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Descubriendo Haití
Escrito por Isidro Fardales, enviado especial de la radio cubana   
Jueves, 04 de Marzo de 2010 13:12

Adentrarse entre  la población de Puerto Príncipe es todo un reto. Uno de los lugares más frecuentados son aquellos que están cercanos al puerto, donde todo se vende y todo se compra.

El bullicio es sorprendente, pero más todavía es la cantidad de personas que caminan de arriba a abajo  en busca de algo que necesita o que se le antoja y otras que permanecen ahí haciendo su negocio, vendiendo cualquier cosa que uno pueda o no imaginar, desde lencería fina hasta piezas usadas de carros.

Uno de esos lugares es el mercado Hipólito. Ni me pregunten porque se llama así, nadie me supo responder. Debajo de esos grandes galpones, agrupados los mostradores uno al lado del otro, con estrechos pasillos apenas para pasar, la oferta y demanda es la principal fórmula: por lo regular las propuestas de precios están siempre por encima del verdadero valor de las cosas, el sentido es promover la discusión entre el vendedor y el cliente.

Mis ancestros europeos me hacen ver como un extranjero que debe tener mucho dinero, nada más lejos de la realidad. Sin embargo,  no hay que engañarse, quien está acostumbrado a estas lides tiene vista de águila y pronto aparecen las primeras palabras en español para facilitar la comunicación.

Una pieza vale un precio y tres o seis o doce, al por mayor, es otro, con algo de rebaja. Cuando se hacen las cuentas, los resultados parecen siempre favorecer al vendedor. Hay que ser persistente o rechazar la mercancía. Lo más probable es que el comprador salga con la pieza bajo el brazo para beneficio del nativo, que a todas luces no le gusta perder.

Lo que más se disfruta es el sui generis intercambio entre dos haitianas, que suele ir subiendo de tono y todo pareciera que va a desembocar en una riña. De  esa falsa impresión nos reponemos rápidamente porque finalmente todo se concreta en una transacción satisfactoria.

Pero el mercado sobrepasa esos locales y se extiende a las calles en derredor y detrás. Es la competencia, con mercadería limitada porque hay que transportarla en la mañana y llevarse de regreso la que no se vende para probar suerte al siguiente día.

A estas filas de mostradores improvisados, en la calle, se les llama el hueco. Allí en medio del aparente desorden, las propuestas se hacen en alta voz con las ofertas  de precio. Se escucha entonces repetidamente un número y la palabra goud, en creole, o gourde, en francés. Es la moneda nacional tras la independencia de Haití, donde tuvo su primer uso en 1813.

Goud surge de la traducción de la palabra española gordo, en su sinónimo de grasa, y se refiere más bien a su peso. Fue utilizada en las colonias francesas del Caribe en los siglos 18 y 19.

Y ya que estamos en este tema, hay otra singularidad de la moneda haitiana y es que cuando uno va a comprar algo por lo regular le dan el precio en  dólares. Sorpresa nuevamente, ya que se trata del dólar haitiano que en realidad no existe, no hay una moneda o billete de banco que tenga esa nominación.

Todo precio en dólar haitiano hay que multiplicarlo por cinco  y nos da los goud o gourdes que hay que pagar. Por ejemplo: cinco dólares haitianos es igual a 25 goud. Por cierto,  siempre lo ponen en singular en el papel moneda aunque sea de un valor de MIL, es decir MIL goud o gourdes.

Esto tiene su historia. En 1912 fue abandonada la convertibilidad con el franco francés y se estableció con el dólar de Estados Unidos, precisamente a 5 goud o gourdes por uno. Esto fue hasta 1989 en que quedó flotante el cambio con la moneda estadounidense; no obstante, la expresión se mantuvo hasta hoy y de ahí que 5 goud o gourdes es igual a un dólar haitiano, que no existe físicamente. Curioso, no?

 

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