| Peces en el océano: ¿domicilio desconocido? (I) |
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| Escrito por Orestes González Caballero/ Mar y Pesca | ||||||
| Domingo, 14 de Noviembre de 2010 14:05 | ||||||
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Por qué si estamos rodeados de agua por todas partes no hay más pargos en la pescadería? —me preguntaba un vecino recientemente. La pesca marítima es para los cubanos como el béisbol, del cual sabemos o creemos saber, casi todo. Pero al margen de las preferencias gastronómicas y la mejor o peor información de que dispongamos, nuestra condición de isleños, efectivamente, siempre nos mantiene cerca del océano. Por muchas vueltas que damos, siempre nuestra vista termina en un punto de nuestro litoral. Nos pasamos la vida hablando de él, ya sea por ciclones, penetraciones de mar, por afición deportiva, gustos culinarios, o simplemente por ser el lugar preferido para disfrutar de unas vacaciones. Sin embargo, la historia de la pesca mundial y en particular la de Cuba, a pesar del trabajo de las instituciones vinculadas al tema y de las publicaciones especializadas existentes, no ha llegado —a juzgar por la pregunta de mi respetable vecino y de otras muchas personas que conozco— de manera suficientemente comprensible y masiva al conocimiento del gran público. Probablemente el esfuerzo reciente más logrado en este sentido, es el magnifico libro La pesca marítima en Cuba, del Dr. Julio Baisre, que resulta, por su lenguaje y alcance, una obra de obligatoria consulta para los lectores interesados. Regresando una vez más a los peces marinos, y en aras de intentar una visión abarcadora del tema, la redacción de Mar y Pesca, después de darle muchas vueltas al asunto, decidió una vez más, ir de lo general a lo específico nacional, y comenzar esta aproximación a la pesca de peces en Cuba, por “la historia del tabaco”. De la vela a los superarrastreros En los siglos XVIII y XIX, científicos tan prominentes como el francés Jean B. Lamark (1744-1829) y el inglés Thomas Huxley (1825-1895), dieron por supuesto que las dimensiones de los océanos y la alta fecundidad de las especies marinas explotadas comercialmente hacían que, en las condiciones de aquellos tiempos, el riesgo de extinción de los recursos pesqueros fuera muy bajo. Y no les faltaba razón. Pero ese concepto,—el mar es una fuente inagotable de recursos—, se mantuvo prendido en el subconsciente de los hombres hasta bien avanzado el siglo XX, cuando ya el escenario no era el mismo. Desde luego, Lamark, Huxley y todos los científicos vinculados al mar no podían imaginar que un vertiginoso avance de la ciencia y la técnica haría real el peligro de sobreexplotación de los recursos pesqueros. Una demanda siempre creciente de productos del mar, (la población mundial era de mil millones en 1880 y hoy sobrepasa los seis mil millones), unido a la introducción del hielo y posteriormente a sistemas de congelación para conservar las capturas, motores marinos de mayor potencia, sustitución del carbón por diesel como combustible, artes de pesca más eficientes, sistemas de navegación y localización cada vez más confiables, el progresivo avance en el diseño y la construcción naval, y un marco jurídico internacional inexistente o débilmente implementado, condujeron a que ya en el año 1946 se reconociera por la FAO la creciente presión pesquera sobre los recursos vivos de mar. Por otra parte, contar los peces para conocer las reales reservas de las distintas especies resultaría más difícil que, por ejemplo, conocer las toneladas de papa que producirá una hectárea de tierra o cuántos cerdos tiene una piara en cualquier granja pecuaria. Esos, expuestos también a variables de todo tipo, están ahí a la mano, mientras los peces viven allá abajo, reproduciéndose, trasladándose de un lugar a otro, (en distancia o profundidad), concentrándose, dispersándose, muriendo por causas naturales o por la pesca y expuestos a las condiciones cambiantes del medio, fuera de la vista de todos. Ni siquiera el desarrollo de complejos modelos matemáticos cada vez más elaborados, para evaluar y explotar racionalmente los recursos vivos del océano, ha evitado que el panorama mundial de la pesca marítima sea un enorme rompecabezas en el que siempre falta más de una pieza. Cambios climáticos inimaginables décadas atrás, los efectos de la contaminación o el daño a los fondos marinos por las artes de pesca de arrastre, entre muchos otros factores, hacen que los científicos se devanen los sesos tratando de expresar en ecuaciones matemáticas todas las variables posibles que permitan una aproximación cada vez más confiable al estudio de las reservas pesqueras. No se trata de renunciar a la explotación de esos recursos sino de adoptar, desde una posición que hoy en día se denomina pesca responsable, un enfoque que posibilite la preservación de esa riqueza sin renunciar a sus beneficios. Un detalle importante: la pesca de captura