La hora de los hornos ha llegado

Sí. Ha llegado la hora de los hornos, en que no se ha de ver más que su luz, como dijo nuestro Maestro José Martí.  Y esa hora se aprecia claramente en nuestra América de hoy, que hierve y se torna cada vez más dueña de su destino porque se ha cansado de tanto atropello; porque no es posible resistir tanta afrenta a la dignidad de los pueblos; y, sencillamente, ha dicho BASTA y ha echado a andar, y su marcha de gigante ya no se detendrá.

Como afirmó ese gran hombre de la humanidad de nombre Ernesto Guevara. Es que se ha llegado al límite de la injusticia y no aceptamos mansamente a los ideólogos y economistas que ven el desarrollo de los pueblos a través de un prisma fundamentalmente egoísta porque privilegia al gran poder económico y asfixia a los humildes. Aquellos son aventajados alumnos  de los denominados  “Chicago Boys” o abanderados del neocolonialismo. Los otros, los pobres, son los dolientes de una muerte silenciosa en una espantosa miseria,  que niega hasta los más mínimos derechos humanos.

Un pueblo que bien puede servir de ejemplo es el chileno, que ya no quiere más Pinochet, ni más torturas, desapariciones, asesinatos, pobreza extrema para los muchos y aumento constante de las riquezas para los pocos. Un pueblo que sufre ahora mismo los disparos a quema ropa de la fuerza pública, muchos encarcelados, desapariciones, gente ensangrentada en las calles por pedir justicia, jóvenes masacrados, mujeres vejadas.

Y todo ello para defender la sacrosanta democracia burguesa y el neoliberalismo, el que por otra parte agradece el imperio que observa complaciente cómo uno de sus discípulos defiende los derechos humanos. Fíjese usted que ironía: un país con elevado Producto Interno Bruto, cuyos beneficios disfruta solo la clase rica dominante, pero que, cada vez, hace más pobres a los pobres.

¿Y qué  espera el imperio y sus secuaces del noble pueblo chileno? ¿Qué acepten la condición de ciervo? Es que resulta imposible, porque todavía está fresca en la memoria colectiva chilena la imagen del sanguinario Pinochet, protegido también, como siempre sucede, por Estados Unidos; y el pueblo no olvida la prohibición de sindicatos, la privatización de la seguridad social y empresas del Estado; la persecución a la izquierda, socialistas y críticos; el asesinato de entre mil 200 y 3 mil 200 personas, 80 mil detenciones arbitrarias y decenas de miles torturados. Además, el número de ejecuciones  y desapariciones fue durante tal régimen de oprobio de 3 mil 95; y el propio dictador llegó a tener unos 300 cargos penales por evasión de impuestos, malversaciones y otros.

Al ver las imágenes televisivas de tanto atropello, uno siente un fuerte golpe en la conciencia. Jóvenes con la cara cubierta de sangre; otros casi a punto de morir a consecuencia de los golpes propinados por los carabineros; un auto atropellando a un hombre directamente, en fin… es como si la retirada del neoliberalismo, dejara antes en su carrera un enorme sufrimiento al pueblo chileno como castigo por no querer inclinar la cabeza ante el odioso monstruo.

Chile es una prueba más para los timoratos y resignados de que no podemos bajar la guardia; si ese pueblo hermano ya se decidió a liberarse del yugo,  no debe dar ni un solo paso atrás porque estaría dilatando su liberación. En ese país, como en otros hermanos vendrán curitas de esparadrapo, pero que nadie se llame a engaño porque el enemigo no renunciará jamás a sus privilegios. Por eso hay que desmontarlo del caballo, de una vez y para siempre.

Ya lo dijo Martí sabiamente: “los pueblos, como las bestias, no son bellos cuando bien trajeados y rollizos, sirven de cabalgadura al amo burlón, sino cuando de un vuelco altivo desensillan al amo”

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