Cuanta razón tuvo el maestro Harold Gramatges para incluir a Ignacio Villa, Bola de Nieve, entre los “colosos de nuestro canto”, junto a Sindo Garay, Ignacio Piñeiro, María Teresa Vera y Rita Montaner. Para Gramatges, Premio Iberoamericano de Música Tomás Luis de Victoria, en aquél, “poesía y música fluyen entrelazadas de su voz, su piano, su gesto”.
La villa de Guanabacoa, generosa y grave, como la llamara Nicolás Guillén, se siente orgullosa de que allí hubiesen nacido figuras emblemáticas de la cultura cubana, de gran prestigio nacional e internacional como fueron Rita Montaner, Ernesto Lecuona y Bola de Nieve. Juntos pasearon la música cubana por varios continentes. Juntos alcanzaron la admiración y el aplauso de los públicos más exigentes ante los cuales actuaron.
La forja de la personalidad artística de Bola de Nieve ―llamado así desde niño en el Colegio donde estudiaba― comenzó prácticamente desde su niñez, cuyas inquietudes musicales lo conducen a cursar estudios de solfeo y teoría a la edad de 12 años, recibiendo después clases de piano en el conservatorio de José Mateu, en su querida Guanabacoa.
Si algo estuvo muy presente en Bola de Nieve, desde su adolescencia, fue su avidez de conocimientos, de sus condiciones como ser humano, cualidades que siempre lo acompañaron. De ahí que con 16 años ingresó en la Escuela Nacional para Maestros ―donde alcanzó una cultura integral―, con los ojos puestos en la carrera de Pedagogía de la Universidad de La Habana, la que no pudo alcanzar por razones ajenas a su voluntad. Es de colegir que la frustración que Villa sintió al no poderse graduar de doctor en Pedagogía o en Filosofía y Letras, lo inclinó definitivamente a la música.
Su apego a su familia, sobre todo hacia sus padres y hermanos, desarrolló en Villa los más puros sentimientos de respeto y amor, decisivos en su formación como artista. Desde muy corta edad hizo los trabajos más disímiles para ayudar al sustento familiar. Llegaría a la fama, a la admiración de públicos de numerosos países y siempre conservaría su humildad.
Ese fue el gran Bola de Nieve, quien a partir de los inicios de la década 1930-1940, comenzaría una carrera indetenible y de grandes vuelos como pianista acompañante de su coterránea y ya prestigiosa cantante, Rita Montaner, “la Única”, a quien corresponde el mérito de descubrir a Villa como excelente pianista. Llegaron a ser, sin lugar a dudas, un binomio de perfecto acoplamiento.
La confianza que Rita siempre depositó en Villa como persona, por su admirable técnica pianística, fue tan sincera como ilimitada. Cuando decidió llevar a aquél, en 1933, a México ―donde primero trabajó―, de seguro ninguno de los dos pensaron en los grandes éxitos que este último alcanzaría. Reconocería después Villa, que el día de su debut Rita lo presentó con el nombre de Bola de Nieve. A partir de entonces, así se le conocería, artísticamente, en todos los países que visitó, tanto de América Latina, Estados Unidos de Norteamérica, Europa y Asia.
Como expresara Alejo Carpentier, Bola de Nieve tuvo el talento necesario para ponerse de acuerdo con todos los públicos del mundo, lo cual demuestra que su arte, nutrido de esencias cubanas, de sensibilidades nuestras, es de los que pasan garbosamente, por encima de las fronteras haciéndose inteligible a todos.
Nuestro Poeta Nacional Nicolás Guillén nunca olvidó que en la primera vez que Bola de Nieve actuó como solista, fue en México, con su voz ronca y a la vez melodiosa, lo primero que interpretó fue su poema musicalizado “Vito Manué, tú no sabe inglé”.
Las relaciones que sostuvo Villa con artistas mexicanos ya consagrados como María Greever, Agustín Lara, Pedro Vargas y otros, perdurarían en el tiempo, hasta su fallecimiento.
De nuevo en su patria en 1935, y con un contrato exclusivo para actuar con el maestro Ernesto Lecuona, resultó un privilegio ver y escuchar la actuación de ambos, a dos pianos en el teatro Principal de la Comedia, cuando ejecutaron, de la autoría del primero las obras El cabildo de María la O y Como arrullo de palmas…
Esta relación artística, de gran respeto mutuo, y de la cual Villa obtuvo su incorporación a la “Compañía Ernesto Lecuona” ―en la que se encontraba esa dama de la cancionística cubana que es Esther Borja―, resultaría de mucha importancia para él. Formando parte de esa entidad artística viajó a Perú, y a la Argentina en 1936, nación en la cual actuó, lo cual repitió en los años 1937, 1941, 1943.
Su arte atrajo la atención de tan famosa cantante como lo fue la española Conchita Piquer. De esa manera formó parte de la compañía que llevaba dicho nombre presentándose en los principales escenarios de España, y como resultado, un apoteósico triunfo.
