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Jesús Orta Ruíz, ¿El último abrazo? (I) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Roberto Rodríguez Menéndez, especialista en medios audiovisuales   
Viernes, 22 de Enero de 2010 08:17
Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí

Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí

Entonces escribí: Hoy es 30 de diciembre de 2005 y estás detenido en el tiempo, o mejor, en el tiempo del otro tiempo. La sutil, tal vez la taimada, deslizó su lazo sobre ti en un impulso que dejó vacío el sitio de tu existencia terrena. Se trata de una verdad imposible.

Pero de otra verdad, la que tú y yo conversamos tantas veces en ese silencio de tu biblioteca, o de la sala de tu casa, punto y partida de los pasos bondadosos de Eloina acercándonos su breve sonrisa para iluminar  nuestros descansos en el combate de las palabras, de los recuerdos, de las mínimas emociones que compartíamos. Siempre encendí mí grabadora con la certeza que estabas dejando  memoria definitiva en los casetes que se acumularon para bien de todos. Me acuerdo de tus espacios de silencio que también se grabaron para demostrar que  lo que no se dice tiene la solidez de lo que se pensó y se dirá en otro momento, incluso, después de la muerte.

De esos silencios ahora mismo me nutro, los descifro, vuelvo a escuchar tu voz que iba y venía, la cabeza erguida o la mirada buscando en lo alto lo que podías ver. ¿Y qué veías, poeta, sino la infancia, el amor, el hijo escondido en el corazón, los mágicos versos de la décima descendiendo uno tras otro, perfectos, a veces difíciles, el alma misma tan cubanísima y profunda? De eso me acuerdo cuando estás esperando el viaje ¿definitivo?, cuando tantas flores que te rodean me harían irrespirable el aire.  Me quedo al borde del camino para verte pasar. Sabes bien de qué camino te hablo. Sentirme oculto ante el miedo de la despedida. No desconoces de qué miedo te hablo. Dejamos que otros cumplan su destino contigo, mientras  Yolanda y yo ejecutamos nuestras pequeñas maniobras, a nuestra manera, para burlar  las circunstancias de estas horas y nos permita el recuerdo más cercano: fue hace unos días. Llegamos junto a ti entre los aplausos que coronaban tu entrada al salón. 
El Jurado de Poesía de Los Juegos Florales Canarios que tú presidías ibas a entregar premios esa tarde. Tal vez tú encuentro final como jurado junto  a dos poetas de excepcional espiritualidad lírica: Yolanda Ulloa y Félix Contreras. Fue el momento inicial: 
¿Cómo estás, Naborí? Un silencio caótico selló nuestro abrazo donde descubrí tu cuerpo más delgado y tu piel árabe terriblemente apagada. Esa tarde confesaste al público, lección conmovedora, qué es la poesía y nada te quedó mejor que recordar a Eliseo Diego. Te miraba desde mi asiento con la tristeza de comprender (tiempo detenido que se multiplica y regresa) que ya no habría otro encuentro. Y así fue... Contigo se nos fue, además, lo que se ha dado en llamar un Hombre de Radio.

Ha sido precisamente esa triste mañana de diciembre que he recordado, como el primer día, la vez en que me acompañaste a Matanzas a presentar mi libro de entrevistas El Juego de los Asombros a cinco Premios Nacionales de Literatura Cubana, tú entre ellos. Para ti significó una espera de más de dos horas sentado en un sillón en la sala de tu casa. El ómnibus de palo, incomodísimo, que finalmente nos trasladó a la Atenas, había sufrido trastornos técnicos.  Cuando llegué junto a ti asumiendo la demora de otros  sólo dijiste: Roberto, hubiera esperado todo el tiempo del mundo con tal de ir contigo a Matanzas o al desierto del Sahara. En ese momento comprendí lo que significa un amigo. Valga Naborí, que la entrevista que aparece en ese libro que presentamos juntos la consideraste la mejor que te habían hecho en tu extraordinaria vida. De todas maneras, con las dudas propias de quien sabe que lo definitivo no existe, la ofrezco a los lectores, en estos días que, lo quiera o no lo quiera, estaré pensando en llamarte por teléfono para hablar de cualquier cosa. Por ejemplo, de la vida. Por favor, espera mi llamada y no me hagas esperar. No debes olvidar que tus espacios de silencio siguen dejando memoria en mi vieja grabadora socia asociada en sociedad de mi cerebro.

La entrevista que te hice, tiempo atrás, la titulé La poesía es algo indefinible. Ahora la cito en todas sus partes para nuestros amigos y amigas invisibles pero bien cercanos:

Ser poeta es tener una luz en la mirada y Jesús Orta Ruíz la tiene.  Luz en los ojos, en su memoria, en su donaire de gente sencilla, cubana, musical, armoniosa. El Indio Naborí es como ese paisaje de la campiña que nunca se olvida, porque se sabe presencia y esencia de lo que nos pertenece a todos por igual. El es de todos porque de nosotros ha brotado, sin grandes ruidos, como esos frutos que asombran, en el amanecer, sobre la tierra.

Nuestra conversación ocurrió en la biblioteca de su casa para evitar ruidos. Cada cual ocupó un sillón y quedamos frente a frente. Durante la entrevista se mantuvo lúcido. Tenía el bigote más tupido y ancho que aquel otro que lucía hace unos años y que quedó apresado en numerosas fotos.  En ningún momento se quitó el abrigo, bebimos té, café y ron como dos viejos amigos que descubren que el tiempo es apenas un sitio impenetrable.

