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El Tratado que no permaneció

El 22 de mayo de 1903 los cancilleres de Estados Unidos y Cuba firmaron el denominado Tratado Permanente. Nuestra historia republicana había comenzado con muletas y camisa de fuerza impuestas por la Enmienda Platt, apéndice constitucional de 1901 que como espada de Damocles pendía sobre el pequeño resquicio por donde respiraba la maltrecha soberanía cubana.

Aquello fue parte de una historia inconclusa en el camino hacia la independencia; al mismo tiempo un capítulo a recordar y del cual sacar lecciones, donde también brillaron cubanos y cubanas de ejemplar patriotismo cuya oposición impidió que las ansias de ocupación y dominio fuesen mucho más allá de lo que hasta aquel momento, lamentablemente, había llegado.

El Tratado Permanente firmado un día como hoy hace 115 años se adelantaba para impedir que la Enmienda Platt y su esencia neocolonialista se vinieran abajo en el caso de que Cuba redactara una nueva Carta Magna.

Dicho instrumento incluía los aspectos esenciales de la Enmienda que aparecían en sus siete cláusulas iniciales. Aunque el Tratado Permanente había sido firmado, solo se adelantó la cuestión referente al convenio del 2 de julio de 1902 que estipulaba el "arrendamiento" de partes del territorio cubano para bases navales y carboneras, acuerdo supuestamente condicionado hasta que una de las dos partes lo revocara.

El senado norteamericano aprobó el Tratado Permanente en marzo del siguiente año, y a partir de su puesta en vigencia el 14 de julio de 1904, la misión reivindicadora cardinal del independentismo cubano radicó en la lucha por eliminar la Enmienda Platt y su remache político-económico, el Tratado Permanente.

El nuevo Tratado abrió jugosas posibilidades a la intervención económica estadounidense, con una omnipresencia tal que 1934 fue el momento ideal para la coartada de eliminarlo e intentar así el clamor popular que volvió incontenible tras la caída de Machado y la llamada Revolución del 30.

Se consumó de ese modo otra jugada sucia contra la nación cubana. El flamante Tratado de Relaciones Cuba-Estados Unidos -Tratado de Reciprocidad- de 1934 fue otra puñalada trapera para la sujeción de nuestra soberanía. A partir de entonces ambas partes reconocían el tiempo ilimitado de la presencia estadounidense en Guantánamo.

El Tratado de marras se mantuvo incluso después de promulgada la Constitución de 1940, que explícitamente renunciaba a todo tipo de tratados.

La Constitución fue firmada el 1° de julio de 1940 y promulgada el 5 de ese mes. La nueva Ley de Leyes estableció que “el territorio de la República está integrado por la Isla de Cuba, la Isla de Pinos y las demás islas y cayos adyacentes que con ellas estuvieron bajo la soberanía de España hasta la ratificación del Tratado de París de 10 de diciembre de 1898. La República de Cuba no concertará ni ratificará pactos o tratados que en forma alguna limiten o menoscaben la soberanía nacional o la integridad del territorio”.(1)

Tres nombres fueron los de aquella pesadilla injerencista cuyo monstruo fue hecho añicos por Fidel y el pueblo cubano con el Triunfo de la Revolución en 1959. La Base Naval de Guantánamo, no obstante se mantiene ahí en contra de la voluntad soberana del pueblo y gobierno cubanos.

Aquella ominosa página de nuestra historia cumple hoy un siglo y quince años de consumación; es una lección a tener presente siempre. Conocer su esencia dehumillanteultraje constituye más que razón y fundamento para impedir que nada parecido vuelva a repetirse.

 

  • Reflexiones del Comandante en Jefe. EL IMPERIO Y LA ISLA INDEPENDIENTEFidel Castro Ruz, 14 de agosto del 2007, 6:10 p.m.
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