Otras dos giras serían inolvidables para Ignacio, la de Estados Unidos y la de Francia, ambas con la compañía “Ernesto Lecuona”, en 1948. En esa nueva gira coincidiría con la argentina Libertad Lamarque y el norteamericano Paul Robenson, afamado cantante bajo. En la prensa de entonces se recogen distintas valoraciones sobre Bola de Nieve, pero la más significativa fue la del periódico New York Times, que calificó al cubano como una verdadera revelación. Otros lo compararon con Nat King Cole y Maurice Chevalier.
Personalmente, Paul Robenson ―de quien se recuerda su magnífica interpretación de Old Man River―, le expresó a Ignacio Villa: “Ningún cantante me había conmovido tanto como usted, Bola de Nieve, esta noche”. Y es que Bola de Nieve tenía una voz inconfundible, una voz que lo identificaba y no se igualaba a ningún otro cantante.
En Francia, los amantes del buen gusto musical disfrutaron del magnífico arte de Villa. Los más distinguidos cabarets se disputaron su presencia en las veces que visitó la Ciudad Luz, entre 1951 y 1958. Al valorar el arte musical del cubano, la famosa cantante Edith Piaf fue precisa al declarar: “Nadie canta La vie en rose como él”.
En las veces que regresaba a Cuba no perdía tiempo en entrar en contacto con su público, con sus amigos, apareciendo en cabarets como Tropicana y Montmatre, pero también en la televisión, en la CMQ Radio, con su programa, el Gran show de Bola de Nieve. Años atrás había realizado un programa nocturno en la emisora Mil Diez, la cual pertenecía al Partido Socialista Popular.
Sus entradas y salidas de Cuba eran el reflejo de la gran demanda que tenía su arte en el exterior. Países como Dinamarca y España, al igual que ciudades como Roma, Niza, Venecia y Milán, fueron escenarios y públicos conquistados por Bola de Nieve.
Sin lugar a dudas, México se hubo de convertir en una segunda patria para Bola, en la cual sumó amistades a las ya mencionadas. Agustín Lara, Silvia Pinal, Vicente Garrido, Lucía Reyes, José Sabre Marroquín y otros, nutrieron la lista que ya poseía Villa. Allí, en México, grabaría su primer disco, en 1953, bajo el sello de RCA Víctor Mexicana.
Tenía un respeto absoluto en lo que respecta a la creación musical. Jamás, como decía, actuaba sin haber ensayado y estudiado previamente. Cuando se le mencionaba la palabra compositor, no tenía reparos en contestar que era demasiada seria y demasiado respetable. A su vasta cultura sumó sus estudios de los idiomas inglés y francés. No sería ilógico pensar en la necesidad de estudiar, con mayor profundidad, el ámbito musical de Ignacio Villa. Sorprendente fue la expresión de Carpentier, cuando dijo: “… me consta, por experiencia propia, que Bola de Nieve puede entregarse a la lectura de una partitura de Alban Berg con la más pasmosa facilidad”.
Se refería el autor de El siglo de las luces, El reino de este mundo, El recurso del método y otras tantas, a Alban Berg, compositor austriaco (1885-1935), quien llegó a ser un notable compositor, calificándose su obra como la expresión más elevada de la forma musical, de gran importancia para el desenvolvimiento de la música contemporánea.
Quizás por ello no fue un compositor prolijo, pero las que compuso fueron tan bellas como eternas. Qué decir de Si me pudieras querer, No dejes que te olvide, Tú me has de querer y Ay, Amor. Sí, porque en él se conjugaba de manera armónica, el pianista, el creador y el cantante. En sus canciones siempre predominó el buen gusto de sus textos.
Faceta poco conocida de Villa fue su inclinación, en un momento de su vida, de insistir en querer llevar al teatro una obra en la que él asumiera el papel protagónico.
En el libro Encuentros, del destacado dramaturgo cubano Humberto Arenal se hace referencia al encuentro que este sostuvo con Villa durante un concierto en el Carnegie Hall, Nueva York, en 1956-1957. En esa oportunidad, sólo hablaron de música. Años después, se rencontraron en Cuba y fue cuando Bola de Nieve manifestó su interés en adaptar al teatro el libro El negro que tenía el alma blanca, que contaba con tres versiones cinematográficas, en 1927, 1934 y 1951, deseando él desempeñar el papel protagónico. Actuaciones en otros países por parte de Villa y su muerte en 1971, hicieron imposible avanzar o concretar la aspiración de Villa.
En sus valoraciones sobre Villa, Arenal refiere que “cuando cantaba, interpretaba la música con tanta expresividad y creencia que prácticamente estaba actuando”, para concluir que “él tenía la calidad de un Maurice Chevalier, de un Ives Montand, de Frank Sinatra; por solo citar algunos buenos cantantes que lograron ser también buenos actores”.
La década de 1960 a 1970 fue de mucha actividad musical para Ignacio Villa. Sus valores artísticos y humanos fueron reconocidos a partir del triunfo de la Revolución cubana, la misma que lo motivó a declarar; “Soy fidelista. Creo en Fidel”. Su arte como pianista-cantante fue seleccionado para representar a Cuba en varios países socialistas de Europa, la Unión Soviética ―donde actuó en la prestigiosa sala Chaikovski―, y la República Popular China.
