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Aramis… de esos hombres que no por callados son silencio PDF Imprimir E-mail
Escrito por Sonia Castillo Cabreja y Lázaro Najarro Pujol   
Domingo, 27 de Noviembre de 2011 00:00
Aramís (DER) junto a su esposa, la periodista Maria Irene Maxam, comparten con el actor Aramís Delgado en una de sus visitas a la provincia de Camagüey. (Foto de archivo)

Aramís (DER) junto a su esposa, la periodista Maria Irene Maxam, comparten con el actor Aramís Delgado en una de sus visitas a la provincia de Camagüey. (Foto de archivo)

Una cerrada ovación rompió el silencio sobrecogedor del cementerio de la ciudad de Camagüey. Eran pasadas las nueve de la mañana del domingo 27 de noviembre de 2011. Fue el hasta siempre de familiares, colegas y amigos a Aramis, por el privilegio de haberlo tenido entre nosotros. Malcom, en su voz, resumía el sentir de todos los presentes, visiblemente consternados.

El periodista de Radio Cadena Agramonte, dedicado al acontecer en la educación; el comunicador social; el cariñosisimo papá de Arisbel y Aramisito; el amigo; el hombre modesto y humilde, había sido arrancado de la vida, a causa de la incapacidad pulmonar que le deparara su obstinado hábito de fumar, sin previo aviso, sin la anuencia de quienes lo admiramos como profesional y lo quisimos como ser humano.

Era de esos hombres que no por callados son silencio, y es que nunca faltaron sus ideas en el diálogo cotidiano entre colegas y, mucho menos, la jarana conciliadora, el buen humor y el optimismo imprescindible en tiempos de refundación.

Cual leal mosquetero, Aramis llevaba en sí la capacidad de unir que tienen los hombres sinceros, amables y perseverantes. Como el más raigal de los Leo, había nacido un 13 de agosto de 1954, bajo la misma estrella de Fidel.

Aunque estudió Periodismo en la Universidad de Oriente y lo ejerció durante más de 20 años, ni su pecho ni sus manos inertes mostraron los lauros merecidos mientras vivió, acaso porque no los procuró; acaso porque para ser, no los necesitó. El recinto funerario que lo acogió, sin embargo, vistió profusamente de flores, y muchas lágrimas le tributaron la distinción del cariño.

Honrar, honra. Y en la hora del descanso eterno, un cubano bueno, un hombre entero –como lo calificó el joven colega Alejandro Rodríguez, del semanario Adelante- merecía la cobija tricolor y la guardia respetuosa de quienes compartimos su misma trinchera. Si tanto no fuera bastante, se puede expresar que Aramis hizo galas del apotegma martiano de que el deber se ha de cumplir de manera natural y sencilla.

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