
Heliodoro Moreno
Eran mis tiempos de estudiante de Secundaria Básica, y me invitaron al espacio como miembro de la Brigada Literaria “José Álvarez Baragaño”, presidida por el reconocido poeta Juan René Cabrera. A ese motivo se sumaba haber sido acertado en una pregunta de participación del programa “Cultura Popular”, conducido por Ubierna.
En aquel entonces conocí a consagrados de la radio, el departamento de noticias contaba con dos personas, los redactores Adauto Morales y Filiberto Hernández Zurbarán, con quienes sostuve animadas pláticas que me instruyeron acerca del medio. Corrían los tiempos cuando hacía diarias visitas a Radio Tiempo, siempre buscando la ocasión para ser entrevistado, y también con la pretensión de hacer mis “pininos” ante el micrófono; sí, porque lo primero que desea quien se enamora de la radio, es hablar ante un micrófono. ¡Quién no recuerda nostálgico aquellos modelos 44! ¡Eran unas verdaderas joyas para captar la voz! Además, su enorme tamaño impresionaba y hacía a quien se pusiera frente a uno de ellos, sentirse tan importante como el mismísimo aparato.
Un día de 1968, al llegar a la emisora, me tropecé con un compañero de semblante adusto frente a una de aquellas Underwood, Remington o Royal que tanto quehacer dieron, y de cuyas teclas salieron reportajes y noticias que fueron a parar a los más altos sitiales en la historia del quehacer radial. Casi todo cuanto leímos y aprendimos en las décadas de los 50 y 60 salió de esos equipos, hasta que aparecieron las Olympia, Erika y Robotrón para relevarlas en el diario galope del tecleo. ¡No me nieguen que ese sonido, aún a la distancia, y a pesar de los inteligentes ordenadores, no deja de ser cautivante! Tienen aquellas máquinas una musicalidad mecánica que deja pasmado a cualquiera.
Y no se asombren, que probablemente en una de esas máquinas de escribir con apariencia de locomotora, surgieron obras como “Cien Años de Soledad”. Pues aquel compañero serio, de estatura mediana, permanecía hora tras hora sentado frente a su máquina de escribir y solamente se ponía de pie cuando cronométricamente salía directo a la cabina de transmisiones para entregar el boletín de la hora. Pronto supe que su nombre es: Heliodoro Moreno Carnicer.
Fue agradable la sorpresa cuando, una noche, en el programa “Romance y Melodías”, que salía al aire los domingos en voz de Humberto Albanés López, oí un poema con la firma del nuevo redactor. Tan pronto como pude hablé con el amigo locutor, quien me informó que Heliodoro era poeta; acto seguido me le acerqué para decirle cuánto me gustaba su poema y que deseaba tener una copia. Con el espíritu complaciente y sencillo que siempre lo ha caracterizado, Heliodoro me llamó al otro día para darme de su puño y letra, tres poemas que conservo y, que sin demora mostré a las muchachas de la Secundaria.
Hasta ahí parecería intrascendente cuanto les he dicho, al extremo de lo trivial. Sería así de no haber advertido el talento de aquel hombre callado, cuya agudeza crítica mucho me ha ayudado en mis años de profesión radiofónica. Por añadidura, Heliodoro fue para mí, como debiera de ser para muchos, un ejemplo de cumplimiento estricto del deber ante su puesto de trabajo.
Existe una anécdota de cuando a mediados de los años 70 Radio Tiempo ya era Radio Ciudad del Mar y estábamos en el local de la calle Santa Cruz y Gacel. Como muchas veces ocurrió, a Heliodoro se le descomponía la máquina de escribir y la visita del reparador siempre demoraba. Imperturbable, como su personalidad toda, no molestó a ninguno de sus colegas – ya el departamento Informativo había crecido, y, ¿saben qué hizo? ¡Redactaba a mano los boletines de todo el día! Más de una vez hubo noticieros completos que salieron redactados totalmente a mano por Heliodoro. ¡Proeza! dirían hoy quienes, tan dependientes de las nuevas tecnologías, son capaces de cruzarse de brazos al verse en la necesidad de realizar una elemental operación aritmética prescindiendo de la calculadora.
En cierta ocasión, como Heliodoro jamás se levantaba de su silla, aclaro: taburete, alguien, por jugarle la broma se lo escondió. Para dejar pasmados a todos, él continuó su labor redactando de pie. Ni una queja, ni un rostro de molestia; simplemente: zapatero, a tu zapato. ¡Y que llovieran raíles de punta! Sea como fuere, él no dejaría de trabajar.
