El 26 de septiembre, Harold Gramatges hubiera cumplido 93 años de vida. El falleció a los 90, el 16 de diciembre de 2008. La figura de Harold es una referencia obligada cuando se habla de la música en Cuba. Su obra como compositor es del más alto rango en nuestro país y también de lo más relevante internacionalmente en el siglo XX.
Alumno en Cuba de Amadeo Roldán, cercano también a Alejandro García Caturla, alumno del catalán vuelto cubano José Ardévol y discípulo, además, del norteamericano Aaron Copland, Harold se convirtió en el compositor más relevante de su generación, de aquellos que bajo la guía de Ardévol formaron el grupo Renovación Musical. Harold Gramatges recibió, entre otros importantes premios, la más alta distinción que otorga el Gobierno de España para los compositores iberoamericanos, el “Tomas Luis de Victoria”. Por cierto que el efectivo de decenas de miles de euros que este premio comporta, Harold lo dedicó por entero a la total reconstrucción del edificio que ocupa la Asociación de Músicos dentro del recinto original de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba en nuestra capital, en 17 y H, en el Vedado, organización de la que fue uno de sus fundadores. En este uso del dinero de un premio importante para fines sociales, Harold tenía el antecedente de su amigo y compañero Alejo Carpentier quien, cuando recibió la más alta distinción literaria de España, el premio Cervantes, donó todo el dinero del premio a su Partido, el Partido Comunista de Cuba.
Además de compositor, a Harold hay que considerarlo como un educador en las disciplinas musicales. Desde joven realizó esta labor en el Conservatorio Municipal de La Habana, que hoy lleva el nombre de Amadeo Roldán, hasta el Instituto Superior de Arte. Muchos de sus alumnos son hoy figuras relevantes con reconocimiento internacional. Pero Harold fue, además, un extraordinario promotor de la cultura, con una concepción integradora de las artes. Él fue fundador y Presidente de la sociedad cultural Nuestro Tiempo que, bajo la orientación del Partido Socialista Popular, a través de las figuras de Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez y Mirta Aguirre, se convirtió en el centro de avanzada de nuestra cultura nacional, agrupando, con gran sentido unitario, a las figuras más relevantes de la música, la danza, el teatro, el cine y la literatura. En su obra de difusión cultural hubo espacio para las tendencias más disímiles y las militancias más diversas, desde el poeta comunista Nicolás Guillén, hasta el poeta y sacerdote católico Ángel Gaztelu, participante del grupo literario que bajo la guía de José Lezama Lima se expresaba por medio de la revista Orígenes.
Debe decirse que la estructura organizativa de la sociedad Nuestro Tiempo, en la que cabían todas las artes y la literatura, sirvió, después del triunfo revolucionario, de experiencia y base para la estructura de la UNEAC, en lugar de hacer asociaciones independientes dispersas según las especialidades. Este criterio integrador del trabajo cultural demostró su justeza en los cincuenta anos de existencia que está celebrando en estos momentos nuestra Unión, permitiendo una visión holistica, para decirlo con palabra de moda en el lenguaje de la UNESCO, de la actividad de los escritores y artistas cubanos.
Hombre de militancia política definida, por la que sufrió detenciones y exilio, Harold fue un intelectual en el sentido más completo de la palabra. Además de la música se interesaba por el resto de las manifestaciones artísticas, por la historia, por la filosofía. Pertenece a una gloriosa generación de intelectuales de izquierda, de intelectuales revolucionarios cubanos, que estaban a la vanguardia, tanto en política, como en arte. Eran los herederos, en ese sentido, del ejemplo más alto de intelectual revolucionario cubano de todos los tiempos, José Martí.
Oriundo de Santiago de Cuba, nacido en el seno de una familia burguesa que vivía en el barrio más exclusivo de esa ciudad. Hijo de un arquitecto famoso y nieto de un General del Ejército Mambí, devenido gran terrateniente y político destacado en los primeros años de la república neocolonial, Harold fue capaz salir de sus orígenes para vincularse al torrente del pueblo trabajador y servirlo con todos los medios a su disposición. Le hacía honor a los atributos del signo zodiacal de su nacimiento, Libra, en el sentido de anteponer la justicia y el necesario equilibrio a sus acciones. Hombre asequible y cordial, era el prototipo del ser humano fraternal, ese que el cristianismo original propone como paradigma, de los que, como Martí, tenían como dos palabras clave agradecimiento y amor, para andar la ruta inesperada del misterio de la vida. Por cierto que, en estas características que los diferentes horóscopos existentes en el mundo atribuyen a los nacidos en sus signos, traigo a colación el chino, que no considera los nacimientos por meses, sino por años lunares. Según este horóscopo, Harold habría nacido en el año del mono, en el año lunar comprendido entre el 3 de febrero de 1908 y el 22 de enero de 1909. Y el atributo sobresaliente de este signo es su brillantez intelectual. Tales son los casos de los pintores Gauguin y Modigliani, del músico Herbert von Karajan, de los escritores Charles Dickens, Lord Byron y Simone de Beauvoir, sin olvidar al emperador romano Julio César.
Harold Gramtages fue un forjador cultural y un contribuyente a lo mejor de lo cubano, a eso que Martí insistía en que era más que blanco, que mulato o que negro, a ese mestizaje que somos, forjado en la lucha común por un espacio propio en este mundo, sin renunciar a nuestras herencias hispánicas, africanas, americanas caribeñas y asiáticas, cocinadas a fuego lento y fuego alto para producir ese ajiaco que somos, como nos definió don Fernando Ortiz, esa mezcla de cosas diversas que juntas formaron algo nuevo, con sabor propio, con conciencia de sí y para sí.
En estas breves palabras de recordatorio de Harold quiero incluir también a Manila Hartman, su esposa y compañera excepcional. Tuve la suerte de conocerlos en los primeros meses de 1959 y tratarlos de cerca, coincidiendo a veces en tareas comunes en el campo de la cultura. Ambos son para mi, recuerdos de lo que vale la delicadeza que brota de una visión amigable del mundo y del ser humano, de los principios por los que vale la pena vivir.
Mucho tenemos que agradecer los cubanos a un destacado diplomático y escritor nuestro la larga entrevista que le hizo a Harold Gramatges cerca del nonagésimo aniversario de su nacimiento. Con esa conversación, y en respuesta a las preguntas que Heriberto Feraudy Espino le hacía, en confidencial mayéutica, en el ambiente cordial y más intimo del hogar de Harold, se ha salvado una cantidad de información histórica que, de no ser por ello, se mantendría dispersa en los sobrevivientes de aquellas incidencias o se hubieran perdido en el silencio del olvido. Pero información fundamental aparte, esta entrevista está cargada de conceptos, criterios y enseñanzas que son de máxima actualidad e interés. Pienso que este libro, que lleva como título una frase del propio Harold contenida en una de las respuestas a Feraudy, “Yo vi la música”, debería ser libro de lectura ineludible para profesores y estudiantes de las escuelas de arte, para artistas y escritores, para trabajadores de la educación y la cultura, para todo aquel que sienta el orgullo de haber nacido y vivir en esta tierra, que da hijos como los que previó nuestro Apóstol: “Las Antillas, que dan hijos brillantes, serán tierras gloriosas. Ya las veremos resplandecer como las griegas” (1)
Nota:
(1) José Martí, Obras Completas, Tomo 13, página 272, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.





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