Temores, cinismo y tragedia

Muy inquietante la hipótesis asentada en algunos medios, apenas conocerse el nuevo coronavirus (Covid-19). Al cabo de unas 1 400 muertes, la idea recobra vigor entre quienes afirman que la epidemia desatada, es obra de la bioingeniería militar.

Un arma monstruosa que según evalúan algunos  asesores de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha creado una situación de gran peligrosidad.

Aunque pocos países pueden mostrar una capacidad material y humana como la del gigante asiático, que construyó y ha dotado por entero, en solo 10 días, un moderno hospital para los afectados en la ciudad de Wuhan, los lamentables hechos fueron y son tomados por inescrupulosos agentes de la política y las trasnacionales informativas, para echar leños al fuego de la campaña anti-China, afines o cómplices de  las interesadas falsillas promovidas por Estados Unidos, parte en esencia y probidad, de una pugna comercial transgresora, que no repara en tragedias.

De comprobarse lo afirmado por los denunciantes, pudiera ser parte de un plan no precisamente lícito.

En una entrevista aparecida en Geopolitics and Empire, el especialista en leyes internacionales de la Universidad de Illinois, Francis Boyle,  expuso que "2019 Wuhan Coronavirus es un arma ofensiva de guerra biológica".

No es el único opinando de ese modo y si se toma en cuenta que en la localidad epicentro de este drama, radica el Instituto de Virología de la Universidad de Wuhan, habría mayores motivos para suponer que algo de cierto hay en las sospechas circulando.

Ocurre que en ese centro de investigaciones no son solo los científicos chinos quienes tienen acceso a los patógenos con los cuales se experimenta.

Virólogos norteamericanos, incluyendo a varios de sus científicos militares, aparte de expertos británicos y canadienses, o de Alemania y Japón, han estado trabajando en ese establecimiento.

Puestos a especular a partir de lo avisado, uno preguntaría: ¿Quién es el responsable del escape o creación del mortífero elemento, o, quizás, qué diabólica cooperación ha existido?

Otro dato estremecedor lo dio el director del Centro de investigación y Elaboración de Vacunas en NIH, Barney Graham, quien asegura que ya fue elaborado un mecanismo inmunizador para el devastador coronavirus.

Explicó que se trata de las vacunas para CoV SARS y Co MERS, pero no se ha logrado la aprobación de las autoridades federales estadounidenses para aplicarla.

Nada novedoso  el largo y asesino trabajo de Estados Unidos con armas biológicas, probadas en varios países, incluyendo a diferentes zonas propias y ciudadanos nativos. Se recordará, por ejemplo, las primeras pruebas con el alucinógeno LSD, irresponsablemente suministrado a las tropas enviadas a Vietnam, para, a falta de razones valederas, estimularlos a mantenerse en esa oprobiosa guerra.

En otros momentos también  fueron usados los soldados norteamericanos como conejillos de indias, o no se les protegió de forma adecuada al ponerlos en contacto con uranio empobrecido, sustancia letal para quienes la manipulan, aquellos contra quienes se usan y otros daños perdurables a al entorno natural donde se utilizan.

Eso ocurrió durante la conocida como primera guerra del golfo, bajo Bush padre, cuando, además, se probaron vacunas y medicamentos con miembros del ejército estadounidense.

Las acusaciones en tal sentido surgieron cuando, al regreso a sus hogares comenzaron a padecer inusuales enfermedades que también trasladaban a sus parejas.

Aparte de haber sometido a experimentos con el bacilo de la sífilis a cientos de  afro descendientes, o por mencionar otro caso notorio, la esterilización  subrepticia de mujeres latinoamericanas,  hay numerosas evidencias del uso improcedente y despreciable de armas biológicas por varias administraciones norteamericanas.

No se precisa recordar que contra nuestro pueblo también los emplearon y no solo una vez, afectando personas (dengue hemorrágico) , animales (fiebre porcina) y cultivos (plantaciones de caña o de tabaco), por recordar algunos.

Esos antecedentes pudieran pesar en las evaluaciones sobre la actual epidemia en China, donde las cuarentenas y distintas medidas cautelares tomadas por las autoridades de Beijing, impidieron una propagación mayor de la voraz enfermedad que, en términos numéricos, infectó a unas 64 mil personas solo en la China continental. Generalizando, las autoridades sanitarias internacionales estiman en millones los susceptibles  de contraer o sufrir  la enfermedad.

De todas formas, cerca de 6 800 ciudadanos chinos se recuperaron, y el sistema sanitario del país asiático está promoviendo la donación de plasma de tales pacientes curados, pues descubrieron factores inmunizantes en ese elemento humano.

Como piezas relevantes de una batalla tomada muy en serio por la administración de Xi Xinping, fueron movidos hacia la provincia de Hubei no menos de 189 equipos sanitarios compuestos por más de 21 569 trabajadores. 

Los médicos, enfermeros y otros especialistas de 17 regiones se desplazaron a ciudades y prefecturas de la zona afectada. En tanto 2 600 miembros adicionales del personal médico militar se enviaron también a Wuhan.

La posibilidad o los beneficios en el restablecimiento a partir de medicación con interferones, un medicamento que acaba de ser desarrollado en plena, crisis por investigadores chinos, o la emergencia de permitir el empleo de la vacuna citada por peritos estadounidenses, hacen suponer a los optimistas un cese cercano de este drama, pero en el bando de los desconfiados, priman fuertes temores de que se esté poniendo de moda, retronando, a  un recurso que se creyó bajo control o en franca baja.

No es para menos el miedo, cuando quien dirige la Casa Blanca es un individuo sin escrúpulos y tan criminalmente osado como Donald Trump, del quien es posible esperar cualquier desatino por simple imprudencia o a partir de su empeño por ser reelegido y, si lo logra, afincar su trono.

Recién, el presidente de EE.UU. fue zarandeado  por la aprobación en el senado (incluyendo el voto de 8 republicanos) del recurso instruido por los demócratas para ponerle límites a nuevos ataques contra Irán, sin previa consulta con el Congreso, como señala la Constitución.

Él dice que vetará el proyecto de ley, pero igual es un golpe a la soberbia que le caracteriza y dirige hacia el camino opuesto a la cordura y el buen hacer.

No sería nada del otro jueves que echara mano,  en algún momento, de esas peligrosas, dañinas, inhumanas armas biológicas, si es que, como se supone, no las haya usado ya en su guerra comercial contra China.

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Doctores Rolando Álvarez Estévez y Marta Guzmán Pascual

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