EE.UU. y el Destino Manifiesto

En lo que parece un desmedido afán por imponer su dominio en todos lados, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció el cese de las excepciones a la compra de petróleo iraní como una fórmula para ahogar económicamente a la nación persa y destruirla sin ningún reparo.

Recordemos que tras imponer un embargo petrolero a Irán, Washington “permitió” a China, Corea del Sur, Grecia, India, Italia, Japón, Taiwán y Turquía, comprar crudo a Teherán sin sufrir sanciones, fórmula imperial a la que ahora puso fin.

Lo primero que me vino a la mente al leer esta información fue ¿con qué derecho Estados Unidos se abroga la capacidad de decidir quién puede o no comprar los hidrocarburos extraídos por Irán e imponer sanciones a los que desobedezcan?

Imposible no hacer una vinculación con ese engendro jurídico que es la Ley Helms-Burton, que aplica castigos a personas o empresas de terceros países que comercien con Cuba, llevando así al terreno internacional el bloqueo contra la Mayor de las Antillas, impuesto hace 57 años para destruir a la Revolución Cubana.

Ahora bien, independientemente de que Trump ha llevado al paroxismo toda esta agresividad de la política exterior de la nación norteña, hay que decir que la prepotencia y el afán por la expansión imperial no son un invento suyo. El sólo le agregó el toque grotesco a algo que está inscrito en su código genético desde los primeros días de las llamadas “Trece colonias”.

Se trata de la Doctrina del Destino Manifiesto, esa perversa convicción de que dios eligió a los Estados Unidos para ser una nación superior, una potencia política y económica situada por encima del resto del mundo.

Una de las primeras veces que el concepto apareció explícito fue en 1845, cuando el periodista John O´sullivan justificó la anexión de Texas diciendo que: “el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la providencia…. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

Los políticos hicieron suyo el concepto, lo elevaron a la categoría de doctrina y les sirve para justificar el despojo y exterminio de otros pueblos, ya no solo en el continente, que pronto les quedó chiquito, sino en cualquier esquina del planeta donde haya alguna riqueza que les apetezca.

Solo así se puede explicar el afán desmedido por extender su hegemonía por doquier, sin que les importe fabricarse enemigos a cada paso porque, como dice Eduardo Galeano en su libro La escuela del mundo al revés, los enemigos son fundamentales para la industria militar, es decir para la economía de Estados Unidos.

El despojo de dos millones y medio de kilómetros cuadrados a México; la expansión al Caribe y Asia; la fantasiosa “guerra de las galaxias” de Ronald Reagan; las invasiones a Panamá, Iraq y Afganistán, y la larga lista de atrocidades cometidas hasta nuestros días, pasan por esa doctrina que amparada en una perversa concepción divina ha llenado de dolor, miedo, odio y muerte al mundo entero.

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