Un liderazgo de justicia y de fe, hay que sostenerlo con una obra irrebatible y con la propia existencia.
Guiar la antorcha en una marcha reivindicatoria, asaltar cuarteles, abrir la mar con la proa a las batallas, y ganar un país con las armas que el enemigo NO tuvo valor para retener.
Devolver la tierra a quien le ha dado título el trabajo, repartir enseñanza y empleo y sanidad a los menesterosos, igualar los panes y los peces cotidianos, dar luz y camino al minusválido, distribuir las esperanzas más allá de las costas.
Emerger ileso del atentado de alimañas, enfrentar sabiamente a los halcones de la creciente hostilidad, y afirmarse durante décadas de mandato inteligente abriendo camino a la voluntad de las multitudes.
Un liderazgo sólo se sostiene cuando lo respaldan la justicia y la fe y la obra entre todos repartida.




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