
Spathoglottis orquídea en Memoria de Celia Sánchez Manduley
En ella podíamos encontrar la combinación perfecta entre belleza y trasparencia, intranquilidad y pasión, sensibilidad e intrepidez. No es una leyenda, aunque su vida tuvo mucho de realismo y de magia. Es más que mujer y revolucionaria. Es una flor, de esas que perduran, aún cuando acaba la primavera.
Sé de personas a las que se le humedecen los ojos, solo de pensar en ella y de otras, que desde su natal Medial Luna, recuerdan el arrojo de la niña del campo y amante de la historia – como su papá-. Luego a la jovencita amable y hermosa hasta convertirse en "Aly" o "Norma" la ferviente mambisa.
Cada enero se proyecta su imagen sobre los campos cubanos. La Sierra Maestra respira su aliento en cada mariposa y arroyo; en cada rocío y pájaro que canta. Decir que Celia vive, no es una ironía. ¡Hay personas que son capaces de burlar la muerte!
De niña a mujer
Dicen que su primera y gran travesura pudo haberla llevado a la muerte: a los cuatro años se tragó, “jugando”, un bulbito de penicilina. Suerte que su padre, médico de extraordinaria sapiencia, actuó con serenidad ante el insólito acontecimiento y, suministrándole un fármaco, la hizo vomitar el recipiente íntegro.

Celia Sánchez Manduley la flor autóctona de la Sierra y la Revolución cubana
Así fue Celia de niña: atrevida, traviesa, dinámica, ocurrente. Dice Osviel Castro Medel, periodista del Juventud Rebelde, que “singulares resultaban sus bromas, como la de cerrar a menudo la llave de paso para dejar enjabonado a quien se estuviera bañando, o esconderle los zapatos a un familiar visitante y después no recordar el lugar donde los había ocultado”.
Adolfo Figueredo, quien junto a ella creó la primera célula del Movimiento 26 de Julio, decía que “Celia salía a repartir juguetes por todo el pueblo. Se pasaba un año ahorrando, haciendo alcancías para cuando llegara el 6 de enero. Ese amor por los niños le viene desde antes de subir a la Sierra”.
Una vez en la Sierra Maestra, no dejó esa naturalidad y gentileza intrínseca a su personalidad. Allí se consagró a la revolución, capaz de “disfrazarse de embarazada” me comentó Olga Viltres, a cuya casa iba vestida en busca de medicamentos para los rebeldes, - ni de arrastrarse entre las espinas de un tupido marabuzal para burlar una persecución feroz.
Por eso hoy el pueblo cubano recuerda a la mujer entrañable y amorosa, y la bautizó como Flor Autóctona de la Revolución y Madre adoptiva de los cubanos.
Dicen que ni aún la enfermedad opacó su sonrisa y espíritu trabajador. Así era Celia Sánchez Manduley, capaz de proyectar su imagen sobre la mismísima sombra.




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