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El no se lo merece

Entre los inconvenientes que nos envuelve el hecho de vivir entre la modernidad, se encuentra la situación que vivimos tan de prisa como para estar convencidos que un suceso artístico de hace más de 60 años puede ser considerado algo tan ajeno que es casi historia de la Antigüedad clásica.

El hombre medio de nuestros días, se encuentra manipulado en lo relativo a la ilusión de lo urgente que implica estar al tanto de los últimos éxitos musicales, donde quizás una canción de hace tan solo un mes, ya no interese nada, pues esta ha sido suplantada por un tema de moda de ahora mismo.

Semejante falacia es el resultado concreto del afianzamiento en nuestras mentes de patrones propios del capitalismo por la presencia de un  mercado implacable, cuyos intereses llegan a estar mucho más allá de los valores culturales que lleva consigo una obra musical, donde aparentemente todo es pasajero.

Sin embargo, nuestras vivencias no transcurren tan rápido como nos hacen ver y lo que tiene calidad, siempre va a perdurar en el tiempo.

Por ejemplo, si nos guiáramos por semejante modelo de pensamiento, la obra del Benny Moré con su Banda Gigante en los años 50, representa un pasado lejano que para algunos ya nada tiene que ver con nuestra sensibilidad, lo que implicaría un craso error puesto que se trata de un clásico entre los clásicos y como tal debemos de asumirlo.

En tal sentido, el hábito de colocar la música del Benny Moré nada más que en programas musicales dedicados a recordar el ayer, significa desperdiciar un suceso cultural de tal magnitud cuyo esplendor permanece intacto, incluso en pleno siglo XXI.

Se acostumbra a decir que los ídolos como él, permanecen en la memoria del pueblo, pero eso hay que predicarlo con la práctica en nuestros diferentes espacios radiales.

No se trata de conformarnos con transmitir ocasionalmente sus piezas más populares sino de ahondar además en la cuerda existencial de este exponente de una genuina y profunda cubanía.

El nombre de Benny Moré consiste en un hecho cultural mucho más complejo que limitarnos nada más que al intérprete del inigualable Santa Isabel de las Lajas; consiste en un fenómeno mucho más profundo que limitarnos nada más al cantante que inmortalizara el bolero Oh, vida, de Ñañez y Gómez, del mismo modo que pasa con Cienfuegos, entre tantos otros célebres temas de su repertorio.

Libros fundamentales sobre la vida de Benny Moré como los publicados por Raúl Martínez (1), Amín E. Nasser(2) y Félix Contreras (3) respectivamente, deben de ser revisados constantemente en nuestras bibliotecas, sobre todo por quienes escribimos programas musicales para enterarnos así de una cantidad de conceptos y referencias que no se manejan regularmente entre la población.

Definitivamente, Benny Moré constituye uno de los paradigmas del universo de la música popular cubana de todos los tiempos y como tal tenemos que proyectar su legado a través de los gestos de respeto y de una admiración profunda por quienes tenemos la obligación moral de conservarlo con plena vigencia entre los músicos de la actualidad.  

Quizás para hacerlo cada vez más asequible a quienes apenas lo conocen, aquellos que si acaso les resultan familiares dos o tres canciones suyas, nuestro mayor empeño debe de estar volcado en la voluntad de presentar al maestro  con la misma sencillez y soltura que define su personalidad tanto como músico y en sus relaciones humanas.

Por lo tanto, vamos a incursionar en la vida y obra de un personaje salido de las mismas entrañas del pueblo, que para haber provocado una desbordante popularidad conocida como Bennymanía durante la segunda mitad de los años 50 es porque al decir del investigador Félix Contreras, "él cerró el juego del dominó y se llevó la llave".

Si muchos jóvenes de aquella época no solo se vestían como él sino que hasta se peinaban y hablaban del mismo modo que el Bárbaro del Ritmo es porque además de ser un músico excepcional, tenía que ser una gente tremenda, sumamente carismático que por sus singulares condiciones como persona, provocara semejante impacto entre los cubanos de entonces.

Quienes tuvieron el privilegio de tratarlo íntimamente, coinciden en que era una persona espontánea, extrovertida, enamorada y nada vanidoso, pero que estaba consciente de su propio valor.

Probablemente el dato más conocido acerca del Benny es su condición de autodidacta, que no sabía leer música, impedimenta que nunca representó un frenó en su desarrollo profesional empírico.

Es cierto que nunca estudió música y por lo tanto componía y cantaba como según le dictaba su prodigioso oído. Por ejemplo, reproducía con su voz la parte de los saxofones y de las trompetas como él quería que sonaran y entonces el imprescindible Generoso Jiménez, transportaba dicha melodía al piano y Benny le decía: "! Así mismo, mulato…!"

Con esa proverbial naturalidad,  dirigió nada más y nada menos  que a su Banda Gigante, una orquesta del tipo jazz-band con la cual se implantó la costumbre que en los bailables donde ellos estuvieran presentes, las mismas parejas se detenían ocasionalmente para disfrutar del espectáculo de ver cómo él conducía su querida agrupación orquestal.

