
Fase recuperativa incluye lucha antivectorial en Haití
En un reciente trabajo hablamos de Antoine Charlotte. Recuerdo que lo vi allí en el Campamento de la Brigada Médica Cubana, en la edificación denominada el Anexo, por ser aledaña al Hospital Militar. Sus nerviosos movimientos continuos en aquel escenario me llevaron a preguntarle acerca de lo que necesitaba.
Me explicó que conocía a los médicos cubanos, que los visitaba con frecuencia, pues tenía muy buenas relaciones con todos ellos, pero que en esta ocasión iba en busca de su ayuda. Supo que se encontraba en Haití un grupo de cubanos especializados en la lucha antivectorial y que ya habían comenzado el combate preventivo contra los diversos vectores que podrían causar epidemias en la población haitiana.
Durante tres días –apuntó- había venido a encontrarse con sus hermanos cubanos para solicitarles este servicio en un punto cercano al lugar donde vivía antes del terremoto. Seiscientas personas permanecían en el parque Jeremy, lugar de concentración escogido por los que en los alrededores habían perdido sus viviendas como consecuencia del sismo del pasado 12 de enero.
Nos dijo que había peligro de epidemias porque pululaban las moscas, los mosquitos, las cucarachas y los roedores.
Partimos con él hacia el Parque Jeremy. Sus “residentes” nos recibieron con inmensa alegría cuando nos vieron llegar acompañados de los colaboradores cubanos que llevaban a cabo la lucha antivectorial.
Todos nos querían saludar y agradecer nuestra presencia. Nos dijeron que nadie se había ocupado de apoyarlos en ese sentido desde el 12 de enero: los cubanos –subrayaron- han sido los primeros y únicos que acudieron a su llamado.
También recordaron que cuando vivían en sus casas tampoco hubo una atención de ese tipo. Realmente supimos después que existen equipos de fumigación en el país y que alguna vez se usaron para combatir solamente la malaria.
De regreso al Anexo, la felicidad afloraba en el rostro de Antoine Charlotte. Había logrado su objetivo. ”Una vez más mis hermanos cubanos ayudaron a su pueblo, le habían demostrado nuevamente que la solidaridad de Cuba no eran meramente palabras, se ratificaba en los hechos”.
A todos Antoine saludaba efusivamente. Finalmente me dio un inmerecido abrazo. Me dijo que lo había ayudado en esta tarea. En realidad, en mi modesto conocimiento del idioma francés, intercedí en su ayuda.
Por supuesto lo entrevisté para que se conociera la historia.
Conversamos entonces en forma relajada. Me explicó que es ingeniero electromecánico y que trabajaba para el gobierno haitiano con los sistemas de agua potable, tan necesarios en esta nación caribeña.
Es padre de seis hijos, 4 varones y 2 hembras, los que había puesto a buen recaudo fuera de la ciudad junto con su madre. Quedó solo allí para ayudar a los demás, a sus vecinos.
Pensé que podría ser algún dirigente social o político y me rectificó que no es ni lo uno ni lo otro. Su interés –afirmó- es solo ayudar a su pueblo en estos difíciles momentos y sin titubear subrayó que lo haría mientras fuera necesario. Nos recordó que Cuba ha hecho y hace mucho por los suyos y que él no podría hacer menos.
Estoy acostumbrado a verse crecer a mis compatriotas cubanos, como en esta ocasión en Haití, que han dejado plasmadas para la historia páginas gloriosas de solidaridad internacionalista desde los primeros años del triunfo de la Revolución.
Hoy me quito el sombrero ante la imagen de este hombre fatigado y satisfecho al mismo tiempo. Su actitud me demuestra que no hemos equivocado el camino, empezamos a recoger los frutos de lo que sembramos sin pedir nada a cambio.
La solidaridad –sin lugar a dudas- hace crecer al ser humano.




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