Poseedor de cualidades impresionantes para comunicarse con públicos con distintos idiomas, toda presentación culminaba con aplausos después de prestarle la atención debida. De una manera u otra, a todos llevaba el mensaje cultural de la mayor de las Antillas, con un criollismo inimitable.
Después de 1965 su presencia en Cuba muestra más permanencia. Excepto dos salidas por contrato, a México y otra, cuando integró la delegación artística cubana a la Expo 67, en Montreal, Canadá, se concretó a realizar giras nacionales y presentaciones como fue el Encuentro Rubén Darío, convocado por la Casa de las Américas.
A sugerencia suya el restaurante Monseigneur, ubicado en el Vedado, en la capital del país, pasó a llamarse Chez Bola ―algo así como que le recordara su actuación en el Chez Florence, de París, en 1951― . Allí deleitó a los asistentes con su arte; tocaba el piano, hacía anécdotas y conversaba con el público.
Su última presentación con público aconteció en el teatro Amadeo Roldán. No podía faltar a esa cita, lo hizo con la mayor satisfacción ya que se trataba de un homenaje a Rita Montaner, a quien quería como una hermana. Era el 20 de agosto de 1971.
Ante una invitación de su entrañable amiga Esther Borja se le vio cantar, tocando el piano, en el programa Álbum de Cuba. No se vería más en la televisión cubana a ese artista consagrado de tez negra y de sonrisa perpetua.
Partió a cumplir con una invitación a Perú, que le hacía Chabuca Granda, magistral intérprete de La Flor de la Canela, así como otros amigos. Hizo una estancia corta en Ciudad México, donde las complicaciones de su salud, producidas por la diabetes y el asma, lamentablemente, le causarían la muerte el 2 de octubre de 1971.
A su estilo único, con su voz ronca y su peculiar timbre vocal, el cual fue perfeccionando con los años, sumaba su carisma personal. En cada canción que interpretaba brotaba su cubanía, una razón propia de hacer, salpicado ello por lo general por la picardía o el humorismo.
El destacado etnólogo y poeta Miguel Barnet ha señalado que el misterio del arte de Bola de Nieve reside en que cada canción que él escogía estaba relacionada con un capítulo de su vida, con una vivencia sublime y desgarradora. Nadie como él para expresar el sentimiento amoroso en la canción.
En varias ocasiones reiteró conceptos artísticos que lo acompañaron durante su vida artística, como fueron: “la música y yo somos uno”, y “yo soy la canción que canto”. Con este título se realizó en Cuba un documental con el guión y dirección de Mayra Vilasís, voz de Nicolás Guillén y la participación de la soprano Alina Sánchez y el pianista Guillermo Tuzzio.
Valores le sobraban, valores encontró en cantores jóvenes que surgían en Cuba. Sobre Silvio Rodríguez expresó: “es un poeta, un compositor capaz de hacer poesía con las cosas menos poéticas, sin abandonar la época en que está viviendo”.
Contradictorio puede ser para quienes no lo conocieron o escucharon en vida, sin poseer una voz sobresaliente, que llegará a las cumbres de la interpretación musical en Cuba y sobre todo en el exterior. A ello se debe sumar su lealtad indestructible a su patria y su distanciamiento del facilismo y la comercialización.
Lo cierto es que con la voz y la gracia que tenía, con una ética inimaginable, con su buen vestir en cualquier escenario, con total decencia, nadie ha podido interpretar, como él, las canciones de su repertorio. Así fueron: Vete de mí, de los Hermanos Expósito; No puedo ser feliz, de Adolfo Guzmán; Se equivocó la paloma, de Alberti-Guastavino; La Flor de la canela, de Chabuca Granda; Drume Negrita y Ay, mamá Inés, de Eliseo Grenet; El Manisero, de Moisés Simons; Mesié Julián, escrita para Villa por Armando Oréfiche; Babalú, de Margarita Lecuona y Mamá Perfecta, anónimo del siglo XIX, y quizás la canción que más llamó la atención a Ignacio Villa, a una edad temprana. ¡Qué decir de Drume negrita, una verdadera canción de cuna.
Sería Nicolás Guillén quien mantuvo una larga y afectuosa amistad con Villa, quien dijo las palabras de despedida del duelo ante su tumba el 5 de octubre de 1971.
Nuestro Poeta Nacional expresó: “Para mí personalmente, la extinción de Bola de Nieve ha sido una catástrofe sentimental, tan ligado a su presencia y a su arte como me hallé siempre durante más de cuarenta años.
“Estoy seguro de que la sacudida no ha sido menor para el pueblo en cuyo seno vivió y ha muerto. Triunfador será como siempre le veremos. Bola con su piano, Bola con su fe en las grandes noches de mundana etiqueta. Bola con su sonrisa y su canción”.
En la realidad de los hechos, Ignacio Villa, Bola de Nieve, nacido el 11 de septiembre de 1911, fue un cubano universal, un enlace entre Cuba y otros pueblos del mundo, uno de los más genuinos músicos que ha dado Cuba, quien supo sintetizar en el piano elementos musicales que procedían del folclore negro cubano, de tonadas latinoamericanas e inclusive europeas.





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