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Dirigir es conciliar espíritus

A finales de la  década de los 80 del pasado siglo dirigí mi primer programa radial, “Gente al Sol”,  respaldado por un equipo de “locos”, muy jóvenes y desbordados de entusiasmo.

A decir verdad, aquel fue un ejercicio tiránico: Era el “hombre orquesta”. Controlaba cada detalle estrictamente, tras horas de intensa preparación. De esa práctica inicial concluí que el director necesita un dominio plenipotenciario junto a un colectivo capaz de secundarlo, complementarlo, enriquecer sus ideas.

En propiciar ese clima creativo está el éxito. Y, modestia apártate, las tres (ahora se diría “temporadas”) de “Gente al Sol” fueron un suceso mayúsculo de audiencia.  No quisiera adelantarme a los historiadores, pero creo que esta fue la primera transmisión de micrófono abierto de Radio Güines, con llamadas en directo para  debatir libremente temas comunes, “en vivo”. (Qué viejo me siento cuando lo digo.)

Al intento inaugural sucedió la radio revista Portada de hoy, en la cual aprendí el rigor del trabajo informativo.  Me levantaba a las tres de la madrugada para subirme a un tren, animal del Pleistoceno que estremecía los parajes dormidos del sur de La Habana con el ruido oxidado de su armazón de hierro.

La revista, de dos horas de duración,  comenzaba a las seis y media. Entonces no existía Internet, ni el “copy-paste”, tan común por estos días. De cuando en vez un añejo teletipo nos traía las noticias de otros mundos. Para poder redactar los titulares me hice de un pequeño receptor de batería y anotaba a ciegas, sobre un papel, en la oscuridad de los vagones, los cintillos transmitidos en Haciendo Radio y Radio Reloj. Me servía mucho de la presencia de invitados, y el desarrollo de un tema centro polémico, enriquecido por la audiencia. Desde barrenderos hasta policías nutrieron con sus opiniones aquellas mañanas.

En esa época incorporé la palabra rigor a las cualidades de un director de programa. La disciplina, la puntualidad, términos tan erosionados por las apatías, pero intactos en su esencia.

Porque el director no es ese que llega minutos antes y se sienta pasivo, mientras el operador de audio toma las riendas del espacio y los locutores hablan a sus anchas.

No es tampoco un simple coordinador, afanado en llenar el tiempo asignado, ni el firmante pasivo de un “reporte de pago”. No va a sobresalir por tener las actas de colectivos al día, ni por cumplir planes temáticos asignados, aunque todo esto sea parte de su rutina.

Lamento la existencia de programas huérfanos, entregados a la suerte de otros, hechos con desgano, a veces sin la presencia de quien debiera dirigirlos en el estudio, hijos bastardos concebidos solo con afán remunerativo, pero faltos de pasión.

Después de más de 30 años de trabajo en este medio, algo me queda claro: dirigir es conciliar espíritus, hacerlos coincidir en un mismo ánimo, confabularlos en la creación. Cuando se pierde este hilo esencial, el acto de encabezar un colectivo radial decae en intensidad y se vuelve un mero ejercicio de cotidianidad, aburrido y retórico, sin el alma capaz de dar forma y aliento a una realización.

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