
Sus escritos criollos aún frescos en la memoria de millones de cubanos
En las Crónicas Cifuentenses, el narrador Luis Pérez Pérez cuenta que en cierta ocasión de la década de los 80 del pasado siglo, Enrique Núñez Rodríguez, con ese humor que perpetuó siempre en cuánto escribió y dijo en perfecto cubano, recordó cómo el afamado periodista se parapetó delante de una tarima que expendía «pan con lechón asado», y luego de añadirle a la carne un poco de aliño y sal, salió caminando «como perro por su casa» sin pagar el importe de ese refrigerio ligero luego que terminara la sobremesa de un almuerzo.
¡Esas son cosas de Núñez Rodríguez!, musitó uno de los concurrentes a ese lugar del Oasis villaclareño tras divisar y reconocer al propietario de la profusa calvicie y la corpulencia que escondía el físico de aquel hombre, ídolo distinguido de Quemado de Güines, Sagua la Grande o Cuba.
El comerciante, en tanto, se encogió de hombros y batió al aire una fuerte carcajada: acababan de «esquilmarle» dos pesos, el precio que entonces tenía un bocadito de cerdo, pero Enrique merecía más que eso por la fecunda risa que, en excelente cubano, dejó a todos con sus lecciones antológicas de humor radial, periodístico, de la escena o la televisión.
Evocar aquellos pasajes, constituye endilgarle historias y más historias al autor de Dios te salve comisario (1967), una de sus antológicas piezas teatrales. Tal vez, hay algunas ciertas; con vahos de verosimilitud; otras no; son orgullo del decir imaginativo del cubano; como un patrimonio de exclusividad de ese cuchicheo frecuente en el cual se debate una conversación que entablan dos personas.
Sin embargo, aquel Gordo que nació en Quemado de Güines el domingo 13 de mayo de 1923 merece que de él se endose cualquier historia, por fabulosa o real que sea. Su risa proverbial, allá en los cielos, luego del infausto fallecimiento el jueves 28 de noviembre de 2002, contagiará a quienes lo acompañan entre hombres de letras, ciencias o de artes manuales. Sencillamente, Enrique nació y creció para hacer reír a los auditorios en los que se desempeñó.
Ahí están en el repaso aquellos guiones radiales, de humor costumbrista, satírico y de realidades míticas, contenidos en Chicharito y Sopeiras, Cascabeles Candado y el serial dramático Leonardo Moncada, transmitidos por la radio cubana en la seudorepública, un tiempo pasado en que el escritor puso su pluma al servicio del pueblo.
Por si fuera poco, García Márquez, aquel vecino de los altos que tuvo Enrique cuando escribía antológicas crónicas para las ediciones dominicales de Juventud Rebelde, se llenó de gozo en compartir el férreo espacio de una página impresa con un maestro del periodismo literario cubano de todos los tiempos.
Un árbitro tenían aquellos escritos: contar la historia del presente de una manera jugosa; ceñirse a la palabra, al recreo de la anécdota; a la voluptuosidad del adjetivo; a la pulpa directa del verbo que exalta y triunfa en la oración sencilla.
La frondosidad del periodista latía en Núñez Rodríguez desde los tiempos de juventud, cuando se aventuró en las ediciones de El Estudiante Quemadense, un semanario impreso de su tierra natal. Luego fueron más asiduas las escrituras en las crónicas recogidas en Yo vendí mi bicicleta; Oye como la cogieron; Gente que yo quise; Mi vida al desnudo, y Sube, Felipe, sube, consideradas piezas narrativas imprescindibles en toda su escritura.
Obvio, al «vacilón cubano» que siempre delató la manera de ser de Enrique Núñez Rodríguez, ora en persona, ora en escritura, se añade al teatro que legó a la posteridad: Gracias, doctor (1958); Voy abajo (1965); ¿Qué traigo aquí? (1966), devenidas antologías del gracejo popular, de rescate de lo vernáculo, de sátira costumbrista y de complacencia por y desde el humor.




Twitter
Myspace
Digg
StumbleUpon
Netscape
Yahoo
Technorati
Folkd
Googlize this
Facebook
Wikio
Meneame