Celia Sánchez ManduleyCelia Sánchez ManduleyFue nuestro José Martí quien escribiera “no se siente completo el ánimo sin algo que respetar y venerar”. Y  quizá aquella profunda reflexión del Maestro  me llevó de la mano  un día cualquiera, en la década de los años 90 del siglo anterior, a llegar a los sitios venerables de la familia de Celia Sánchez Manduley buscando la especial vida de esta mujer que fascinó durante varias décadas al pueblo de Cuba de manera que, para muchas personas se transformó en madre, en protección amplia y profunda, en ese personaje de leyenda que nos vino desde los tiempo difíciles de la lucha clandestina contra el dictador Batista pasando por los largos meses de lucha en la Sierra Maestra donde su imagen se nos hizo leyenda entre las manos.



Celia, verdad establecida, era representación de Cuba y de la  más invariable fidelidad a nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro.

Celia para mí fue una de esas personas necesarias que hacen dar saltos a la Historia misma en busca de nuevos cauces. Tal vez por ello también, en esa década final del siglo veinte,  me propuse realizar una investigación que me diera a la Celia niña, a la Celia joven , a la Celia desconocida, la pusiera entre mis manos, me dejara sentir su mirada profunda, su voz, su calidez, su sentido de la lealtad a la Revolución, su deseo entrañable de rescatar el mínimo papel que fuera historia del proceso revolucionario, la foto, tal vez vencida por el paso del tiempo, alguna que otra grabación indispensable para que la Historia misma no se mixtificara innecesariamente, grabaciones  que recogieran en la voz de los  hacedores del proceso revolucionario los momentos y las precesiones que décadas después han venido llenando las páginas de nuestra historia más reciente.

Tras casi seis años de investigaciones sobre la vida de Celia Sánchez Manduley y entrevistas a las hermanas, hermanos, primos y primas hermanas y a un buen número de personas que conocieron  muy de cerca de las heroína, pude escribir, como soplo de buen tiempo, el libro que titulé Una muchacha llamada Celia y que las Editoriales Pueblo y Educación y Pablo de la Torriente tuvieron a bien, unificando esfuerzos en pleno Periodo Especial pusieron a disposición del lector cubano, hasta donde pudo y alcanzó la tirada, lo que para mí fue una novela testimonial.

Años después llevé mi libro a la Radio, en mi propia versión, en una producción de 23 capítulos que asumió la productora de dramatizados Radio Arte. La experiencia se repitió más tarde en un reprís que transmitió en su tira histórica la Emisora Radio Progreso y que llevó la historia a todos los rincones de Cuba.
Nunca quise escribir un texto frío, ni para la literatura ni para su versión radial. Por ello y por otras razones más trascendentales, todo lo comencé cuando Manuel Sánchez Silveira  llevó a conocer, al amor de su vida, Acacia (futura madre de Celia), la casa que acababa de comprar, cerca del río Vicana, en Media Luna.  Por lo tanto enfoque la atención sobre aquel 1913 cuando ambos se casaron en Manzanillo dando pie al inicio de mi testimonio donde la casa es también un personaje inevitable en la memoria.

Me resultaron unos años de plena dicha esta investigación histórica donde  la familia que sobrevivió a Celia me entregó, más allá de la generosidad, cuánta información pudiera ser útil. Sentía una responsabilidad tremenda  en cada acto por parte de esta familia cubanísima donde el desprendimiento superaba cualquier expectativa y me dejaba sin aliento.

Siempre supe que podría escribir mi libro sobre Celia con una especial y dedicada inspiración, cuando,  en la primera oportunidad en que quedé citado con todas las hermanas de la heroína, en la casa de Griselda, en Nuevo Vedado, de pronto, y con gran naturalidad, me senté en un  sillón tejido, junto a una mesita, ante las miradas  muy curiosas de todos los presentes.

Fue cuando les dije:

-¿Hice o dije algo indebido?.

Todos sonrieron en la complicidad y fue Griselda Sánchez Manduley la que dijo.

