Se dice Cuba y es como plantar en sólo una palabra un racimo de voces femeninas: isla, palma, montaña, bandera, estrella, Sierra, patria, Revolución. Porque a lo largo de esta historia, en la verdad y la leyenda, andado siempre uncido al brazo del varón un brazo de mujer. Un día se llamó Canducha, o Amalia, o Mariana, o Leonor, para llamarse luego Celia, o Haydee, o Vilma, o Melba.
O como tú misma, que desde el anonimato cotidiano, desde la innombrable grandeza de cada día, desde tu limpio nombre de cubana eres fruto y espejo de aquellas que antes fueron como eres, de las que han sido como las que serán mañana, y que llamamos de este modo como a una pasión irrenunciable: compañera.
Se dice Cuba y es nombrar a la trabajadora que reparte salud en el paraje extraño adonde la convocan la enfermedad y la pobreza ajenas, y a la que conduce a los hijos de todos en el conocimiento del aula y en el saber del corazón.
Se dice Cuba y se piensa en la compañera que guarda la frontera, en la que custodia la montaña y el puesto de trabajo, en la que descifra los misterios del átomo y la célula, en la que produce y cosecha el pan de cada día, en la que crea la belleza para el deleite que nos hará mejores, en la que gana una medalla para compartir la gloria con nosotros.
Se dice Cuba y se ha dicho la madre y la esposa del héroe prisionero en cárcel enemiga, y del que anda lejano en la misión del amor y la esperanza.
Se dice Cuba y eres tú, para siempre, nuestra hermana y amiga, nuestra constante compañera.




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