Benny desarrollo una singular capacidad de comunicarse con los músicos de un modo informal y espontáneo mediante inusuales gestos mientras cantaba, pero obviamente, cada uno de estos gestos tenía absoluta correspondencia con lo que estaba sonando.

Aunque dominaba la gravedad propia de un director tradicional en funciones, él dirigía literalmente con todo el cuerpo, auxiliado tanto por el bastón o por el sombrero del mismo modo que por un movimiento de las piernas al igual que el de los hombros podían funcionar cual inusual batuta con señales precisas para indicar a los músicos qué hacer en cada momento.

Al mismo tiempo de representar semejante conducta escénica, Benny era capaz de dar por separado las orientaciones pertinentes a cada sección de la orquesta y conseguir una armoniosa sonoridad en su conjunto.

Marcaba e indicaba con el dominio de todo un profesional  aquellos cortes necesarios y las diferentes intensidades de los tempos a la vez que los matices silenciosos contenidos en una obra musical.

Si este acercamiento a su desempeño como director ha provocado en nuestros lectores asombro, no será menor la sorpresa al conocerse de cerca las cualidades como cantante de este irrepetible artista cubano.

En primer lugar, Benny era dueño de una afinación impecable que lo acompañó en cada uno de los temas interpretados, independientemente del tipo de música abordada.

En tal sentido, aportaba a cada género la sensibilidad reclamada sin dejar de ser él mismo, gracias al dominio de los recursos vocales y expresivos de las potencialidades de su voz. Incluso la evidente nasalidad del timbre de su voz, lejos de limitarlo, la convierte en un exclusivo sello de su emotiva interpretación. Nuestro Sonero Mayor como también se le conoce, era capaz de ascender a los sonidos más agudos del tenor como abarcar algunas de las notas más graves de barítono.

Tenía la virtud de poder manejar el color de su voz al igual que un virtuoso instrumentista ajusta su interpretación. Con toda la creatividad y originalidad que lo distinguían, dominó la oscilación de su voz hasta donde él quería llevarla a través del singular rubateo al cantar con la transparencia de una dulce en sus boleros o mostrarse más agresivo en ritmos  intensos.

Escuchar una selección de boleros a cargo del Príncipe del Bolero es sencillamente disfrutar del gusto excepcional de este equilibrado, sublime y refinado interprete, conocedor del manejo de los matices y de las inflexiones adecuadas a cada idea musical.

Como improvisador, basta escuchar su legendario dúo con Joseito Fernández en la "Guantanamera" para calibrar el genio del Benny en tal manifestación o la grabación de una emotiva décima, inspirada por la presencia de un veterano de nuestras gestas independentistas que se encontraba entre el público durante una de sus actuaciones en Radio Progreso.

En cuanto a su desempeño como compositor, no fue necesariamente lo que se dice prolífico, pero sus obras constituyen preciados tesoros de nuestro patrimonio. Ahí están piezas inolvidables como Qué bueno baila usted, Dolor y perdón o Bonito y Sabroso.

Pero a la vez, por si fuera poco, se le reconoce el don especial que tenía para escoger acertadamente las piezas de otros autores al conformar un repertorio exclusivo aportado por más de 60 compositores que se le acercaban con propuestas diversas. Entre las más conocidas se encuentran Y hoy como ayer, de Pedro Vega;  Te quedarás, de Alberto Barreto, y Tú me sabes comprender, de Ricardo Pérez.

Para completar esta breve reseña sobre Benny Moré y sus inobjetables habilidades como músico, resulta imprescindible presentarles algunas anécdotas que nos develan sus cualidades como ser humano.

Está la situación que tuvo con Abelardo Barroso(4), donde define la importancia que le daba a la amistad. Cuenta el propio Barroso que en una ocasión Benny se enteró que este atravesaba una situación económica difícil,  la que él resuelve de una forma tajante y directa: al dueño del apartamento alquilado por Barroso, le pagó lo que este debía y le adelantó varios meses de alquiler. En la bodega, liquidó la deuda que tenía Barroso y le dejó claro al dependiente que todo lo que su amigo necesitara, iba por él.

Sus principios en contra de la discriminación racial, estaban fuertemente arraigados en su persona. Sirva de ejemplo el malestar con que regresó de los Estados Unidos después de actuar como invitado a una ceremonia de los Premios Oscar, por el tratamiento que le daban allí a los negros, o cuando en una ocasión, en determinado cabaret habanero no dejaron pasar a José Antonio Méndez por su condición de negro, situación a la que Benny responde con la clausura de su actuación en dicho lugar.

Quizás su anécdota más conocida sea aquella donde se faja con un empresario venezolano porque después de la actuación en dicho país, este se negó a pagarle a los músicos de su orquesta (5).  De todos modos, hay otra, no tan divulgada por cierto, pero que habla por sí sola: corrían los tiempos de la efervecencia del triunfo revolucionario y el Benny rechaza la oferta de un contrato de 20 mil dólares, -cifra que en aquel entonces tenía un valor mucho mayor que en la actualidad- por abandonar su patria y radicarse en el extranjero.

