Un gigante, antes y hoy

Hoy, a la luz de los actuales acontecimientos en nuestra América, se hace más evidente el enorme abismo que existe entre el Brasil de antes y el de hoy, particularmente en indicadores que miden el desarrollo económico-social; a su vez se comprende de manera diáfana y sencilla, lo que significó para su pueblo el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) presidido por un obrero honrado empeñado en servir al pueblo humilde, el admirado Lula da Silva.

Por otra parte, se ilumina con mucha claridad lo que significa el neoliberalismo criminal con su ropaje vergonzoso de democracia al estilo yanqui. Aquel hombre cometió dos “errores terribles”, el primero es su origen humilde, y el segundo trabajar denodadamente por servir a su pueblo; por tanto, ante el enemigo común se convierte, de hecho, en hombre que atentaba contra la seguridad nacional de los Estados Unidos y había que eliminarlo de la escena política de Brasil.

Lula se empeñó en lograr que los enormes recursos naturales del gigante fueran del pueblo, tal como le corresponde por derecho –acción imperdonable contra el imperio- y, junto a otras medidas dignificó y favoreció significativamente a su pueblo olvidado y marginado desde mucho antes.

Pero así las cosas las garras imperiales se clavaron en las grandes masas y llevaron al hombre honrado a la cárcel tal si fuera un delincuente, valiéndose de una nueva herramienta, es decir, el golpe judicial, de modo que apareciera como victimario de su propio pueblo. Y en alevoso contraste colocaron a un fascista, Jair Bolsonaro, al frente del gobierno, para convertir de nuevo en súbdito al Brasil y servir en bandeja de plata los fabulosos recursos del país.

Pero ¿qué le sucede a nuestro hermano pueblo en este minuto “democrático y defensor de los derechos humanos”? Veamos solo algunos datos actuales y veremos la respuesta a esta pregunta.

En Brasil mal viven hoy más de 58 millones por debajo de la línea de pobreza; unos 12 millones están desempleados; se ha reducido significativamente el salario mínimo; a orillas de las carreteras se encuentran viviendo acampadas 80 mil familias; en los últimos tres años la pobreza aumentó un 33%, mientras el ingreso de los ricos creció un 3% y el de los pobres disminuyó el 20%. Por otra parte, han regresado enfermedades ya erradicadas y la mortalidad infantil sigue avanzando, por supuesto, entre los más pobres. Y mientras se exhibe este cuadro lamentable las fuerzas represivas gozan de total impunidad; se asesinan a dirigentes campesinos; se multiplican los casos de mujeres violadas; y hasta ricos que invaden tierras protegidas gozan de impunidad. Hay mucho más, pero la lista sería interminable.

Obviamente, el ascenso al poder del Bolsonaro, admirador profundo de Trump, ha recibido el beneplácito de gobiernos como los de Macri, Piñera, la mujercita de facto de Bolivia, y de otros discípulos del imperio, incluidos los payasos y lamebotas que no podían faltar al festín de la barbarie.

A estas alturas resulta imposible ocultar la situación de desastre que vive el hermano pueblo brasileño pero, aunque parezca increíble, muchos no quieren ver, ni oír, y mucho menos solidarizarse con una verdad que llega a ofender hasta la dignidad humana. Pero es indudable que un día volverá la luz y la alegría de vivir a los millones de hermanos que hoy padecen la barbarie del imperio y sus secuaces. Desde mi humilde trinchera ¡estoy seguro que así será!

Unas palabras de nuestro José Martí en relación a Cuba, se ajustan perfectamente hoy también al pueblo de Brasil: “Antes que cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del sur al mar del norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila”.

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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