Admirable como su excentricidad lo son también su redacción y ortografía, ¡impecables al extremo! Bien le habían resultado, sumándose a su talento natural, sus tiempos como corrector de pruebas desde 1940 en el diario La Correspondencia, donde se mantuvo durante veintiún años. Como Redactor de Mesa en Radio Ciudad del Mar, desde la época de Radio Tiempo, no había quien le cazara una falta de ortografía como tampoco el más mínimo error de sintaxis o redacción en general.
Las noticias locales que llegaban a la emisora se recibían por la red de corresponsales diseminados por los municipios, y antes de la llegada de los Teletipos había que obtener las noticias nacionales y extranjeras tomando como fuentes las emisoras nacionales. Allí estaba Heliodoro, siempre a la escucha de Radio Progreso, CMQ (luego Radio Liberación) y Radio Reloj. Con velocidad coheteril sus dedos se desplazaban raudos sobre el teclado tomando la noticia al pie de la letra; otras veces las escuchaba y luego, con su poder de síntesis las resumía al vuelo.
En ocasiones lo hacía a mano por la falta de su máquina de escribir, pero, como fuere, al final hacía un repaso minucioso de lo redactado para ver si algo se le había escapado. Tantas veces como llegaban los boletines de noticias a la mesa del locutor, jamás había que enmendar nada; era suficiente la primera lectura al vuelo. Tocaba a la puerta de la cabina de transmisiones y, sin dar un paso más, hacía la entrega del boletín para de inmediato regresar al puesto de trabajo.
El quehacer radial de Heliodoro Moreno no se limitó a la redacción noticiosa. Recuerdo cuando escribía y conducía un programa ilustrativo titulado "El bazar del Oyente", dedicado a temas variados y con música alusiva. Otro de los espacios que él mismo condujo fue "Alfabeto Musical", con la peculiaridad de que cada día, de lunes a viernes, utilizaba una letra diferente para encabezar los títulos de las melodías que programaba.
De Heliodoro fue también "Canta Latinoamérica", con música y noticias de este continente desde el sur del Río Bravo hasta Tierra del Fuego; otro de ellos: "El Mundo al día" con noticias del orbe y canciones apropiadas; cada noticia incluía un breve comentario que terminaba, precisamente, con el título de la melodía. Recuerdo "Mundo Cultural", casi siempre con noticias relacionadas con la cultura cubana y cienfueguera, muy en particular. En todos esos programas, Heliodoro Moreno demostró su talento para la radio, además de sus dotes como conductor.
Alguien que nunca se identificó lo llamó en cierta ocasión por teléfono para increparle por qué hablaba por la radio, si él no tenía voz para locutor. Desde entonces, sin más ni más, Heliodoro dejó de “locutear” sus programas y los siguió escribiendo para que otros compañeros se encargaran de conducirlo. No le perdono la excesiva modestia ni el dejarse influir por quién sabe qué persona. Lo cierto es que a mí, como a muchos que le oíamos, nos privó de la gracia de captar en su propia voz lo que él mismo concebía.
Me contó Heliodoro que lo llamaron, y aquel diálogo fue como sigue...
Óigame, Heliodoro, ¿quién le dijo a usted que es locutor?, Nadie. Pues su programa no es malo; a mí me agrada porque es ameno, pero deje que sea un locutor y vea como gana en calidad.
Lo mismo que otras personas, jamás coincidí con aquella opinión ni con la posterior decisión de Heliodoro.
En 1988 presentó su jubilación y desde entonces se ha retirado a la vida privada. Frecuentemente nos encontramos en la calle y me da sus opiniones acerca de mis programas, criterios que tomo muy en serio porque proceden de un profesional de talla completa, de alguien que redactó noticias y produjo programas cuando la radio, como decimos refiriéndonos a la escasa tecnología de otros tiempos, era “una radio de palo”, esto refiriéndonos a las consolas de madera y a la ausencia de estudios de edición, reproductoras magnetofónicas a una sola pista y, mucho menos, las veloces computadoras con sus programas para editar y hacer las maravillas que hoy conocemos.
Hace poco le pedí que me sugiriera un consejo para los nuevos redactores. Sin mucho preámbulo me dijo: “A los redactores les recomiendo que utilicen la síntesis siempre que no afecte el contenido de la noticia, y que utilicen el diccionario ante cualquier duda”. Así de sencillo fue cuanto recomendó.
A Heliodoro Moreno Carnicer lo recuerdo con afecto y gratitud. El, como muchos otros profesionales de la radio, nos demostró en su tiempo que sí se puede conseguir la excelencia, incluso con un mínimo de recursos. Enseñó también que la superación personal, el interés por conocer más, constituye una cualidad consustancial a la gente de nuestro medio. Nada de sentarse a esperar que nos enseñen: aprender por nosotros mismos. Hoy le veo como siempre, aunque menos joven que cuando lo conocí, humilde y callado, llevando consigo los atributos que siempre lo caracterizaron entre la originalidad y la excelencia.




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