Por supuesto, a pesar de todo lo que se ha escrito sobre él, hablar en Cuba del Benny Moré, significa abordar una temática francamente inagotable,

Por lo tanto, quien se disponga a indagar acerca de su vida, tiene todas las posibilidades de encontrar nuevas referencias acerca de la trayectoria de un músico excepcional. Pero con esta reafirmación de su legado, se presentan otras aristas de gran significación para los jóvenes músicos que dan sus primeros pasos en el medio, como es la obligación de estudiarlo.

Analizar detenidamente cada una de las múltiples proyecciones del Benny Moré como cantante, compositor, arreglista y director de orquesta, nos conduce al marco propicio de absoluta exigencia y rigor que determinan la voluntad de ser músico, condicionantes que una vez asumidas, impedirán el riesgo de ser dominados por la banalidad o lo que es peor, la de mostrar indiferencia ante la continua necesidad de superación profesional.

Por todo lo aquí expuesto, tenemos la certeza que coincidirán conmigo que cuando se trata de artistas de la grandeza del Benny Moré, no es justo que lo divulguemos por nuestros espacios radiales, fundamentalmente en fechas especificas relacionadas con su vida y después se nos olvide programarlo con una mayor frecuencia: El no se lo merece.

Bibliografía utilizada:

  1. Martínez, Raúl. Benny Moré. Editorial Letras Cubanas 1993
  2. Amin Nasser, Emilio. Benny Moré. Ediciones Unión 1994
  3. Contreras, Félix. Yo conocí a Benny Moré. Ediciones Unión 2002
  4. Barroso, Abelardo: Renombrado músico que alcanza el mayor reconocimiento como cantante de la orquesta Sensación desde 1954 hasta 1957.
  5. “El es contratado aquí en Cuba por Max Pérez. En los contratos tanto nacionales como internacionales, se exigía depositar la mitad del dinero aquí y el resto a liquidar en el país que contrata, que en este caso era Venezuela. Entonces parten hacia Venezuela y al terminar el contrato, el empresario se negó a pagar, alegando que el negocio había ido mal. Benny le contestó: "Mira, chico, mi dinero no me lo pagues, pero al menos dame el dinero de mi gente y así se pueden ir para Cuba". El empresario le contestó: "No, no te puedo dar ni un kilo". Él le respondió que le daba de plazo hasta el día siguiente, que vendría a buscar el dinero de la gente. Al otro día, cuando Benny fue, le dijo que no le pagaba y él le dio otro plazo de 24 horas y le recomendó que lo pensara bien, que era el dinero de su tribu y necesitaba pagarle a ellos. El día acordado Benny se presentó y traía una cabilla envuelta en un periódico. El empresario se negó a pagar. Entonces, ahí en la discusión, Max Pérez, que era boxeador, quiso guapear y golpearlo. Benny esquivo los golpes que le tiró y se defendió con la cabilla. Le metió como tres cabillazos y se lo llevaron para el hospital. A Benny lo prendieron. En esos momentos se encontraba en Venezuela nuestro Bola de Nieve. Este y Alfredo Sadel- Secretario General del Sindicato de Músicos de Venezuela-, realizaron varias gestiones pertinentes para lograr de las autoridades la libertad del Benny, así como el pago del contrato por parte del tahúr, Max Pérez".  Posteriormente, Benny reconoció que esa había sido la más desagradable experiencia de toda su vida. (Amin Nasser, Emilio. Benny Moré. Ediciones Unión 1994. Pág. 72/73).
  6. No queremos terminar este acercamiento al Benny Moré sin hacer referencia a esta deliciosa anécdota tomada de la experiencia en música cubana de un prestigioso director de programas radiales de Radio Progreso, Armando Ledón, ya fallecido, pero que nos sintetiza de una forma magistral el significado de lo que representa en el plano creativo y profesional nuestro Benny Moré: "Se cuenta que un especialista cubano se encontraba en la capital de un país europeo del antiguo campo socialista con el objetivo de presentarle a un grupo de académicos un recorrido sonoro por lo mejor de nuestra música popular hacia comienzos de los años 60. Cuando llega el turno de escuchar algunas de las canciones del Benny Moré, la primera pregunta que estos hicieron es que en dónde Benny había estudiado música, dónde había estudiado canto, interrogante a la que el cubano no tiene otra salida que revelar su formación autodidacta. A continuación la otra pregunta fue acerca del autor de las canciones escuchadas y quien era el arreglista de dichas piezas cuya respuesta no pudo ser otra que el mismo Benny. Lo que ya desbordó el límite de lo permisible para estos musicólogos europeos fue en el momento de enterarse que el director de la Banda Gigante, era nada más y nada menos que el propio Benny Moré. Se tuvo que acudir a la intervención de directivos superiores de la institución académica para tratar de calmar a este grupo de profesores quienes tenían la certeza que les estaban tomando el pelo".

 

 

 

 

 

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