Cuando musicólogos, poetas, músicos y en general estudiosos de la cultura cubana nos reunimos para dialogar sobre Nicolás Guillén y la música, o más exactamente sobre sus poemas llevados a “La más bella forma de lo bello”, como dijo José Martí, un nombre que viene a cuento es el del santiaguero Walfrido Guevara que el próximo 9 de diciembre cumplirá nada menos que 88 años y desde hace varias décadas ha puesto su guitarra a convivir con la lira.
Walfrido ha trabajado con más de sesenta poemas de Nicolás desde los reunidos en aquel primer libro tardíamente publicado, Cerebro y corazón, hasta los de su última etapa, pero el público sólo conoce la docena que figura en el LD titulado La vida empieza a correr que, bajo la dirección de Enrique Jorrín y Joaquín Mendivel se grabó en los ochenta.
El resto o no ha salido del ámbito familiar o únicamente lo conocen un grupo de amigos que asistieron a las tardes de poesía de la UNEAC de los sesenta y los ochenta, a las noches dedicadas a la poesía de Guillén llevada a la música, organizada por Alberto Muguercia, en la Biblioteca Nacional, como una velada que bien recuerdo justamente el 1 de julio de 1974 – porque por entonces me desempeñaba como director de la Biblioteca – y en el museo de la Música , y en otros escenarios, hace ya más de un cuarto de siglo.
No por simple azar llegó Guevara a la música, su tío Juan Maximiliano Guevara (Prigo) formó parte de los Matamoros y su padre se destacó como segundo en las tertulias santiagueras. Hoy se conocen más de 500 obras de ese autor y un centenar de ellas figuran en discos comerciales y han sido difundidas en México, Argentina y Perú y otros países de América Latina y en Francia y España, pero sus inicios no fueron nada fáciles.
Su amistad con Santiago y Radamés Sánchez, hijos del pionero Pepe Sánchez, y con numerosos aspirantes a reinar sobre los escenarios constituyeron su primera escuela artística. Las tertulias, las serenatas, las fiestas fueron propiciando las interpretaciones y también las primeras composiciones. Con el tiempo Walfrido se destacaría como guarachero con piezas como Que no se quede nadie sin bailar, Cinturita, En la noche buena. Él confiesa que el primer impulso le vino de Micaela, la mamá del bongosero Salvador Blez, aún así cuando lo invitaron a cantar ante un micrófono en una peña cercana a la cervecería Hatuey, no se atrevió.
El susto le duró poco, pues pronto probó suerte en la emisora CMKC, desde su otro oficio, el de tabaquero, en efecto, lo aceptaron no por su talento sino por sus tabacos, que un ávido locutor-productor solicitaba.
Desandando el tiempo confiesa que siendo muy joven se atrevió a ponerle música a un soneto. Pero no eran endecasílabos amorosos o patrióticos, sino un reclamo de los cigarros Edén que un poeta de escasa hacienda, como suele ocurrir con los poetas, había escrito para ganarse unos pesos. Walfrido se atrevió y recibió el premio de cien pesos que bien valían entonces. Mas, todo en la vida se acaba, como dice la canción y cuando se dispuso a conquistar La Habana, armado de un traje que su padre le había regalado y su guitarra, se encontró sin dinero.
En Holguín un amable policía lo llevó a él y a sus compañeros a una fonda muy barata y como no tenía otra opción los alojó... en una celda, hasta que al día siguiente tomaron el tren y siguieron con peripecias, propias de una picaresca.
Los episodios tragi-cómicos de nuestros músicos, y aventuras, anécdotas, un río de carcajadas y muchas notas amargas, de modo que no caeremos en la tentación del cuento de nunca acabar. Únicamente señalar que el exitoso guarachero también compuso sones, bambucos, boleros, canciones y hasta 22 habaneras.
Helio Orovio incluyó tres de sus boleros en la selección de 340 de oro en nuestra ínsula fundadora, pero Walfrido no trabajó con poetas establecidos hasta la década del sesenta en que se produjo su lectura de la poesía de Nicolás. No esta lectura que un artista hace para solaz y esparcimiento, como se decía en mi niñez, sino buscando materia prima para su faena.
