Julio Lescaille y el disfrute de la creación

1377706797julio Lescaille ObasMe picó la curiosidad al verlo: el piso recién terminado, con las junturas entre los mosaicos plagadas de oxidados y torcidos clavos, como uno de esos maléficos muñecos del vudú, y no pude contenerme para preguntarle la razón.

Solícito me explicó que las losas fueron recuperadas de otra obra . Por eso sus bordes  irregulares  no guardaban el espacio apropiado entre unas y otras,  y así, el piso no quedará nunca perfectamente horizontal.

Antes lo había visto trabajando con una especial luz en la mirada,  disfrutando cada detalle, como si materializara un ideal sólo existente en su mente y viviendo la satisfacción de reproducirlo tal cual en la realidad.

El escultor  Julio Lescaille Obas, a sus 41 años,  es un consumado maestro de obras, de esos que tienen mil trucos bajo la manga para resolver la más inimaginable situación con lo que se tiene en las manos en el momento. Sabe replantear como consumado carpintero al iniciar la construcción, asume toda la albañilería, plomería, redes eléctricas y cuanto haga falta para terminar correctamente cualquier proyecto constructivo en el que se enrola.

Pertenece a esa raza que ama profundamente lo que hace, esa que tiene un gran porcentaje para sentirse un ser realizado y en paz con el mundo.

Verlo trabajar con ese gusto me recuerda que los humanos tenemos  atisbos –por apenas instantes- de poder transitar más allá de la realidad, cuando conocemos el amor pleno y sin fronteras; y   entonces somos capaces de flotar, de visitar mundos paralelos y regresar a éste sonrientes y aptos para acometer los más difíciles empeños.

Quien tiene la suerte de trabajar en algo que de veras disfruta, puede reproducir una y otra vez tales satisfacciones y estados de gracia cada vez que concluye algo bien hecho, en lo que se emplea hasta el límite para que salga lo más perfecto posible.

Eso puede ocurrir en cualquier campo, en la ciencia, el arte, el intelecto, los deportes, el trabajo creativo o los servicios y cuando  encuentras alguien que lo logra, merece la pena conocer su historia de vida, porque la mayoría de las veces se debe a razones obvias y bien sencillas.

La fórmula personal de Julio resulta bien simple y aplicable a todo o a casi todo: deseos, paciencia y persistencia.

Apreciar tales cosas me remite a César López, ese fabuloso saxofonista cubano que al referirse a la complicidad con quien lo escucha cuando improvisa es como llegar a un orgasmo musical o a esos cocineros y cocineras sin pergaminos ni medallas oficiales, ajenos a recetas preconcebidas que a tono con el deseo de halagar a la familia o los amigos, descubren secretos ingredientes que convierten un plato habitual en una delicadeza exótica.

También me lleva a esas modistas que con un trozo de género hacen un chal, que al cuello de una muchacha por la calle resulta una flotante caricia para los ojos o una incitación a la belleza más pura.

Hombre fácil para conversar y sentir la comunicación inmediatamente, nació en Guantánamo, en la famosa Loma del Chivo, cuna del gran changuicero Elio Revé y recuerda que adolescente de 15 años, por necesidad, comenzó como ayudante hidráulico en la Torre de 100 y Aldabó que edificaron unos constructores rusos y sobre la marcha, aprendiendo de los viejos maestros, fue adquiriendo conocimientos y mañas distintas de cada uno.

Un especial afecto le merece el adusto Jorge Benítez, casi octogenario, que lo tomó como ayudante en la construcción del Politécnico de Calabazar, a comienzos de los años 90, y quien para aprovechar la jornada y no dejar de ganar dinero, lo instruía acerca de los secretos de la construcción sólo por media hora durante el almuerzo.  Se integró a la empresa constructora ECOA 24 y en 1994 adquirió la categoría de Albañil A en la edificación del Hotel Neptuno.

Casi siempre solo, le pregunto si prefiere hacerlo así o con ayudantes, y responde que solamente si quienes trabajan con él lo asumen con toda la seriedad, cuidado y tiempo que requiere cada cosa.

Sus sueños, para cuando el físico le impida hacer los esfuerzos que requiere el rudo trabajo de la construcción, son adquirir conocimientos teóricos para convertirse en profesor y poder trasmitir a los jóvenes lo que aprende en el curso de su vida.

Hombre noble y generoso, un típico cubano que disfruta las jaranas y se toma su trabajo como una religión, Julio es de esos seres que inspiran a hacer las cosas bien, por el solo placer de hacerlo y mejorarle la vida a los demás.

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