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¿No hay periodismo radial en Cuba?

Entrevistar es beber de un suspiro el aliento de una vida. Es un intercambio de saberes, un toma y daca que requiere (sin edulcoramientos), igual cuota de ingenio y de respeto. Es así como asumo ese retador intercambio que constituye una entrevista.

Cada semana, en su segunda temporada, la pantalla nacional asoma en horario estelar, el programa Con dos que se quieran, bajo la conducción del cantautor Amaury Pérez Vidal. Por ese programa han pasado, con mayor o menor fortuna,  primeras figuras de la cultura nacional. Asomarse a una vida hermosa, siempre estremece.

Este martes tocó el turno al presentador Marino Luzardo que hizo galas de esa mixtura de naturalidad y elegancia que le acompaña, y habló de su preparación, una de las claves de su éxito en la conducción mediática.

En un momento, Amaury abrió el libro de Luis Báez,  Los que se fueron / Los que se quedaron. De allí extrajo una respuesta del legendario conductor Germán Pinelli (1907-1995) que plantea que en Cuba…. no hay periodismo radial. Una aguja me traspasó en el sillón.

El entrevistado, por su parte, ilustró con un ejemplo. Afirmó haber escuchado a periodistas, que en vez de comentar un determinado hecho artístico o de cronicarlo, leen el programa de mano del espectáculo al que él mismo ha asistido.

Mientras escuchaba la cita de Pinelli empleada por el conductor y la respuesta del entrevistado (reducida tal vez a su experiencia más cercana), recordé la hazaña de los periodistas santiagueros, que con la radio al frente, antes, durante y después del huracán Sandy, mantuvieron una programación especial durante varios días. Es apenas una muestra.

He visto a algunos periodistas, leyendo programas de mano, escribiendo lo que van a decir un minuto antes, tratando de terminar pronto. Es cierto. También, a locutores perdidos cuando no tienen un guión delante, o parloteando, cuando les toca improvisar.

El facilismo no es patrimonio de ninguna especialidad, profesión o persona. Siempre hay quien bebe en él hasta explotar. Suele florecer cuando la exigencia queda coja, cuando la atmósfera es permisible, cuando importan más los números que las calidades. Desafortunadamente, tales  fenómenos no han sido tan extraños como se hubiese deseado.

Pero, barrer de un plumazo el esfuerzo  (y los resultados) de tantos años y de tantas emisoras; menoscabar de manera tan festinada el trabajo de tantos colegas de la radio cubana que sí respetan lo que hacen, es  irresponsable. Y como toda absolutización, carga mucho de injusticia.

La realidad es siempre inabarcable, siempre polícroma. Por eso es más apropiado hablar de refractarla que de reflejarla. La radio en Cuba (y con ella sus decisores y sus actores) tiene el desafío permanente de acercarse a la sociedad en que vivimos, con su historia, sus sueños y sus angustias. Sin embargo, no cabe duda: a la ahora de  acompañar el sentir de su gente, se halla en la primera línea.

Hay programas instalados en la memoria, en las emisoras de alcance nacional y por suerte, hasta en algunas municipales.  

No milito en el bando de la autocomplacencia. Hay que despejar todavía el camino; pero conozco muy de cerca a los periodistas de la radio, a más de uno. A  los que siguen, fieles, durante años; pensando primero en la vocación que en el salario. A los que, desde lejos, siguen ayudando. A los que, al menos una vez en la vida, han mejorado la vida de alguien.

Son gente humilde, mayormente, que van a pie, aquí y allá, por campos y ciudades, grabadora en mano. Gente que  habla, que busca, que intenta, cuando otros se callan o se acomodan o se cansan. Gente que da voz a su gente. Y eso, eso merece RESPETO.

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