A veces intento imaginar la mañana del próximo 7 de octubre en que René González vea por primera vez el sol sin el estorbo de unos barrotes oxidados, y pienso: Tras trece años de injusto encierro, ¿qué pasará por su mente?
Probablemente no sentirá odio hacia aquellos que robaron su libertad, sino pena. Pena porque nunca serán libres hasta tanto no amen y funden. Pena porque jamás sentirán el cariño y el sufrimiento de un pueblo que se inmola por sus hijos. Y la soledad los envolverá aún cuando tengan miles de personas a su lado.
Quizás, esa mañana, no olvide el primer abrazo de sus familiares tras tantos años de separación. Imagino que será tan inmortal como el nacimiento de sus hijas, el primer beso de su esposa o la primera palmada de su madre, alguna vez para requerirle como a todo muchacho. Pero de lo que sí estoy segura es de que sonreirá a la vida, porque solo los hombres inteligentes lo hacen.
Porque hay gente que nace para ser puente y erguirse sobre todos los abismos; para salvar distancias, aún cuando sea desde otra orilla.




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