme; en todo momento es como si la magia de la radio me tendiera una emboscada. Mi corazón y mi cerebro son plazas sitiadas por ese desmedido afán de comunicar, de expresar cuanto me toca vivir. Y es una felicidad hacerlo.

Pongo un caso típico: Estoy leyendo un artículo sobre cualquier tema, digamos… ciencia, algo de última hora acerca de nuestro mapa genético. De inmediato, digo simultáneamente, me siento inducido a comunicar a decenas de miles de personas esa novedad que acabo de conocer. Pero no es lo que pudiera pensar quien no me conozca y lea este trabajo. Jamás se me ocurriría copiar un texto al dedillo y plasmarlo en el guión! Mucho menos leerlo tal como aparece escrito.

La pretensión se torna inquietud, y crea en mí la necesidad de profundizar consultando otras fuentes. Cada artículo, en este ejemplo concreto, lleva un firmante a quien se le debe respetar, pero ante todo es cuestión de honor respetarnos nosotros mismos. Si el trabajo reúne las condiciones para ser radiado, entonces lo haría citando -y reiterando- la fuente y su autor.

En mi caso, como decimos los cubanos, no parto por la primera. Lo fundamental es documentarme acerca de la credibilidad de la fuente y la seriedad del firmante, algo que resulta fácil en publicaciones de reconocido prestigio, porque muchas veces la avidez de sensacionalismo, aunque bien intencionado, malogra buenos contenidos.

Lo esencial es leer más de una vez el artículo y darme cuenta de qué idea quiere dejar en mí su autor. La segunda parte consiste en ponerme a la caza de otras fuentes relacionadas directa o indirectamente con el tema tratado; nada tan importante como ir más allá de lo sabido.

Útiles pueden ser una buena Enciclopedia, artículos de Internet -¡serios!- y revistas especializadas. Digamos que el tema me parezca ideal para llevarlo a la radio. Entonces correspondería determinar cómo elaboro esa idea. ¡Que no se me ocurra cansar a los radioescuchas con una lectura contínua de lo que plasme en el guión! ¿Acaso no contamos con preciosos recursos para que muchas de nuestras ideas vayan implícitas mediante su uso exacto y racional?

En ese momento crucial de ¿cómo elaboro la idea?, al escritor de radio le atañe la responsabilidad de meditar y definir cuál sería su punto de vista acerca del tema. En esto existe algo de dramaturgia, aunque no se trate de cuento, novela o radio-teatro, algo sobre lo que pudiéramos profundizar en otra oportunidad.

Una regla muy común está basada en las cinco o seis preguntas del lead periodístico: ¿quién?, ¿qué?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿cómo?. Y no se trata tampoco de que mi programa sea un noticiero! Si me remito al artículo original que leí, con el supuesto tema del mapa genético, su autor quiso responder –o destacar– una de esas seis preguntas. Mi programa no tiene que coincidir, necesariamente, con el punto de vista del articulista.

- ¿Quién hizo el descubrimiento? (su interés es referirse a una personalidad)

- ¿Qué sucedió en torno al tema? (se propone abordar hechos concretos)

- ¿Cuándo ocurrió.? (le interesa comparar fechas o establecer una secuencia de acontecimientos relacionados con el asunto)

- ¿Dónde? (Su propósito es demostrar los avances en la materia de un lugar geográfico específico)

- ¿Por qué? (puede que se proponga abordar causales o condiciones que hicieron posible el descubrimiento, así como las utilidades de su aplicación)

- ¿Cómo? (tal vez tenga una intención narrativa en cuanto a las circunstancias casuales que dieron lugar al hecho; podría ser válido lo anecdótico)

Una vez que el artículo me cautiva, consulto nuevas fuentes y al final me corresponde la decisión de qué diré y cómo voy a decirlo. Son dos componentes que no se pueden desligar pues interactúan de modo constante.

Voy a escribir sobre el tema, pero con mi propio punto de vista, y tomando como centro de atención una de las seis posibles aristas que puedo desarrollar. A eso le llamaría: recrear el tema.

En el cómo voy a decirlo se precisa, además del punto de vista relacionado al contenido, la manera de hacerlo. Esto es algo que guarda estrecha relación con el formato del programa, su redacción, la distribución de notas, por dónde comenzar, en qué momento procurar el clímax y, al final, dejar en claro qué he querido expresar (todo esto con los recursos sonoros) acerca del tema.

La experiencia me sugiere no ser demasiado explícito o reiterativo, no martillar demasiado en mi propósito. Primero, porque sería insultar la inteligencia de quien me escucha; segundo, porque un empleo artístico y racional de las herramientas del lenguaje radiofónico hace innecesarias demasiadas explicaciones verbales. Un tercer motivo es que debo dejar la posibilidad a cada radioyente para que llegue por sí mismo a coincidir conmigo al tiempo que le estimule a investigar y documentarse más.

Aquí vuelvo al comienzo, y es que con mi programa, que surgió de la necesidad sentida de comunicar ideas, logré también crear la necesidad de quienes me escuchan, el interés en conocer y ampliar más acerca de lo que acabaron de oír.

La radio es algo continuo, incitante, inquietante, absorbente, y les cité el ejemplo de la lectura de un artículo, pero pudiera referirme a un comentario en el hogar o la vía pública. De ahí también salen buenos programas de radio.

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