Walfrido no sólo es el compositor que más temas de Guillén ha llevado a canciones, boleros, sones, bambucos y guarachas sino el que más taller ha realizado con nuestro poeta. Cada composición ha estado antecedida de un diálogo con Nicolás encaminado a desentrañar el origen del poema. Desde luego esto no garantiza el éxito de la trama musical, mas ayuda.
No es casual que los primeros poemas de Nicolás hayan sido al principio el centro de su atención. El lirismo musical persigue al verso lírico en piezas como No quiero la gloria, Antiguos versos para un lirio, Violeta, Dolorosa, Muero de ausencia y una elegía temprana, Rosas de elegía, bien distinta de las poderosas, sociales, de admirable combinaciones métricas de su madurez. Lo sorprendente es que el poema A una mariposa haya motivado a Guevara no un talento bolero sino una guaracha.
Asistí al estreno de estas composiciones y también al bambuco La vida empieza acorrer que le da título al LD ya mencionado, sin dudas la más conocida de cuantas el músico santiaguero forjó siguiéndole el paso al poeta nacional. Pero ¿cuántas esperan aún por ser difundidas?
Sólo la quinta parte de la cosecha de Walfrido en los campos guilleneanos ha merecido la relativa posteridad de un disco el resto espera en cintas y cassettes por una grabación profesional, por el papel pautado en su mayoría para que pueda estar en disposición de los musicólogos, y en definitiva el público de hoy y de mañana Y en razón del centenario de Nicolás la fundación que lleva su nombre, la UNEAC y el Ministerio de Cultura deben unir sus esfuerzos para que ocurra lo que con otros trovadores que han dejado como semillas por nacer buena parte de su trabajo en la memoria mortal de sus amigos.
De aquel soneto concebido para la propaganda, Guevara pasó a otro del joven Guillén: Nácar, aparecido originalmente en la revista que el dirigió en Camagüey, Lis,en 1923 y en una antología de poesía cubana en Barcelona.
También en el LD, como la anterior, figura Risa amarga, publicado en Lis en 1923 y cuya segunda estrofa debió tentar al músico por su sentido romántico
Sentí en mi boca el roce de otra boca,
Oí un rumor extraño junto a mí,
Abrí los ojos, la encontré llorando...
¡y retorné a vivir!
No tan solo se advierte una sostenida musicalidad en los primeros textos del joven bardo camagüeyano sino que la música le brinda títulos y temas como El piano, (donde no podían faltar Liszt y Shubert) Alma- música, en cuya segunda estrofa figuran estos versos confesionales .
Tengo el alma hecha de ritmo y armonía,
todo en mi ser es música y es canto.
Y Solo de flauta, cuya estructura recuerda al siempre musical (y musicólogo) colombiano León de Greiff.
Yo soy cual la flauta que rima con ritmo sonoro
su fino y sonoro quebranto:
si canto parece que lloro,
si lloro, parece que canto.
Por parte no perdamos de vista que uno de sus últimos libros se titula Música de cámara. Nicolás que no fue cantante ni sabía bailar, que se subía al techo de la casa cuando veía llegar en su niñez al profesor de violín, es sin dudas el bardo insular más vinculado a la música.
Volvamos a Walfrido. En su LD la bella voz de Ida la Guardia nos regala Si a mí me hubieran dicho. Este es un canto de madurez de Nicolás. Se publicó primero en Madrid y enseguida en la Habana en 1971. De la misma estirpe es Tercera canción, un soneto limpio y melancólico.
Cuando no tenía, te tenia,
cuando quise tenerte, te perdí.
También de su última etapa es otra composición exitosa: A veces que es todo un manjar para los trovadores. Asistidos de los clásicos, fiel en el espíritu a un romanticismo depurado como el de Bécquer ( el único de los románticos españoles que prefirió la síntesis al desbordamiento) y sin estériles preocupaciones de escuelas, sin la obligación de inaugurar una etapa de la poesía finisecular, Guillén nos sitúa desde el principio en el corazón del canto de amor de cualquier época.
A veces tengo ganas de ser cursi
Para decir: la mano a usted con locura.
Ida musita, dice, canta esta queja de amor en un aire antiguo, del ya lejano primer tercio del siglo XX, y por eso mismo, actual. Así pues, celebramos la posteridad de toda esa cosecha de Walfrido Guevara, el modesto trovador santiaguero que bien supo explorar la mina literaria de su amigo Nicolás.



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