La radio y sus fuentes: de la necesidad al hecho

Todas las radioemisoras del mundo de alguna manera incluyen espacios de contenido; desde las noticias hasta los clásicos programas ilustrativos. Entre las principales inquietudes de los guionistas y realizadores en general, cuenta la de actualizar a sus públicos de acontecimientos, conocimientos y actualidad. Es tarea de quienes escriben para este medio la re-creación de toda esa clase de informaciones, con el propósito de hacerlas radiables – entiéndase “aptas para su emisión a través de la Radio” – de acuerdo con las características del mismo.

Todo eso es legítimo, sin dudas, pero un riesgo que corremos hasta en los espacios musicales consiste en caer en cierta categoría de “plagio”, inconsciente e ingenuo tal vez, que al tiempo de poner en tela de juicio la ética del realizador puede llevarlo a una situación difícil de comprobarse la no autenticidad de lo expresado, incluso su caducidad.

Vayamos a los programas de carácter cultural, histórico o científico. Salvo excepciones, los contenidos de muchos espacios no son, necesariamente, fruto de investigaciones propias. Es lógico que así sea, a excepción de espacios escritos y/o conducidos por especialistas en alguna materia, quienes a su vez se apoyan en otros colegas suyos. Pongo el simple ejemplo de un programa dedicado a comentar sobre Astronomía. Es iluso pensar que para hacerlo el guionista tenga obligatoriamente que agenciarse un telescopio, mirar al cielo, hacer descubrimientos o llegar a conjeturas para luego escribir su guión y darlos a conocer a la radioaudiencia.

Hay quienes arremeten contra algunos realizadores por apoyarse en la Internet para llenar los contenidos de sus espacios. Considero injusta esa embestida cuando hoy por hoy la Internet es fuente primordial de conocimientos, siempre y cuando nos acompañen las herramientas del discernimiento, la investigación y el cotejo de fuentes diversas. Antes, digamos en la década de los 70 y 80 las fuentes principales eran las publicaciones impresas, y a nadie se le ocurrió entonces proscribir ese apoyo.

Hasta ahí todo va bien. El quid de la cuestión consiste en la mala costumbre – no sugiero mala intención – de quienes aprovechando las fuentes, sean cuales fueren, no las citan. Digamos que fue descubierto un nuevo satélite natural en Marte – ejemplo hipotético – y lo dio a conocer una institución de Astrofísica X. Es lícito informarlo, hasta dedicarle un programa más amplio, pero es más que necesario, ¡obligatorio!, citar la fuente de la cual obtuvimos la información. De lo contrario parecería que esa novedad es fruto de investigaciones del realizador o de la entidad para la cual trabaja. ¡Craso error!

Los guionistas, realizadores y los redactores de las salas de prensa tenemos el deber y obligación de citar siempre y ¡siempre!, las fuentes de las cuales nos nutrimos para la confección de programas, boletines y noticieros. ¿Cuántas veces por ese desliz no se les ha quitado crédito a algunas radioemisoras?

Se da el caso de que un día se interrumpirá el abasto de agua en una ciudad. La entidad responsable lo informa verbalmente o por escrito a la Radio, pero a la hora de redactar no se le cita. Si finalmente no se da la interrupción, lo más fácil es que los radioyentes tilden a la radioemisora de imprecisa y poco seria. En este otro aspecto es la emisora en su conjunto la que puede perder credibilidad; por ello toda información proveniente de instituciones y organismos debe de tener como condición “sine qua non” ser enviada por escrito y debidamente firmada para acreditarla a su fuente de origen.

La sutil copia no se circunscribe a espacios especializados, pues en programas musicales se cometen errores parecidos. Digamos que se afirma que la pieza “Aquellos ojos verdes”, su música fue compuesta en Nueva York por Nilo Menéndez, inspirado en la belleza de los ojos de la también cubana Conchita Utrera, y que Adolfo, hermano de Conchita, escribió la letra. De acuerdo, pero… ¿dónde está la fuente original que lo acredita? Ah, entonces fue que lo dijo fulano, el locutor de tal radioemisora. Me da la impresión de verlos con telescopios, microscopios y quién sabe cuántos recursos más, indagando en esas historias. Y está bien que se haga, pero por favor, que se diga la fuente original.

Los dramatizados, por su parte, no escapan a este riesgo, no dado por la ausencia de fuentes a citar – hacen falta - sino por los propios vocablos y contenidos, muchas veces fuera del contexto cultural del supuesto autor original, su fraseología y otros aspectos conceptuales. El idioma castellano tiene sus usos regionales y por ello – si quien adapta no es un “maestro” en su delito – se hace fácil detectar la mancha. Reconozco que detectar copias o más que eso plagios en este género es tarea más que difícil, propia de peritos.

En el caso de los dramatizados figuran también los facilismos en la copia de hechos históricos. Hay espacios de estos dedicados a acontecimientos más que conocidos en que, si no es necesario mencionar al aire la fuente, debiera ser de obligatoriedad anotarla en el guión para que los asesores puedan documentarse y precisar cualquier detalle o, por lo menos, conocer de dónde sale lo que se escribe.

Existen otros programas basados en la vida real que se dramatizan a partir de investigaciones más actuales. En estos casos, aunque el guión sea original, considero obligatorio mencionar las fuentes investigadoras que sirven de base al libreto. Aunque éste sea original – con los toques de ficción que requiere – la labor investigativa de los demás debe ser respetada y dada a conocer públicamente y si lo amerita, que dicha fuente original sea debidamente retribuida.

Conozco el caso en prensa plana de un cronista que escribió acerca de una personalidad de las letras y le atribuye una anécdota, de la cual se enteró el cronista  por un testigo del hecho. No tuvo siquiera la delicadeza de referirse a que… “según tal persona, quien lo conoció, en tal año, ocurrió…”. Nadie más conocía de aquello, salvo el testigo presencial y el cronista a quien se lo dijo mucho tiempo después de acontecido. Lamento que un profesional caiga en tales errores de omisión, quizá solamente por ganar en protagonismo hacia sus lectores o radioescuchas.

No a todo hay que citarle fuente porque de lo contrario la Radio llegaría a ser entonces una aburrida letanía; aunque para hacerlo si se requiere, abundan recursos. No creo tampoco en la necesidad de citar fuentes - ¿¡cuántas hay!? – para decir una vez más que Colón llegó a estas tierras el 12 de octubre de 1492. No se trata de ir desde lo sublime hasta lo ridículo.

Apelo únicamente a dar el crédito merecido y legítimo a las fuentes. Eso es una cuestión de ética, respeto propio y salvaguarda de la credibilidad. La Radio y sus fuentes deben consolidar una relación armónica, siempre sobre la base de su reconocimiento, porque está claro que sin las fuentes, la radio no subsiste, omitirlas significa desacreditar el proceso de creación y ello ningún radialista que se respete lo debe aprobar.

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