Paulita, la niña que nunca olvido

Desde hace un año, exactamente por estos días de enero, está presidiendo mi lugar de trabajo, un pequeño recorte de periódico con la famosa foto de una niña de apenas dos añitos que sostiene  un pedazo de madera a la que  llama “mi nené”.

Había nacido extremadamente pobre, como lo fue también la gran masa campesina de aquellos tenebrosos tiempos de la seudo república. Ahí está,  mirándome y vigilando mi trabajo, algo así –se me antoja- como empujándome a no dejar de ser justo, con aquellos ojitos  que aún no se borran de mi mente; el cerquillo, de una gran  melena descuidada, cubre toda su frente; los bracitos aprietan aquel madero tal si fuera un tesoro que no quiere perder.

En fin, Paulita –ese era su nombre- ya la quiero como si fuera una nieta más, y es solo un pedacito de papel. A diario hago volar un beso hasta su mejilla con mucho cariño, como un desagravio a su desventurada vida que no rebasó, ni siquiera, su juventud.

Para ella no existía un Círculo Infantil donde compartir con otros niños; su muñeca un pedazo de madera; la casa, muy humilde; sin medicinas para combatir los parásitos empeñados en corroer su cuerpecito;  ni remotamente se avizoraba escuela alguna, porque estaba destinada a engrosar la inmensa lista de analfabetos;  en cuanto alcanzara cierta edad, ya debía trabajar duro; y ¡vaya usted a saber!, si algún mal nacido le proponía a sus padres llevar a la señorita para la capital a trabajar y contar con un sueldo para “ayudar a la familia”, y a la postre convertirla en una prostituta al servicio de algún proxeneta.

Puedo asegurar que a Alberto Korda, el famoso fotógrafo de mi niña, le debo mucho, porque entonces, sin saberlo, fortaleció aún más mis pensamientos humanos.

Menos mal que su corta vida alcanzó, al menos, a percibir una luz muy brillante que mejoró su vida con el triunfo de la Revolución. Según su hermana mayor, Paulita “se hizo muy responsable e independiente; estudió y se hizo enfermera, y las madres pedían que ella atendiera a sus hijos”. Estas verdades siempre reafirman la imprescindible necesidad de recordar, porque nos ayuda a ser cada día más justos cuando se trata de evaluar el enorme abismo que separa a aquellos tiempos oscuros de la actualidad digna y decorosa de hoy.

Es un imperativo enseñar a los jóvenes cómo era la vida en la Cuba neocolonial de sangre, tortura, inequidad y afrenta a la dignidad y el decoro humano. Pero hacerlo con la misma sistematicidad con que enseñamos matemática, español,  o inglés; eso sí, excluyendo formalidades, de manera coloquial, sin imposiciones “cuantificables!, en un ambiente fraternal y ameno y, contando con la presencia de gente honesta de la llamada tercera edad que pueda ofrecer testimonios valiosos.

¡Qué maravilloso es comprobar a diario que en Cuba, ya no nacen más niñas desdichadas como Paulita!

Yo seguiré contemplando su foto en el pequeño pedazo de papel, y  también entregándole un beso en su mejilla. Es algo así como un homenaje permanente a mi Paulita.

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

  • LIBRO DIGITAL: Del Caribe, de Cuba. Una aproximación.
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