Ballet de Camagüey: 45 años danzando con su público

lago-cisnes-ballet-camaguey“La danza es un poema donde cada movimiento es una palabra”, sentenció una vez la bailarina holandesa Mata Hari, a quien muchos recuerdan por la perfección de su técnica y el magnífico vaivén de su figura en escena. Y es que ciertamente el ballet, en sus más variadas formas, constituye una especie de diálogo, de comunicación, entre el cuerpo y el alma de quien lo baila, y los ojos siempre atentos de quienes lo sienten.

Fueron nuestros más antiguos predecesores los primeros en descubrir la magia de la danza. Entonces, era un rito religioso; pero su belleza la llevó a convertirse en una de las siete artes del mundo, y con el decurso del tiempo su práctica profesional se masificó.

Así, llegó a tener Cuba en 1948 su primera compañía de ballet, la Alicia Alonso, convertida luego del Triunfo de la Revolución en el Ballet Nacional de Cuba, una de las cinco compañías internacionales de danza clásica más reconocidas.

Pero los sucesos del 1ro. de enero de 1959 en el país, significaron algo más que la victoria de unos rebeldes barbudos, “desadaptados” a las políticas imperialistas. A partir de aquel momento, también fue una prioridad del gobierno revolucionario fomentar el desarrollo de la cultura nacional. Se abrieron entonces escuelas de formación artística, se construyeron nuevos teatros... también con el propósito de educar a la población en las bellas artes.

En tierras agramontinas vio la luz la Escuela Provincial de Ballet, que tuvo su génesis en la Academia Vicentina de la Torre, una institución en la que su directora acogía no solo a quienes podían costearse los estudios, sino a todo aquel con condiciones para la danza. Como dijera más tarde el profesor Roberto Menéndez: eso era hacer auténtico arte.

A Vicentina también debemos la primera compañía estable de ballet clásico fuera de predios capitalinos: el Ballet de Camagüey, el que se lanzó a fundar más por sus deseos de hacer que porque existieran las condiciones reales para ello. De hecho, no fueron pocos los escépticos que la instaron a abandonar esa “absurda idea”; pero ella persistió.

Felizmente, la noche del 2 de diciembre de 1967 el Teatro Principal de la ciudad se colmó de gente, mucha, inexperta en la danza clásica. No obstante, según cuenta la historia, fue aquella una jornada espectacular, en la que los clásicos Las sílfides, el Pas de trois de El lago de los cisnes y La fille mal gardée, dejó a todos boquiabiertos. 

Pero ese sería solo el comienzo de esta ya casi cincuentenaria agrupación, actualmente, la segunda más importante de su tipo en el país, y cuyo arte “ha subido” a no pocos escenarios internacionales. Claro, el camino no ha estado desprovisto de piedras; más bien han sido bastante los obstáculos que han debido sortear, desde la difícil relación inicial con un público inexperto, hasta el fuerte éxodo de bailarines a principios de los años 90 y la desaparición del festival que cada diciembre convertía a la ciudad en una plaza pública de la danza nacional y mundial.

De cualquier manera, el Ballet de Camagüey, de cumpleaños este 1ro. de diciembre, tiene garantizado su éxito, porque ya hace bastante tiempo que logró convertirse en un ícono de la cultura camagüeyana y cubana, y sobre todo, porque emociona, sobresalta, inquieta, moviliza a quienes aman la danza desde una luneta.

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