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Pasan los días. Parques, jardines y todo tipo de áreas abiertas son ahora campamentos de refugiados para miles de damnificados en esta ciudad de Puerto Príncipe, prácticamente destruida por el sismo de 7,3 grados en la escala Richter, que la asoló el pasado martes.
Todos han perdido hogar y familiares, los hay que han quedado solos, incluso niños sin amparo filial alguno.
Las labores de recogida de desechos sólidos y cadáveres han avanzado, no obstante, un olor nauseabundo reina en el ambiente, sobre todo en la zona céntrica de la urbe, la más golpeada por el fenómeno natural.
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