El Capitalismo. Una droga letal (1)

El gran capitalismo, en su fase más destructora, puede compararse también con un virus letal que porta un niño –por cierto también víctima de un sistema- desde que nace y, por tanto se convierte en congénito.

La criatura no comprende, pero sus padres sí saben muy bien de las “virtudes” de un orden esencialmente injusto que necesitan inyectar en su hijo, porque si no lo hacen el vástago puede convertirse en un agitador comunista que dañará los lujos, placeres y prebendas que disfrutan; así que tiene que crecer a imagen y semejanza de sus padres o, en otro caso, un émulo de Superman, Rambo o cualquier otro imbécil creado para embrutecer la mente de los muchos en beneficio de los pocos. Estos últimos nacieron para obedecer, resignarse y mantenerse en la oscuridad, de modo que el gran capital pueda continuar su marcha depredadora.

El niño de quien le hablé, portador del virus letal, muy tempranamente comienza a desarrollar el egoísmo; en su mente infantil piensa que tiene todos los derechos y no deberes que cumplir; cada día más crece en su mente la idea de vivir en el mejor país del mundo, y por lo tanto se siente convencido que está por encima de todos; disfruta de los mejores platos, aunque se siente embriagado por la Coca Cola y el Hot Dog, porque comprende que son símbolos de una nación “ideal”, “perfecta” y que todos en el mundo admiran.

No obstante los lujos en que vive siente gran temor cuando escucha palabras como socialismo y comunismo, vocablos que su papá y su mamá aborrecen porque, según dicen, son sinónimos de algo contagioso y maligno que impide el desarrollo “armonioso” de la sociedad.

Cuando llega a la adolescencia, ni remotamente se imagina quiénes fueron figuras extraordinarias como Marx, Lenin, Martí, Maceo, Bolívar, Sucre entre muchas otras. También, habiendo ya triunfado la Revolución cubana le tienen prohibido mencionar al Ché, y Fidel, y mucho menos indagar sobre su vida y obra; porque en su casa los consideran tenebrosos enemigos. Sin embargo, lee ávidamente a autores ultra reaccionarios y conservadores; llega a sentir admiración por la Doctrina Monroe, El Destino Manifiesto o La Fruta Madura; se sintió muy abatido al ver llegar a soldados yanquis muertos en una guerra de conquista y aprendió a concebirlos como héroes de la libertad.

Ya de jovencito cree ciegamente que es un designio divino la existencia de ricos y pobres; siente placer asistiendo a la iglesia, no solo porque es costumbre de la alta sociedad, sino porque le permite lavar sus pecadillos y pedir a Dios que cuide a sus padres, por supuesto, sin importar que el padre dio orden de lanzar bombas sobre un pueblo y la madre por ser cómplice y no querer abandonar su estatus de vida.

Si me permite, en próxima ocasión continuaré a la carga con el tema. Ahora me parece acertado valerme de unas ideas expresadas por el gran intelectual Eduardo Galeano, que llega para apoyar lo que modestamente he dicho:

El mundo trata a los niños como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los medios, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten como destino la vida prisionera”.

 

 

 

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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