Elizabeth lo sabe bien y no porque lo dijo Eduardo Galeano: que hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Que, algunos fuegos son bobos y no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
Ella lo presintió aquel día en un parquecito de la Rampa, hace 20 años, cuando le entregó los labios y la vida. Lo descubrió en los ojitos de laura, de Lisbeth, de Ailí, en las fotos que un día debió ocultar y que ahora hablan desde todos los rincones de la casa.
Está segura que esa es la luz que parpadea en las estrellas y que enciende las miradas de los amigos y los extraños cuando repiten libertad, los Cinco, Ramón.
Tuvo esa misma certeza en la Marina Hemingway cuando, él, o Silvio, aún no lo sabe bien, le dijo Amada, y le mostró la hermosura del Dulce abismo. Redescubrió esa lumbre en su puño levantado que semejaba un árbol, o tal vez una paloma, aquel día de diciembre cuando miró las cadenas en sus pies, y vio su espalda, escuchó sus frases cortas y contundentes para presagiar que la sala toda se transformaría en un volcán.
Elizabeth pensó entonces: 360 meses, es una vida también lo que queda. Pero a él se le escapó una mirada que la alcanzó, nadie supo cómo. Era un haz de luz más alto que las columnas de la sala, tan fuerte como la verdad, el amor, la esperanza.
Hay quién piensa que esos ojos dormidos de Elizabeth Palmeiro quedaron así de tantas tristezas y nostalgias, pero se equivocan, es solo la mirada de quien vive en medio del resplandor, es el contagio de las chispas, la enfermedad de un fuego loco que enciende, ilumina, vuela, estremece y canta.





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