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La imprenta nacional de Cuba. Su trascendencia cultural

Dos decisiones de suma importancia relacionadas con la cultura fueron adoptadas por el Gobierno Revolucionario a solo tres meses del Primero de enero de 1959: la Ley 169 de 20 de marzo de 1959, mediante la cual se fundó el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos ( ICAIC ), con lo que se eliminó el control que se ejercía en las salas de cines cubanas por la cinematografía estadounidense.

Once días después, y por la Ley 187 del 31 de marzo de 1959, se creó la Imprenta Nacional de Cuba, adscripta al Ministerio de Educación.

Con los pasos anteriores se empezaba a constituir la estructura institucional de la cultura. Abundando en esto, y desde el propio mes de marzo el diario Revolución publicaba su semanario cultural lunes de Revolución.

Es de significar que entonces la Imprenta Nacional carecía de una base tecnológica que pudiera sustentar y desarrollar la idea de Fidel de consistente en priorizar, en primer lugar, la producción de textos para la educación. Es por la limitación señalada que a la Administración de la Imprenta Nacional se le concedía un término de 14 meses para poder echar a andar la misma, con la organización y planes concretos a desarrollar.

Ese momento llegaría cuando Fidel, en asamblea con todos los trabajadores de los periódicos El País y Excelsior, decidió, el 15 de marzo de 1960 destinar a la Imprenta Nacional sus maquinarias y la experiencia de decenas de técnicos y obreros calificados procedentes de esos diarios, y posteriormente, con los del Diario de La Marina y la Poligráfica Omega. Los propietarios de dichos medios habían decidido abandonarlos y marchar al exterior, especialmente a Estados Unidos, después de enfrentar incontables problemas laborales.

En la medida que avanzaba el tiempo y se aglutinaban y organizaban las fuerzas productivas mencionadas la Imprenta Nacional pudo cumplimentar lo orientado por Fidel en cuanto a que su razón de ser era la edición de textos para la educación, de literatura, de artes y de ciencias.

En la primera semana de junio de 1960, se producía un gran acontecimiento cuando la Imprenta Nacional publicaba su primer libro, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, obra de Miguel de Cervantes y Saavedra, joya de la literatura española y de la cultura universal.

La selección de ese importante título fue hecha por el propio Fidel, quien orientó como cuestión cardinal que su circulación fuera de alcance popular. La obra se editó en cuatro volúmenes en papel gaceta, a un precio de venta de 25 centavos cada uno, habiéndose producido una tirada de 100,000 ejemplares. Sin lugar a dudas fue una sólida y temprana decisión de convertir la lectura en un proceso de masas.

Fue un periodo sumamente intenso para el desarrollo de la Imprenta Nacional, debiéndose tener muy presente lo expresado por el prestigioso intelectual cubano Ambrosio Fornet, en cuanto a que “el binomio Imprenta Nacional-Quijote- asociado a su vez a la serie más representativa de la Imprenta, la Colección Biblioteca del Pueblo - quedará como un emblema cultural de todo ese proceso”.

Posteriormente, entre las distintas tareas encargadas a la Imprenta Nacional, todas en beneficio de la cultura y la educación de las amplias masas, sobresale la impresión en sus talleres de dos millones de ejemplares de la cartilla de alfabetización como paso inicial en la Campaña de Alfabetización, hazaña encabezada por Fidel y con la participación de decenas de miles de voluntarios, algunos casi niños, que marcharon a los lugares más recónditos del país para llevar la luz de la enseñanza, de cómo aprender a leer y a escribir.

Como tal, la Imprenta Nacional funcionaria hasta el año 1962 en que se constituye la Editorial Nacional de Cuba, como rectora del sistema del libro cubano, correspondiendo a otro gran intelectual cubano, Alejo Carpentier, la dirección de la institución que surgía. En 1967 se fundaría el Instituto del Libro, que en 1972 pasaría a llamarse Instituto Cubano del Libro.

Sin lugar a dudas, se consolidaba en la esfera del libro, y hasta el presente, un trascendente éxito cultural de la Revolución que barrió otro de los males heredados del capitalismo en Cuba, o sea, la ausencia de casas editoriales, que obligaba a los escritores a costear y distribuir gratuitamente las limitadas ediciones de sus obras.

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