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¿De qué manera enseñamos la historia?

No basta que la asignatura esté en los planes de estudio de todas las enseñanzas, que contemos con una amplia red de museos y sitios... la narración de nuestra historia tiene que ser más amena…

No todo el mundo tiene la misma experiencia con las asignaturas de historia en la primaria, la secundaria, el preuniversitario y la universidad… Depende del interés y la sensibilidad del estudiante. Pero también (y no menos importante), de la capacidad del profesor.

Lamentablemente, para muchos la historia sigue siendo «el clavo» que hay que recibir por obligación, la materia aburrida y machacona, la tarea pesada para los exámenes.

Pero no tendría por qué serlo: la historia es la gran narración del mundo. Y a todos (o a casi todos) nos gustan las narraciones.

Reducir el estudio de la asignatura a mera consecución de hechos (para memorizar), sin establecer lazos comunicantes entre los acontecimientos, el contexto, el momento actual… es reducirla a un sonsonete gris.

De todas las materias de los planes de estudio, la historia podría ser una de las más apasionantes. Dejemos los dolores de cabeza para la matemática (que también es necesaria, imprescindible, nadie lo duda), que es una asignatura con la que no todos comulgan.

¿Para qué sirve un museo?

Que tengamos en Cuba una amplísima red de museos, que llega a todos los municipios del país, es ciertamente un privilegio, que no siempre aprovechamos del todo.

Cuando este comentarista era niño, estudiante de primaria, una vez a la semana visitábamos el Museo Municipal, no solo para apreciar las colecciones, que ya conocíamos al dedillo, sino para interesarnos por varios temas de la historia local.

No era una actividad esporádica. Estaba programada semanalmente. Y se cumplía.

Museo de la Revolución en La HabanaMuseo de la Revolución en La HabanaAlgunos museos del país mantienen ese vínculo con las escuelas; pero otros parecen dormir el sueño pesado de la apatía y el desinterés.

Y no hablamos precisamente de los museos de carácter nacional, que de una manera u otra tienen garantizada la afluencia permanente de público, que desarrollan habitualmente peñas, tertulias, conversatorios, presentaciones, jornadas científicas… Hablamos de los museos locales, los que están ubicados en pequeñas localidades.

Por supuesto, las colecciones allí suelen ser más pequeñas, lo que no significa que sean menos interesantes. Pero lo cierto es que los habitantes de esos lugares es probable que ya las tengan más que vistas.

Ahora bien, un museo es, tendría que ser, mucho más que una vitrina con objetos. Tiene que ser un centro cultural de referencia para la comunidad.

De las autoridades de la cultura en cada municipio depende, en buena medida, que el museo cuente con una programación estable y atractiva, que salga incluso de las cuatro paredes de los locales y se extienda a los barrios y centros de trabajo.

Hay potencialidades en todos los lugares. Y hay un público. Y si no existe, se puede formar.

Por si fuera poco, los museos tienen una responsabilidad perfectamente definida: investigar, estudiar, promover la historia de las localidades. Y ese es un campo prácticamente inagotable.

La historia mayor, la de la nación, se nutre de esas historias pequeñas. De hecho, es imposible entender la lógica de muchos grandes acontecimientos sin buscar las raíces en el devenir de las comunidades.

Es un amplísimo campo de estudio. Y para eso están también los museos municipales. La labor de extensión cultural es indispensable, porque el museo no puede encerrarse en sí mismo. No basta con limpiar el polvo de cuando en cuando, hay que renovar y replantearse algunos esquemas.

¿Y la televisión?

Abundan las investigaciones, las publicaciones y las conferencias sobre la historia… pero no siempre están bien socializadas.

Los medios de comunicación tienen una clara responsabilidad en ese sentido.

Llama la atención que no exista una publicación «para el gran público» dedicada a la historia en Cuba.

Necesitamos más crónicas y reportajes en la prensa escrita. No es que falten, pero se impone renovar las maneras de contar, ampliar el espectro temático y estilístico.

La televisión, sin embargo, cuenta con una amplia programación dedicada a la historia. Pero salvo honrosas excepciones, suele ser gris, monótona, aburrida, de escaso vuelo estético.

Y para colmo, los seriados históricos se ubican como por compromiso, en cualquier «hueco».

RTV Comercial ha asumido un esfuerzo para explorar importantes acontecimientos de la historia nacional en series de ficción. Los resultados pueden ser polémicos, pero resultan un paso importante para socializar nuestro devenir.

Y la polémica, el debate, también son necesarios a la hora de narrar los acontecimientos más importantes de la nación y el mundo.

No vamos a insistir en la necesidad imperiosa de conocer la historia, eso ya es casi lugar común… Pero hay que atender esa demanda con creatividad y espíritu crítico. No hay narración sin conflicto. La historia no puede ser letra muerta.

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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