Los migrantes digitales no la hemos pasado fácil

A veces sufrimos la burla y hasta el desprecio de quienes nacieron entre gigabytes, pero, en verdad, deberíamos merecer un aplauso cerrado.

Cuando vi al primero gesticulando, supuestamente hablando solo y con tremendo énfasis, me dije "el pobre, tan joven". A renglón seguido desvié la mirada de su figura no fuera a ser que lo hiciera sentir mal o que me soltara cualquier frase fea en medio de la avenida y a grito pelado. Con los enfermos mentales a veces no se sabe.

Pero la enferma era yo, enferma de desactualización tecnológica. El muchacho estaba usando un manos libres; de fijarse bien, se veía en su oído el aparato con el microfonito cercano a la boca.

Esa fue una de mis tantas pifias en el mundo de las nuevas tecnologías, donde, por suerte, no llegué nunca a hacer lo que un buen amigo me contó. Dice que como él era de los más avanzados, lo pusieron a dar clases de computación en su medio de prensa.

Entre sus "alumnos", había una señora bastante mayor. Cuando en medio de la clase le indicó que cerrara la ventana, ni corta ni perezosa se paró del buró y fue directico a la ventana de la oficina para cerrarla. "A lo mejor al profe le molestaba el sol", justificó luego.

Los migrantes digitales, que aprendimos a hablar por teléfono dándole vueltas a un disco y no apretando teclitas, menos en una pantalla táctil, hemos tragado en seco muchas veces, pero con la frente bien en alto, disimulando lo más que se pueda que no sabemos dónde se metió la aplicación que acabamos de descargar, o que no encontramos cómo exportar los contactos del correo outlook antes de formatear la laptop.

Y eso es por arribita, porque ha habido asuntos peores entre cielo y tierra, es decir, entre pantalla y teclado.

Algunos de los migrantes digitales, parecen sentirse compensados y como vengados, al asegurar con orgullo que ellos pasaron su infancia jugando a los cogí’os, a los pega’ós, al pon, al burrito 21 y no idiotizados detrás de una pantalla.

Decir esas cosas no me parece un juego limpio, porque, de haber existido entonces esas tecnologías, esos juegos maravillosos, apuesto a que con muchísimo gusto hubieran corrido a idiotizarse.

Alguien comentaba sobre el tema: "Nunca tuvimos teléfonos celulares, DVD, Play Station, Xbox, videojuegos, computadoras personales, internet... pero sí tuvimos amigos de verdad". Tampoco eso me parece justo porque además de los amigos virtuales que puedan cultivarse en Facebook o Instagram, igual se tiene, como en todas las épocas, buenos amigos de carne y hueso –de los cuales sabemos más a menudo gracias, precisamente, a las redes sociales.

 Lo que sí resulta una dolorosa verdad es que nosotros, los migrantes digitales, no tenemos instantes de nuestra infancia inmortalizados gracias a tabletas o celulares; tampoco pasajes de nuestra adolescencia o juventud quedaron apresados en los populares selfies.

Nuestros recuerdos de entonces son escasos, en blanco y negro, revelados en algún laboratorio fotográfico, y por lo regular, todos estáticos. De videos nada.

¿Qué contar entonces de lo que recibimos de nuestros padres, abuelos y otros antepasados? Nunca, jamás, sabremos cómo caminó nuestro padre siendo un niño, o cómo era la voz con que la bebé que alguna vez fue nuestra madre clamaba por su biberón.

En realidad, cada etapa ha tenido y tiene su marca, su sello. Nosotros, los migrantes digitales -sin avergonzarnos de lo que no conocimos cuando niños ni de lo que debimos ciberaprender casi corriendo- hemos contado con la suerte de cabalgar exitosamente entre dos mundos. Allá quienes se quedaron sin conocer alguno de los dos, cada uno con sus encantos.

 

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