marítima, que clasifica como una actividad económica primaria, sigue siendo en última instancia, como hace siglos, una expedición de caza para el hombre. Sí, están en el mar, ¿pero dónde? Cualquier cubano sabe que la tierra en Jagüey Grande, provincia de Matanzas, es buena para el cultivo de cítricos, o que Pinar del Río es, desde luego, la tierra del tabaco. Es decir, características de clima, relieve del terreno y propiedades del suelo condicionan el paisaje y la producción agrícola. De igual forma, nadie concibe a un oso polar paseándose por las selvas de Guatemala o a un conejo viviendo en la copa de los árboles. Todos los animales también poseen una cierta especialización que los limita a regiones definidas. (El hombre es la única especie que viaja al espacio, desciende a los abismos marinos, coloniza los polos, hace carreras de coches en el desierto y de paso también produce desechos de forma incontrolable, que es necesario reciclar). Por un conjunto de factores, relacionados a la geografía y a la dinámica del océano, muy vinculada esta última a la circulación atmosférica, los peces tampoco se distribuyen uniformemente en el mar, ni por su volumen ni por especies. Existen zonas marítimas donde la productividad biológica y pesquera es muy alta (ver a propósito, en este número, el trabajo titulado La paradoja de los cuatro grandes). En esas regiones, explotadas por grandes flotas de países casi siempre desarrollados, las embarcaciones constituyen verdaderas fábricas flotantes que engullen en sus salas de proceso decenas de miles de toneladas de capturas en pocos días. En otras áreas, sin embargo, esa productividad es muy baja, como en las aguas subtropicales que rodean a Cuba. En nuestro caso la concentración y tipo de peces, característicos de fondos de arrecifes coralinos, deben explotarse utilizando métodos artesanales con una productividad relativa pequeña. Si en nuestra área geográfica (Atlántico centro-occidental) que abarca al Mar Caribe y al Golfo de México, las capturas de los países ribereños según FAO (incluye todas las especies), no han sobrepasado en los últimos 10 años, los 2 millones de toneladas anuales; en el Pacífico sur oriental junto a las costas de Chile y Perú, se mantienen por encima de los 10 millones de toneladas e incluso han llegado a superar los 15 millones por año. Peces de Cuba: "muchos", pero pocos A pesar de que la plataforma insular cubana es la más extensa de las Antillas, por las razones antes apuntadas la producción pesquera de sus aguas nunca ha superado en los últimos 40 años, las 78 000 toneladas anuales. De ellas, las capturas de peces han representado desde una tercera parte hasta la mitad de ese volumen, aunque la gran variedad de especies resulta casi abrumadora. La actividad de pesca sobre una especie responde en el tiempo a ciertas regularidades, que recuerdan en muchos aspectos a un ciclo de vida. Una primera etapa de subexplotación, en la cual la pesca del recurso está por debajo de sus potencialidades; una segunda de desarrollo, donde el incremento del esfuerzo pesquero (más barcos, más días de pesca, más o mejores artes de pesca, etc) tiene una respuesta equivalente en el aumento de las capturas, y una tercera en la cual estas se estabilizan a un cierto nivel y corresponden a la etapa denominada de administración. En correspondencia con lo anterior, a partir de 1959 el total de capturas de peces en aguas cubanas (9 890 toneladas para ese año), experimentó crecimientos sostenidos, alcanzando su máximos en 1987 (26 340 toneladas) para después estabilizarse cerca de las 20 000 toneladas. (Ver gráfico). La pesca de peces en Cuba responde a lo que se conoce como pesquería multiespecie. Si en la costa sur occidental de África, por ejemplo, un por ciento mayoritario de las capturas de grandes barcos arrastreros corresponden a una o dos especies, en nuestras aguas, las capturas denominadas “de escama” (no incluyen al bonito y otros pequeños atunes, que se registran en estadísticas independientes), agrupan a más de 16, clasificadas en siete grandes grupos atendiendo a su valor comercial. Esas especies son: cherna, cubera/caballerote, pargo, sierra/serrucho, biajaiba, lisa, rabirrubia, tiburón, bajonao, liseta, gallego, patao, sardina, ronco, clarín y machuelo. Todas pueden capturarse a lo largo del año, y su aporte individual al volumen total de peces capturados es muy variable. Algunas, como el pargo, la biajaiba y el caballerote, son objeto de pesquerías especializadas al crear grandes concentraciones en determinadas épocas del año, lo que en Cuba identificamos como “corrida”. Aunque la descripción de la pesquería de estas especies puede ocupar cientos de cuartillas, Mar y Pesca regresará sobre el tema en nuestro próximo número, esta vez, acompañando en sus embarcaciones a los pescadores de “escama”, que a lo largo y ancho de nuestra plataforma marítima van de sol a sol en busca de los peces.
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