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El derecho a la vida de los cubanos

Es 10 de diciembre, hace 65 años, la entonces joven Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante su Resolución 217 A (III), adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, texto verdaderamente esperanzador, justo cuando en el momento de aprobarse la mitad de los actuales Estados miembros de las Naciones Unidas estaban sometidos al dominio colonial o eran simplemente neocolonias.

 

Pero las esperanzas no han logrado aún convertir la letra del texto en realidad, y la humanidad vive hoy peligros tan grandes, que ve amenazada su propia existencia. Guerras, agresiones al medio ambiente, desigualdad, pobreza, han distanciado al mundo de aquel documento.

Sin embargo, en medio de tan desolador destino para esos derechos, un día como hoy Cuba, un pequeño país del Caribe, puede expresar con orgullo que ha construido una obra profundamente humana. Sin embargo, no descansa ni alardea de ello, sino que renueva hoy, y día a día, su compromiso contra toda discriminación en la lucha por un mundo de justicia, libertad e igualdad para todos.

Ese sano orgullo se traduce en que cualquiera de nosotros puede gritar a los cuatro vientos que vive en una nación donde la mortalidad infantil es de 4,6 por cada mil nacidos vivos, la mejor del continente; que tiene una esperanza de vida al nacer a nivel de los países más desarrollados, 76 para los hombres y 80,02 las mujeres.

Son derechos no reclamados, sino alcanzados y defendidos, por nuestro pueblo, el contar hoy con una escolaridad de 10,1 grado, según lo que arrojó el censo del pasado año; o que la fuerza laboral en el país tenga 12,2 grados; más de un millón de universitarios, 28 mil doctores y 143 mil másteres.

Si este pequeño país puede hoy hablar de esos logros sociales es porque su Revolución ha puesto como principal prioridad el bienestar de la población, en un clima de equidad y justicia social.

Ha sido ese ambiente el que le permite enseñar una obra esencialmente humana. Jamás ha habido un solo caso de asesinato, tortura o ejecución extrajudicial; jamás ha habido un "escuadrón de la muerte" ni una "Operación Cóndor". Cuba tiene una ejecutoria meritoria e intachable en la protección del derecho a la vida, el principal de los derechos humanos, incluso mediante cooperación altruista fuera de sus fronteras.

También sabe el mundo que esos derechos de los que hoy podemos disfrutar han tenido que enfrentar una política hostil del más poderoso imperio que haya conocido la humanidad.

El bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, es hoy uno de los ejemplos más nítidos y al propio tiempo de los más crueles, de violación de los derechos humanos en el mundo. Niega la posibilidad de salvar una vida, al impedir la importación de medicamentos para patologías muy específicas, trunca la adquisición de alimentos, pero además, no lo hace de forma bilateral, pretende obligar al mundo a la misma política, pues quien negocie con Cuba es sancionado por la Ley Torricelli o Acta de 1992 y juzgado por la Helms Burton, dos engendros jurídicos que codificaron esa manera de actuar.

La Convención contra el Genocidio de 1948, en su artículo 2, inciso b, tipifica como acto de genocidio "la lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo" y en su inciso c, "el sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial". Cualquier coincidencia con el bloqueo, la Torricelli, o la Helms Burton, no es casualidad.

"El Derecho Internacional no es una promesa vacía (...) Ninguna nación puede tratar de dominar a otra nación", dijo el actual Presidente de los Estados Unidos, en Naciones Unidas en el 2009, cúmplalo y le hará un bien a la humanidad.

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