-En vida Celia cuando venía a esta casa siempre se sentada ahí y luego de su muerte se ha quedado la tradición de que ese lugar es su rinconcito donde pasaba horas trabajando y nadie se volvió a sentar en ese  breve sofá…ahora usted  llega la primera noche y ahí mismo se sienta como si nada….pero no se levante, Roberto….eso quiere decir que Celia lo estaba esperando para que le contemos nuestra propia historia.

Y ese fue mi sofá  en aquellas noches donde mi pequeña grabadora dejaba memoria de lo que no se debía perder. Aquí no me da tiempo contar la emociones que sentía sentado en aquel mueble que ella había hecho museable. A 90 años del nacimiento de Celia Sánchez, ella sigue siendo para mí la eterna muchacha de la Revolución cubana.

Fueron largos meses de trabajo intensivo tras concluir la investigación. A manera de novela testimonial me convertí en un niño que jugaba  con Celia y sus hermanos, que montábamos bicicleta, que nos escapábamos al río cercano para darnos baños increíbles de retozos inolvidables, que nos lanzábamos en los caballos por los sitios cercanos, que hacíamos maldades de todo tipo escandalizando a los mayores.

Por último, vi Crecer  a Celia, enamorarse como adolescente apasionada, la vi sufrir cuando murió ese amor grande de su vida, la vi crecer entre inquietudes revolucionarias, sentí el profundo amor que sintió en especial por su padre, su guía, el dolor de la muerte temprana de la madre, y claro, le vi jugar y conversar con su amiga imaginaria, escuchar su voz suave y un poco detenida en el tiempo…todo lo vi, todo lo imaginé, todo lo interioricé.
Tras su penosa muerte Celia se hizo aún más profunda para todos….su familia, desgarrada, me contó muchas anécdotas que no anoté en el libro. Tal vez para que en un próximo encuentro con ella retome lo que está pendiente.

Las nuevas generaciones de cubanas y cubanos la van a necesitar y como yo buscar un sitio en el breve sofá del trabajo. En tiempos difíciles Celia nos atrapa con la intensidad de su pensamiento, nos define la vida lejos de la publicidad y las declaraciones que nada resuelven, nos entrega la imagen que sólo el trabajo responsable, diario, abnegado, teniendo a la Revolución como meta final, es la que nos conducirá por el sendero  que nos entregue el Socialismo nuestro y definitivo.

A 90 años de su llegada al mundo, Celia Sánchez Manduley, la mujer que amaba las flores silvestres, que las tocaba, las registraba, recuerdo que en una de las entrevistas, Manuel Enrique me confesó:

A Celia le gustaba leer, y tal vez le ayudara mucho leer algunas obras sobre el yoga; y hay una obra que habla sobre la fuerza de la mente  humana, y lo que puede lograrse con esa  fuerza, y que a ella le encantaba. Y yo creo que ese campo de lectura le ayudó mucho para su sacrificio, para sus decisiones en la vida.

Y más adelante el propio Manuel Enrique me confesó:

Ya al final de su vida Celia estaba en una lucha enorme contra el tiempo, de hacer cosas que ella quería, pero veía que no le iba a dar tiempo para hacerlas, y en esa lucha estaba cuando hubo que ingresarla poco antes de morir. Incluso en pasiones la ví con un frasco de suero que lo ponía en una paleta que se mandó a hacer, y así poder seguir trabajando. Pienso que con la muerte de Celia Fidel tuvo que haber sufrido  mucho.

El tiempo se nos va en torbellino pero las cosas esenciales no se deben olvidar y mucho menos dejar de valorarlas con el aprecio de los tiempos que corran.

Celia está, porque la vemos, la sentimos, está más allá de una estatua, de una flor silvestre. Ella es perfume de los tiempos actuales y venideros. Así, pues, la
recordamos cada día.

Entre nosotros estás y en esta evocación donde he recordado de pronto el libro que te escribí y la versión radial que  te llevó a los hogares cubanos donde habitas permanentemente  te pido disculpas por el sofá. Por el atrevimiento que al fin y al cabo me permitió las páginas de Una muchacha llamada Celia: Literatura y Radio hasta siempre en la memoria.

 

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