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Una obra de permanente consulta: ¿así la asumimos?

Si no se repasara lo que en algún momento se dijo o quedó escrito en el contexto de una época determinada, estaríamos condenados a perpetuar errores y situaciones cuya denuncia, explicación o soluciones, estuvieron en el ánimo de quien las formuló.

Traigo a colación esta perogrullada al recordar que hace dos años, por esta misma fecha, se puso a disposición de los lectores la segunda edición del libro Revolución, Socialismo y Periodismo: La prensa y los periodistas cubanos ante el siglo XXI, de Julio García Luis, que bajo el sello de la casa editora Pablo de la Torriente, había tenido su primera presentación durante el IX Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), en el mes de julio del 2013.

Luego de aquel debut, la obra se presentó y se puso a la venta en todas las delegaciones de base de la organización.

Para elaborar ese texto -fruto de la investigación que hiciera para su tesis doctoral, defendida en el 2004- el autor se nutrió de su vasta experiencia periodística y académica, para diseccionar etapas, enfoques e influencias en la historia del periodismo cubano; contextualizarlo en momentos históricos específicos y, lo más importante, anclarlo en el complejo sistema de relaciones sociales en que hoy nuestra prensa se inserta.

El resultado fue un análisis hecho sin estridencias de erudición, ni alardes de sapiencia, aun cuando llegaba al tuétano de los aciertos y errores del modelo de prensa obviamente disfuncional que aún padecemos y tratamos de remontar.

El papel de las presiones y amenazas foráneas; una regulación que es socialmente legítima, pero que sobrexcedida reduce o anula la imprescindible autorregulación de los medios; el necesario balance entre lo externo y lo interno en la gestión editorial; el factor de dirección y el papel del Partido; la correlación entre los valores políticos y los valores profesionales; la organización del trabajo en las redacciones; el aporte de la prensa a un ejercicio de participación que contribuya a compensar y a equilibrar la concentración del poder a partir de una contrapartida crítica, leal y comprometida… nada de lo que todavía hoy nos inquieta y nos moviliza como gremio, escapó a la visión escrutadora de García Luis en su obra.

Y es que muchos de los postulados contenidos en ese libro tienen para nosotros una concreción palpable en el día a día de nuestro desempeño.

En lo personal, por ejemplo, me solidarizo con uno de los argumentos pródigamente fundamentado por Julio, para mí esencial: la lealtad no significa despojarnos de nuestra libertad profesional como periodistas.

Solo los periodistas y los criterios en que se sustenta su ejercicio, pueden validar eficazmente los contenidos del discurso periodístico y decidir qué hace y cómo se hace la prensa. Cualquier pretensión de imponerlos desde afuera -como ha ocurrido y lamentablemente todavía ocurre en algunos casos- conduce a la inhibición y a la paralización de las competencias profesionales, con un saldo negativo para la credibilidad no solo de los medios sino de todo el sistema político en que estos se insertan.

Pero el libro también nos reafirma algo que sí es de nuestra total responsabilidad, que se supone sepamos pero que a veces olvidamos: el deber principal de un periodista es producir información según criterios profesionales.

Y nunca será así mientras que sigamos esperando a que nos digan lo que debiéramos decir nosotros. Hay cosas que nadie puede decir por nosotros, porque corresponden al discurso de la profesión.

En resumen, se trata de una propuesta teórica para comprender mejor las funciones y misiones del periodismo y el periodista, como nunca antes quizá se había hecho en nuestro ámbito. Un aporte de altos quilates… insuficientemente aquilatado todavía.

Y no es que algunas de las situaciones analizadas en ese texto no hayan puesto a pensar y en algunos casos a actuar a directivos de prensa, periodistas, funcionarios, dirigentes y a todo el que de una manera u otra se relaciona con nuestro trabajo. Ni siquiera se trata de cuánto más o cuánto menos se ha avanzado en el tratamiento de algunas de las problemáticas expuestas magistralmente por Julio, precisamente para que las tuviéramos siempre en cuenta ante cada matiz que el paso del tiempo les fuera aportando.

Lo preocupante es que casi cuatro años después de publicada por primera vez, a la obra de Julio se le dé en no pocos casos el mismo tratamiento que a otros documentos esenciales que se empolvan en gavetas o libreros de aquellos que por sus responsabilidades, directas o indirectas, tienen que ver con la aplicación de políticas y estrategias sensibles para el país, en este caso con la gestión de los medios.

El libro del ya desaparecido colega, por sí solo, no va a mover conciencias ni sensibilidades a favor de un mejor periodismo. Ese complemento tendremos que ponérselo nosotros con nuestra actuación y, si es necesario, hasta con nuestra intransigencia ante lo que todavía nos limita en el ejercicio de nuestra profesión.

Pero la obra póstuma de Julio, ese texto paradigmático que legó a toda la sociedad cubana, nos sigue descubriendo potencialidades para generar un mejor periodismo, capaz de cumplir una función más eficaz de legitimación y fortalecimiento de nuestro proyecto social.

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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