Al iniciarse este 13 de septiembre el décimo tercer año del encarcelamiento en Estados Unidos de cinco antiterroristas cubanos, una mirada retrospectiva al desempeño de las grandes corporaciones que controlan la información sugiere la oportunidad de traer al presente viejas interrogantes.
¿Por qué la prensa de Estados Unidos persiste en ocultar uno de los mayores escándalos políticos y judiciales de su historia?
¿Por qué en medio de la “guerra contra el terrorismo”, las transnacionales de la información impiden a la opinión pública internacional conocer la verdad sobre este caso?
¿Por qué a una causa política respaldada por 10 premios Nobel, jefes de gobiernos, parlamentarios, personalidades y colegios de abogados del mundo, no se le dedican titulares en la prensa occidental?
Si en un presunto adormecimiento de nuestras conciencias, aceptáramos las falsas acusaciones de espionaje contra los Cinco, ¿por qué se esconde al pueblo estadounidense la información que, supuestamente, puso en peligro su seguridad nacional?
Para comprender la complejidad de este fenómeno, baste conocer las prioridades temáticas de las grandes corporaciones de la información respecto a Cuba.
A quienes en el mundo se informan a través de esos medios, les es fácil identificar a nuestro país como un sistema totalitario y antidemocrático, violador de los derechos humanos, censor de conciencias y libertades individuales, represor del pensamiento y el accionar disidentes, y hasta patrocinador del terrorismo. Esos son los cánones mediáticos preestablecidos en el debate de la ideología dominante respecto a Cuba, que no admiten la menor desobediencia de la prensa occidental.
Como dijo el académico estadounidense Jeffrey Huling, el resultado de ese producto comunicativo “es un público desinformado con una perspectiva distorsionada”.
Es lógico entonces que dentro de ese mercado global de la información, el caso de los Cinco no tenga espacio. Está prohibido asomar en las páginas de la prensa norteamericana notas que develen la misión antiterrorista que cumplían Gerardo Hernández, Ramón Labañino, René González, Antonio Guerrero y Fernando González en territorio norteamericano; está prohibido divulgar evidencias que impliquen al gobierno de EE.UU. en la promoción del terrorismo contra Cuba y en la protección de conocidos criminales como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles.
La disciplina mediática occidental siempre ha exhibido retraimiento a la hora de tratar asuntos controversiales que pudieran socavar su hegemonía, y de hecho manifiestan una probada incompatibilidad con nuestra realidad nacional.
Silenciar la verdad sobre los Cinco, además de devenir comportamiento político prolongado en los medios de comunicación norteamericanos, se erige en ejercicio estratégico de desinformación y manipulación de alcance global.
Difícilmente la prensa oficial de las llamadas naciones democráticas, aliadas o dependientes de Estados Unidos, se atrevan a producir o reproducir materiales noticiosos que rompan o irrespeten su línea ideológica.
A lo largo de 12 años, solo en Miami se publicó extensamente sobre el juicio. Washington excluyó a la gran prensa de realizar el papel de fiscal auxiliar. Orientó ese rol a El Nuevo Herald, pagó a un grupo de periodistas para adulterar los hechos, satanizar a los inculpados y presionar a los posibles miembros del jurado. Crispó aún más la animosidad contra Cuba en esa localidad y logró su objetivo: condenar y sentenciar a largas penas a los procesados.
Hoy, cuando se agotan las posibilidades de alcanzar la libertad de los Cinco por la vía jurídica, urgen estrategias para unir los esfuerzos que se realizan en el mundo en el terreno comunicacional para socavar —aún desde posiciones asimétricas— la hegemonía de las grandes corporaciones con información veraz y objetiva. Ese camino está por transitar.





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