Cuba es una de las grandes fuentes del canto lírico. En nuestra radio y televisión se transmiten programas especializados del género. En el caso de la radio contamos con una CMBF Radio Musical Nacional, emisora que por excelencia difunde lo más relevante de la música sinfónica y el bel canto universal de todos los tiempos. En la televisión los programas “Bravo” y “De la gran escena”, entre otros, muestran la importancia que se le da en Cuba a la difusión de lo más refinado en el arte musical.
A propósito, esta vez quisiera referirme al término y así contribuir al esclarecimiento, para algunos, del concepto de canto lírico. Como escribí al principio, Cuba ha sido y es una gran fuente del canto lírico, tanto por los intérpretes que han cultivado expresiones foráneas y así también porque el país exhibe con orgullo ante el mundo música lírica autóctona, con motivos plenamente cubanos y de gran exquisitez y virtud.
El canto lírico cubano, como todo lo que define a nuestra cultura, es fruto de una síntesis, del mestizaje. En cada pieza de nuestros grandes autores aparece el sello que reafirma nuestras raíces europeas, africanas y asiáticas, pues del Lejano Oriente también nos llegaron elementos constitutivos de nuestra identidad.
En su génesis, el canto lírico fue un fenómeno europeo. Lo de lírico se remonta a la Grecia Antigua, refiriéndose al instrumento de cuerdas con el que se hacían acompañar quienes “cantaban” las poesías de entonces en los certámenes. Por eso el apellido de lírico nos fue prestado por los griegos del periodo clásico.
Hay estudiosos que coinciden en que el origen del canto lírico se remite a las formas primarias del lenguaje, donde alzar la voz, prolongar los sonidos y hasta el intento de imitar el canto de las aves, fueron remotas pretensiones para hacer más accesible la comunicación humana. Varios afirman que el canto precedió al lenguaje, pero se puede inferir también que en todo caso fue una primera manifestación del lenguaje mismo.
Somos herederos de los antiguos trovadores italianos con sus romanzas que fueron génesis de las actuales serenatas. Allá en Italia nació la ópera, que luego se extendió a toda Europa, incluyendo a España, donde después se abrió paso el género chico conocido como zarzuela, más tarde naturalizado en Cuba y otros países latinoamericanos, cada uno con su peculiaridad.
Podemos resumir que el canto lírico, en sentido general, se remite a la ópera y la zarzuela; allí se esconden sus raíces, aunque como estilo de la cancionística no pertenece, necesariamente, a ambas.
Hubo un momento en que el canto lírico adoptó de los mencionados géneros teatrales parte de su estilística, y se desligó por completo de ellos.
No obstante en él, sin constituir un acto dramático en sí, posee una connotación como tal.
Originalmente se canta en público, sea en un teatro, salón o sala. La canción lírica es un género hecho para el escenario, aunque se puede disfrutar como mera audición mediante grabaciones; es capaz de colmar escenarios y no requiere de micrófonos, pues uno de sus encantos consiste en que el intérprete hace gala de su amplia tesitura vocal y excepcional timbre, al tiempo que su modulación es más ligera, menos ceñida a ciertos cánones. El cantante lírico, generalmente, no se hace acompañar por grandes orquestas, tal vez cuerdas, preferentemente de la familia del violín, o simplemente un piano, que es su acompañamiento por excelencia; todo lo contrario del cantante operístico que sí es acompañado por la orquesta sinfónica y está obligado a subir los tonos, gesticular y ofrecer expresiones faciales acordes con la atmósfera.
El cantante lírico se vale de sus altas resonancias sacadas de entre el pecho y la espalda procurando altura, pero en todo momento se hace entender por quienes le escuchan. En ocasiones, cuando un supuesto cantante lírico se ocupa más de “demostrar” sus cualidades vocales, pierde la comunicación con el público, apenas se le entiende lo que dice su canto. Esto sería una aberración de lo que es el canto lírico propiamente dicho; es, en realidad un intento operático dentro de la lírica, lo cual desvirtúa su esencial mensaje.
La riqueza del canto lírico cubano nos remite a compositores como Moisés Simons, Ernestina y Ernesto Lecuona, Jaime Prats, Félix B. Caignet, Rodrigo Prats y Gonzalo Roig, entre otros. Llama la atención que los tres grandes autores cubanos de zarzuelas: Ernesto Lecuona, Rodrigo Prats y Gonzalo Roig le hayan dedicado parte considerable, o casi todo, su repertorio al canto lírico; realidad que justifica la afirmación de la paternidad de la zarzuela, hija de la ópera, en cuanto a la modalidad de la cancionística cubana que me ocupa.
En cuanto a intérpretes, la lista es considerable y con temor a omisiones menciono los nombres de Iris Burguet, Ana Menéndez, María de los Ángeles Santana, Esther Borja, Rita Montaner, Alba Marina y Zoila Gálvez entre las intérpretes, junto a voces masculinas como Humberto Diez, José Le Matt, Ramón Calzadilla, Manolo Álvarez Mera, Armando Pico, Raúl Camay y José Antonio Perera.
Hoy se suman las voces de Bárbara Llanes, Sheila Rizo, Eglise Gutiérrez, Milagros de los Ángeles Soto, Elizabeth Caballero, y Alioska Jiménez, Ramón Centeno, Alfredo Más y Marcos Lima, varios ya sobresalientes en el plano internacional.
Motivaciones muchas para distinguir la cubanía del canto lírico, su riqueza expresiva acoplada con la herencia africana y su evidente contenido poético. Razones suficientes para mantener y aumentar su difusión.





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