-Nací el 30 de septiembre de 1922, en Los Zapotes, antigua finca ganadera de San Miguel del Padrón, entonces barrio de Guanabacoa. Mis padres fueron Eduardo Orta Amador y  María Ruiz Llerena, ella campesina y él montero. Y óyeme esto, cuentan mis mayores, que nací en zurrón, con la piel morada y pesando cinco libras. Serafina, la partera, según me han dicho, me dio una fuerte nalgada y rápidamente respondí con mi primer grito y mi primera lágrima... ¿qué te parece, Roberto?..Pero hay otro dato curioso; nací en una pequeña casa que estaba enclavada en una cerca de cardón que colindaba con los corrales de una plaza de toros y aprovecho para decirte que era la única existente en nuestro país a partir del establecimiento de la república. Pero hay más…mi nacimiento coincidió con la celebración de la corrida más brillante de aquella plaza. La faena la hizo ese día el gran torero español Rafael El Gallo. El propietario de la plaza, don benigno Fernández, jefe químico de la aduana, dedicó aquella corrida al niño que acababa de nacer en Los Zapotes. Así que tuve mí primer homenaje el día de mi nacimiento. Algunos quisieron que me llamara Rafael, en honor a El Gallo, pero mi madre, fervorosa cristiana, optó por llamarme Jesús.

-Hábleme de sus primeras lecturas.

-Los primeros libros fueron de décimas. Llegaron a mi casa a través de los vendedores ambulantes-cachurreros- les llamaban y vendían libros y otras  cosas por las sitierías. Recuerdo haber leído con gustación e interés Rumores del Hórmigo de El Cucalambé, Cantar del Siboney, de José Fornaris, La lira criolla, una interesante compilación de cantos populares cubanos realizada por Regino.E. Boti, libro que, por cierto, no faltaba en las casas campesinas. También leí con fruición las obras completas de don Ramón de Campoamor y Gaspar Núñez de Arce. Todas influyeron en mi devoción por la décima. Ya para los 16  años había leído a los clásicos españoles, en general, incluyendo algunos modernos entre los que me interesaron mucho los agrupados en la Generación del 27.

-¿Cuándo usted supo que era poeta?

-Si poeta se puede llamar al que rima y metrifica una estrofa, me descubrí como poeta a los 9 años, aunque no me lo podía explicar entonces. Sentía dentro de mí la necesidad de expresar  algo. Me conmovían ciertas cosas... te puedo decir que me llamaban la atención los crepúsculos, la tristeza de los palmares que rodeaban mi casa. Al anochecer las palmas se ponen tristes y parece que se recogen. En eso me fijaba.

-¿Cree que su aprendizaje autodidacta le dejó algunas lagunas en su formación intelectual?

-No soy enteramente autodidacta. No obstante las dificultades de las que te hablé, he tenido buenos maestros directos e indirectos. Los primeros los tuve en la Academia Añorga, en la Escuela Profesional de Periodismo “Manuel Márquez Sterling”, en la Escuela de Administración y en la Escuela Superior del Partido; y llamo maestros indirectos, quizás los más directos, a personalidades ilustres con las que tuve un acercamiento por afinidades políticas, de amistad o de trabajo, y me favorecieron con sus consejos. Entre estos estarían Juan Marinello, Manuel Bisbé,  Nicolás Guillén, Manuel Navarro Luna y otros que compartieron conmigo meditaciones alrededor de temas interesantes, especialmente de la Poesía. De todas maneras tengo lagunas, pero me parece que estas no sólo son de los autodidactas. Si un estudiante limita sus estudios al tiempo de sus carreras y no estudia más puede llegar a tenerlas, incluso más que el autodidacta que estudie constantemente, porque este puede estudiar toda una vida, determinar temas, en tanto aquel estudia cuatro o cinco años y, además, cómo no tener lagunas si las tuvo Sócrates cuando confesó: Sólo sé que no sé nada.

-El que usted se iniciara como repentista ¿qué significó para su Poesía?


-Nací en un ambiente puramente campesino, en el seno de una familia que no obstante su proximidad a la capital conservaba las tradiciones y las costumbres de nuestros campos, y en ese ambiente la décima parecía ser un espíritu permanente. Por eso mi punto de partida no podía ser otro que la décima y los primeros elementos poéticos me llegan en décimas que fueron cada día refinándose más.

-Y eso le permitió  su entrada en el repentismo.

-Naturalmente. Eso me enriqueció el lenguaje hasta que devine en innovador-como me han llamado-de la décima criolla.

-Hay un aspecto de su vida poco divulgado: su relación con la Radio. Naborí, ¿cómo se inició esa relación?

-Mis labores en la Radio comenzaron en 1939 en El Progreso Cubano, que así se llamaba la actual Radio Progreso. Empecé como trovador. Me presenté una noche en un programa que se llamaba La Corte Guajira del Arte. El espacio consistía en presentar a los improvisadores, ponerles un pie forzado y el público decidía quién era el mejor. Entonces triunfé. A la dirección de la emisora le atrajo mi actuación. Yo tenía 17 años y empecé a trabajar como artista exclusivo de ese programa y no demoré en ser libretista.

 

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