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Del imperio avieso y putrefacto

Desde hace muchos años, los representantes de  países subdesarrollados, así como los medios de comunicación  más serios, vienen reclamando que se instaure en la Organización de las Naciones Unidas un sistema verdaderamente democrático, lo que equivale a afirmar que resulte diametralmente opuesto al que hoy existe.

Con mucha razón y lógica exigen mayor transparencia, eliminación de los dobles raseros, desterrar definitivamente el bochornoso derecho al veto que ostentan los poderosos, y de manera significativa, que supere ya el método habitual de concebir a los pobres como  malos, y los ricos como buenos, teniendo en cuenta que los primeros son siempre los juzgados a los que hay que imponerles resoluciones de condena,  a pesar de que los segundos son los opresores habituales de los primeros.

Y me parece bueno añadir la necesidad imperiosa de evadir el lenguaje ampuloso y muchas veces simulador que no descubre en esencia, con nombre y apellidos, dónde está la maldad, la arrogancia y la barbarie, ello sin que, necesariamente, se omita el lenguaje diplomático. Es que en realidad los poderosos económicamente se han convertido en sustitutos de la ONU, o como dijo el canciller de Ecuador Ricardo Patiño, “es apenas una pantalla”.

Cuba es uno de los países que puede hablar con mayor claridad y precisión de tal injusto sistema de naciones. Sufre hace más de medio siglo el más inaudito castigo de Estados Unidos por, simplemente, desear ser independiente del imperio, trabajar por su pueblo marchando con dignidad propia y sin menoscabo a su decoro y principios.

Pero es sometida a un bloqueo criminal que no tiene comparación en el mundo. La razón está muy clara: nos atrevimos a desafiar al monstruo y a demostrar que podemos vivir decorosamente sin maridaje denigrante con ellos; y eso, por supuesto no lo perdonarán jamás; así han sido y son los imperios. ¿Y que ha sucedido en la ONU cuando la voz vibrante de Cuba exige el cese de tal bloqueo?  Nada, o casi nada, sería la respuesta.

Una mayoría de naciones de manera prácticamente absoluta respalda a Cuba en su justo reclamo, la verdad se muestra de manera evidente y clara, se entiende que el bloqueo debe cesar y se exponen argumentos irrebatibles a la luz de la razón,  la ética y la propia Carta de las Naciones. Pero el enemigo, convencido que es el dueño y señor de las naciones, sabe que no será juzgado ni mucho menos condenado, y todo continuará igual hasta la próxima edición.

Un señor de figura repugnante está sentado en el plenario de la ONU, escucha sin escuchar, es como un presente ausente que se siente seguro y desprecia a los que le rodea; es el representante de los Estados Unidos, se llama Ronald D Godard. Entre otras cosas ha dicho: “EE.UU. cree que es hora de que la ONU concentre sus energías en respaldar al pueblo cubano en la búsqueda de decidir libremente su futuro y supere la postura retórica que representa esta resolución” No comprende nada, es que Cuba  no necesita ayuda para decidir libremente su futuro, porque ya lo hizo;  por demás la resolución no asume postura retórica, lo que sí hace es exigir con todo el derecho del mundo que termine tanta arbitrariedad e injusticia. Pero hay más, no se asombre, también ha dicho: “mi país tiene el derecho soberano a decidir qué relaciones económicas quiere…, claro su cinismo es tanto que define el bloqueo a Cuba como relaciones económicas. Verdaderamente no es fácil conocer estas palabras y no dejar de indignarnos.

Este personajillo es un pequeñísimo eslabón en una cadena de infames ambiciones  que data de hace ya muchos años. Por ejemplo, el presidente 28 de los Estados Unidos, Thomas Woodrow Wilson decía que “una nación boicoteada es una nación que está a punto de rendirse, apliquemos este remedio económico, pacífico, silencioso, mortífero y no habrá necesidad de usar la fuerza; es un remedio terrible.”

Y qué decir de lo que afirmó el presidente James Monroe en 1823: “agregar a Cuba era lo que necesitaba los Estados Unidos para que la nación americana alcanzara el mayor grado de interés…siempre la miré como una adquisición interesante para nuestro sistema de Estados Unidos. 

Se equivocan, se equivocó Woodrow y se equivocó Monroe: al primero hay que decirle –lo digo en presente porque aquellas ideas se mantienen vigentes- que no estamos a punto de rendirnos, al contrario nos situamos a la vanguardia de la resistencia y el decoro. En cuanto a Monroe, diré que, en su tiempo, lo que dijo no asombra a ningún cubano ni cubana. Desear a Cuba como otro estado de su  país fue, es y será siempre una idea asombrosamente ignorante, ridícula, y trasnochada, muy propia de la maldad y la codicia desenfrenada, pero honrosamente negada por todos los pueblos que solo aspiran a justicia, paz y respeto a su dignidad.

Así que a los de ayer, aunque ausentes, les pido que se asomen de nuevo al mundo y pidan perdón; a los de hoy, que ostentan las mismas ideas de aquellos, que no insistan en destruir lo indestructible; porque siempre, así lo dice la historia, la maldad ha sido desdeñada, pero la razón enaltecida.

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