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La radio, esa pasión incontenible

No he conocido una sola persona que haya hecho radio alguna vez sin quedar cautivada por ese fabuloso medio de comunicación. Dicen muchos que se trata de un “bichito” que cuando pica contagia de tal manera que hace imposible librarse de sus prolongados efectos. A mí me ocurrió igual y, frecuentemente, me preguntaba: ¿Dónde está el secreto?.

En mi caso, todo comenzó en la temprana infancia y, hecho curioso, no tuve en la familia personas ligadas directamente a la radio salvo un tío materno, Juan Ruiz Miranda, quien apasionadamente colaboraba en varios espacios.

Recuerdo que a principios de la década de los años 60, tío Juan, por pura afición colaboraba en un programa matutino de música mexicana donde encarnaba un simpático personaje; el chino Francisco, supuesto asiático residente en Cienfuegos, que andaba carretilla en mano repartiendo verduras. El “chinito” de marras aprovechaba la ocasión para entrar a la emisora, en aquellos años Radio Tiempo, hoy Radio Ciudad del Mar, para hacer sus comentarios e invitar a participar en los trabajos voluntarios dominicales. En aquel entonces, el programa de música mexicana estaba auspiciado por los Comités de Defensa de la Revolución. Salvo mi tío aficionado, no tuve parentesco que tuviese vínculos con la radio.

Recuerdo que antes de cumplir diez años, mis padres me llevaban al parque de diversiones. Me llamaba la atención ver a un señor que micrófono en mano hacía propagandas comerciales, como aquella de “Tome café el sol”, “Óptica La Borla de Primiano y Celorio” o “Ironbeer o no beber” y otras por el estilo. Ante mi insistencia, mi padre hablaba con el anunciador para que me dejara decir algo, cosa que yo hacía gustoso, creyendo - en mi ilusión infantil - que había hecho algo muy meritorio. Hoy comprendo que la vocación hacia la radio casi siempre comienza cuando deseamos hablar ante un micrófono.

Pasado el tiempo, me di cuenta que hablar no lo era todo en lo que a radio respecta, y descubrí que la locución no era la actividad con la que se correspondía mi naciente vocación. Poco a poco hallé respuestas y un camino a seguir en este medio que se convirtió para siempre en un componente prioritario de mi existencia.

El deseo vehemente de comunicar algo a los demás se canalizó en la labor de dirigir programas y, muy en particular, en escribir guiones radiofónicos. El paso de los años me posibilitó desentrañar algunos secretos de la radio y confirmar que es posible crear imágenes con un lenguaje de sólo cuatro elementos: voz, sonido, música y silencio. Digo silencio, porque callar es también una forma de decir algo, de transmitir una idea, atmósfera o estado de ánimo.

Hoy lo que más me apasiona de la radio es poder combinar sus elementos para ofrecer una obra en la que el radioescucha y yo nos convertimos en cómplices. Un programa de radio es tan elocuente como para expresar un punto de vista, como tan abierto a la perspectiva de que quien lo oye se forme sus propias imágenes de hechos, ideas, personas y cosas. La radio en su mejor significación constituye un ejercicio intelectual de proporciones sorprendentes.

Cuando se escuchan las voces de locutores o artistas en una dramatización, cada cual construye en su mente su propia imagen, distinta de los demás. Cada uno se forma cierta idea del aspecto físico de los que hablan, del medio natural donde se desenvuelven, y hasta imaginan olores, sabores y sensaciones táctiles. ¡Todo mediante estímulos sonoros!

La radio abre una nueva perspectiva cada vez. Tiene sus códigos que un buen realizador no debe violentar, pues de lo contrario el resultado puede ser (siempre lo es) transmisible, pero no radiable. El radioescucha es un sujeto activo en el proceso creativo iniciado desde el momento en que comienza a transmitirse la obra. El actúa, pinta y “ve” lo que oye.

Un medio de comunicación de semejante dimensión jamás agota sus posibilidades; siempre tiene algo más por mostrar, nuevas propuestas para ser vistas con el sentido de la imaginación.

Matemáticamente es infinita la combinatoria de la radio, y por esa razón no es raro que tantas personas se acerquen a este medio para participar de él, no obstante los avances de la imagen añadida al sonido. En radio todo se ha dicho y, paradójicamente, siempre hay algo desconocido por decir.

Antes de concluir mis reflexiones, quisiera confesarle dos secretos: El primero de ellos es que jamás he podido sustraerme a mi realidad como hombre de radio. Cuanto respiro, palpo, degusto, escucho, veo y leo, mi mente lo procesa con criterio radiofónico. El segundo secreto es la inmensa emoción que experimento cuando mediante los programas que realizo muchas personas conocen algo nuevo o, sencillamente, conciben lo ya conocido desde nuevas perspectivas, y mucho más cuando contribuyo a que la gente se sienta cada vez más feliz y… ¡sobre todo!, con deseos de seguir escuchando el programa.

Me parece que en esos dos secretos descansa la razón de quienes hacemos radio: Crear y recrear para la información, el crecimiento y la alegría de un público que mayoritariamente casi nunca conocemos, pero que sin lugar a dudas nos es muy cercano.

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