El capitalismo, una droga letal (II)

Hace pocos días  expresé una especie de retrato intentando describir las características del capitalismo, y lo hice detallando cómo surgen desde la más temprana edad la filosofía del egoísmo y el despojo, ya que sus propios padres se ocupan, con palabras y acciones, que el niño sea un émulo de grandes potentados que llegan, incluso, a ser presidentes de Estados Unidos.

Es algo verdaderamente perverso porque llegan a creer ciegamente que la acumulación de riquezas es un derecho, aún cuando sea a costa de un mundo donde existen millones de seres con hambre, viviendo en condiciones, incluso, de esclavitud, y niños que no llegan siquiera a disfrutar de la vida como debe ser porque no logran arribar a los cinco añitos de vida.

Es, en definitiva, como una droga letal que invita a ver el mundo al revés y despojarlo totalmente de sentimientos humanos; es que subyuga, embrutece e idiotiza.

El capitalismo distorsiona el verdadero sentido de la justicia; los que acumulan grandes riquezas son vistos como héroes. Y si usted quiere seguir descubriendo otras verdades llegará como yo a comprobar cómo con tal alucinógeno puede pensar que con su gran capital le permite disfrutar de impunidad para exterminar todo lo que le resulte incómodo para sus fines egoístas.

Lo único que hay que hacer para comprobar lo que he dicho es conocer la situación que atraviesan Venezuela y Cuba, por solo mencionar dos ejemplos.

La bestia ya amenaza a la primera para establecerle -por sus santos caprichos- un bloqueo total que impida el arribo a ese pueblo de mercancías indispensables para la vida; y en el caso de mi Cuba sucede algo muy similar porque unido al criminal bloqueo, ahora quiere evitar que entre a nuestros puertos ni una gota de petróleo.

Vea usted lo que sucede en la tierra de los “derechos humanos y la democracia”. Es que para salvar al capitalismo perverso es preciso que el pueblo pueda, sin requisito alguno, contar con un arma de fuego para actuar contra los malos como en las películas.

No importa los que mueren  en cualquier lugar de Estados Unidos a causa de los tiroteos ya habituales. Nada de eso importa, la que sí tiene una gran importancia es la Asociación Nacional del Rifle, es decir, el mismo emporio multimillonario que contribuyó para que Trump se instalara en la Casa Blanca y acabara con este mundo nuestro.

Y en ese camino pecaminoso y repugnante hasta los niños son llevados de la mano de su padre a un campo de tiro para que aprenda a defenderse, aunque en tal práctica se incluya la muerte de otro niño.

El padre del primero negociará ofreciendo millones para que su nene no tenga problemas; y el padre del segundo, si no es millonario, tendrá que conformarse con perder a su hijo. ¿Por qué? Porque es la lógica de un sistema oprobioso que por naturaleza nace ciego por consumir la droga del capitalismo, y no descubre dónde están los verdaderos valores humanos, por tanto solo le queda la posibilidad de destruir en su camino todo lo que se oponga a sus ilegítimos intereses.

Es como un gigantesco tornado que destruye todo las casas humildes, pero deja intactos los edificios que albergan la maldad.

Mis palabras no pueden describir tanta villanía, pero sí lo afirmado por el jefe de las tropas norteamericanas al concluir la guerra contra Corea del Norte: “…yo habría arrojado entre 30 y 50 bombas  atómicas a lo largo del cuello de Manchuria; luego habría esparcido, detrás de nosotros, desde el Mar de Japón hasta el Mar Amarillo, un cinturón de cobalto radioactivo que tiene una vida activa entre 60 y 120 años”.

¿Con tales palabras se requiere alguna otra prueba que caracterice a la droga letal del capitalismo? En definitiva, nadie puede predecir lo que sucederá de continuar un sistema tan oprobioso como el capitalismo salvaje, y mucho menos adivinar una posible tercera guerra mundial.

Sin embargo, el gran intelectual Gabriel García Márquez intentó describir cómo serían sus resultados al afirmar que: “Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, solo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos”.  

Por tanto, hay dos palabras de orden en nuestros tiempos: denunciar y, sobre todo, luchar por un mundo más justo. Ya no hay tiempo para el devaneo teórico, tenemos que unirnos todos en la lucha para derrumbar la gran torre de la injusticia.  

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

  • LIBRO DIGITAL: Del Caribe, de Cuba. Una aproximación.
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