Día de la Cultura: Sabernos Cuba

El 20 de octubre de 1868 fue martes. Tuve la curiosidad de consultarlo en un viejo compendio de almanaques. Coincidencia del destino que fuese aquel día, nombrado así en la Roma Antigua para venerar su deidad patriarca del pueblo y dios de la primavera; reconocido también como dios de la guerra y representado en la imagen de un hombre joven y fuerte. Un día martes coincidió con el grito de guerra de una nueva nación, de un nuevo pueblo que acababa de emprender su gran contienda por la emancipación.

Hace ciento cuarenta y dos años los vecinos del pueblito de Bayamo, al oriente de la Isla de Cuba, se agruparon frente a la Iglesia Principal para recibir con vítores al patriarca de la nación en cierne junto con sus huestes libertarias. Allí, en medio del fervor patriótico, un humilde abogado transformado en soldado de filas puso al vuelo las notas que desde entonces se cantan a la gloria de la Patria. Diez días antes había acontecido el alumbramiento nacional, y a la sazón la criatura expandía sus pulmones con el himno patrio.

Nacimiento, juventud, vigor, primavera: guerra necesaria para un pueblo cuya vocación ha sido y es la paz. Guerra ineludible, primero, para la consecución de la soberanía; después, para preservarla.

Varios siglos antes de aquel clamor de gesta no existían el himno ni la bandera, como tampoco el escudo ni los sentimientos de nacionalidad. Sólo había una extensión territorial formada por una gran Isla y otras adyacentes, pobladas todas ellas por comunidades aborígenes que más tarde fueron diezmadas y asimiladas por una empresa conquistadora procedente de España, la cual posteriormente trajo del África negra miles de seres en condición de esclavos. Aquellos conglomerados humanos se mezclaron al paso del tiempo, y junto al paisaje subtropical se formó por la fuerza de ideas unificadoras la alquimia de nuestra cubanía. Surgió como la raíz callada desde lo profundo, mientras se definen horizontes en el sordo gemido de la tierra.

A paso firme se echaron los cimientos de este edificio espiritual, territorial y humano que llamamos y amamos con el nombre de Cuba. Obra asentada en la tierra que nos vio nacer y se yergue celosa sobre las amadas reliquias de los predecesores, símbolos eternos del origen y la razón de nuestra identidad nacional.

Sabernos Cuba es lo que más apreciamos; es ante el mundo nuestra credencial como miembros de un conglomerado humano que nos enorgullece. Es caer en la cuenta de ser una síntesis que nos define y reafirma en su universalidad.

Sabernos Cuba implica reconocer, aceptar y amar la individualidad colectiva que nos identifica cuanto pensamos, soñamos, decimos y realizamos cada momento del día. Es nuestra riqueza, lo que más apreciamos. Con esto y por esto nos va la vida.
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